Entre el dinero y la sangre: la deuda que rompió mi familia
—¿Y si simplemente lo dejamos estar? —me preguntó Álvaro, mi marido, mientras recogíamos los platos de la cena. Su voz sonaba cansada, resignada, como si la conversación le pesara más que el propio dinero.
Me quedé mirándole, con el corazón encogido. Cinco años atrás, sus padres nos habían pedido prestados veinte mil euros. Era para ayudar a su hermano menor, Sergio, que había montado una pequeña tienda de informática en el barrio de Chamberí. Recuerdo perfectamente cómo su madre, Carmen, me tomó las manos en la cocina de su casa y me dijo: «Te lo devolveremos en cuanto podamos, hija». Yo asentí, confiando en la familia, en el amor y en la palabra dada.
Pero los años pasaron. La tienda cerró a los dos años. Sergio se fue a trabajar a Irlanda y nadie volvió a mencionar el dinero. Hasta ahora.
Mi madre, Pilar, nunca olvida nada. Ni fechas de cumpleaños ni deudas. Cuando le conté que Álvaro quería perdonar la deuda, se llevó las manos a la cabeza.
—¡Pero hija! ¿Tú sabes lo que son veinte mil euros? ¿Y si mañana os pasa algo? ¿Y si los necesitáis para vuestra hija? No es cuestión de ser tacaños, es cuestión de justicia.
Su voz retumbaba en mi cabeza mientras fregaba los platos. Miré a Álvaro, que ya se había sentado en el sofá con el móvil. Sentí una punzada de rabia y otra de culpa. ¿Por qué tenía que ser yo quien mediara entre todos?
Esa noche apenas dormí. Soñé con Carmen llorando en la cocina, con mi madre gritándome desde el otro lado del teléfono y con mi hija Lucía pidiéndome un helado que no podía comprarle.
A la mañana siguiente, mientras llevaba a Lucía al colegio, mi madre me llamó de nuevo.
—¿Has hablado ya con Álvaro? —preguntó sin saludar.
—Sí, mamá. Pero él no quiere pedirles nada. Dice que son sus padres y que bastante tienen con lo suyo.
—¿Y tú qué piensas? —insistió ella.
No supe qué responderle. Yo solo quería paz. Pero también sentía que algo dentro de mí se rompía cada vez que pensaba en ese dinero perdido. No era solo el dinero; era la sensación de haber sido ingenua, de haber confiado demasiado.
Esa tarde invité a Carmen a tomar un café en la terraza del bar de la esquina. El sol caía sobre Madrid y la gente paseaba ajena a mis nervios.
—Carmen —empecé—, quería hablar contigo de algo…
Ella me miró con esos ojos dulces que siempre me habían hecho sentir parte de su familia.
—Dime, hija.
—Es sobre el dinero que os prestamos hace años…
Vi cómo su rostro cambiaba. Bajó la mirada y jugueteó con la cucharilla del café.
—Ay, Marta… Sé que os lo debemos. Pero ahora mismo no podemos…
Sentí ganas de abrazarla y de gritarle al mismo tiempo. ¿Por qué nadie hablaba claro en esta familia?
Volví a casa más confundida que nunca. Álvaro me esperaba en el salón.
—¿Has hablado con mi madre? —preguntó sin mirarme.
—Sí. Dice que no pueden devolverlo ahora.
—Pues ya está —dijo él encogiéndose de hombros—. Olvídalo.
Pero yo no podía olvidarlo. Esa noche discutimos. Por primera vez en años levantamos la voz delante de Lucía.
—¡No es solo el dinero! —grité— ¡Es sentir que no importamos!
—¡Son mis padres! —respondió él— ¡No voy a exigirles nada!
Lucía lloró y yo me sentí la peor madre del mundo.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre llamaba cada día para preguntar si había novedades. Álvaro apenas me hablaba y Carmen me evitaba en las reuniones familiares.
Una tarde, mientras recogía a Lucía del colegio, me encontré con Sergio, el hermano de Álvaro. Venía de visita desde Irlanda y no sabía nada del asunto.
—Marta, ¿cómo estáis? —me preguntó sonriente.
No pude evitarlo. Le conté todo entre lágrimas en un banco del parque.
Sergio se quedó callado un momento y luego me abrazó.
—Lo siento mucho… No sabía que esto os estaba haciendo tanto daño. Hablaré con mamá y papá. Quizá pueda ayudarles a devolveros algo poco a poco.
Por primera vez en semanas sentí un poco de alivio. Al menos alguien reconocía el problema.
Esa noche cenamos todos juntos en casa de Carmen y Antonio, mis suegros. Sergio tomó la palabra delante de todos.
—Sé que hay una deuda pendiente —dijo mirando a sus padres—. Yo también soy responsable. A partir del mes que viene os enviaré dinero para ir devolviendo lo que Marta y Álvaro prestaron.
Carmen rompió a llorar y Antonio le dio las gracias entre sollozos. Álvaro me miró con ojos llenos de gratitud y culpa al mismo tiempo.
Mi madre aún piensa que deberíamos haber sido más duros, pero yo solo quiero recuperar la paz en mi familia.
Ahora me pregunto: ¿merece la pena perder a los tuyos por dinero? ¿O hay heridas que solo el tiempo puede curar? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?