La deuda que nunca se paga: Cuando el dinero envenena a la familia
—¿Otra vez vas a preguntarle por el dinero? —me espetó Luis, su voz cargada de cansancio y algo más, algo que no supe identificar en ese momento.
Me quedé quieta, con el móvil en la mano, mirando la pantalla donde aún brillaba el nombre de Carmen, mi suegra. Había colgado sin despedirse, como si la conversación le pesara tanto como a mí. Sentí una punzada en el pecho, mezcla de rabia y vergüenza. ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Todo empezó hace un año, en pleno agosto, cuando el calor en Madrid era insoportable y Carmen vino a casa con los ojos hinchados de tanto llorar. «Hija, no sé a quién más acudir», me dijo, agarrándome las manos con fuerza. Me contó entre sollozos que debía tres meses de alquiler y que la iban a echar del piso. Luis estaba en el trabajo y yo, sin pensarlo demasiado, le ofrecí ayudarla. «No te preocupes, Carmen. Te presto lo que necesites. Somos familia».
Le hice una transferencia de 2.500 euros esa misma tarde. No se lo dije a Luis hasta la noche, esperando que lo entendiera. Pero su reacción me sorprendió.
—¿Le has dado todo ese dinero? ¿Sin consultarme? —me preguntó, la mandíbula tensa.
—Es tu madre —le respondí—. No podía dejarla en la calle.
Luis suspiró y se pasó la mano por el pelo. «Ya sé que es mi madre, pero… esto no va a acabar bien».
No le di importancia. Pensé que exageraba. Pero los meses pasaron y Carmen no devolvía nada. Al principio ponía excusas: que si la pensión no le llegaba, que si tenía que pagar la luz, que si el médico… Yo intentaba comprenderla, pero cada vez que veía mi cuenta bancaria sentía una presión en el pecho.
Empezaron las discusiones con Luis. Él decía que yo era demasiado blanda, que su madre siempre había sabido manipular a la gente para conseguir lo que quería. Yo le reprochaba su falta de empatía. «Es tu madre, Luis. ¿Cómo puedes ser tan frío?».
Una noche, después de una cena tensa en casa de Carmen —donde ni siquiera mencionó el dinero—, exploté en el coche.
—¿Por qué no le dices algo tú? —le grité—. ¡Siempre tengo que ser yo la mala!
Luis apretó el volante con fuerza.
—Porque sé cómo es mi madre. Si le presiono, se victimiza y acaba haciéndome sentir culpable. Y tú… tú siempre caes en su juego.
Me dolió más de lo que quise admitir. Empecé a preguntarme si tenía razón. Recordé otras veces en las que Carmen había pedido favores: cuidar a sus gatos durante sus vacaciones, adelantarle dinero para regalos de Navidad… Siempre era yo quien cedía.
Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Luis y yo apenas hablábamos más allá de lo imprescindible. Yo evitaba pasar por casa de Carmen y ella dejó de llamarme salvo para cosas triviales: una receta, una consulta sobre el médico, nunca sobre la deuda.
Un domingo por la tarde, mientras recogía la mesa después de comer con mis padres, mi madre me miró fijamente.
—¿Estás bien, Lucía? Te veo apagada últimamente.
Me derrumbé y le conté todo entre lágrimas. Mi padre escuchó en silencio y luego dijo algo que se me quedó grabado:
—El dinero no debería separar a la familia, pero tampoco puede ser una excusa para aprovecharse de los demás.
Esa noche decidí escribirle un mensaje a Carmen:
«Carmen, necesito hablar contigo sobre el dinero que te presté. Han pasado muchos meses y me está generando problemas con Luis y conmigo misma. ¿Podemos buscar una solución juntos?»
No respondió hasta dos días después. Me citó en una cafetería del barrio. Fui con el estómago encogido.
—Lucía —empezó ella, sin mirarme a los ojos—. Sé que te debo ese dinero y te prometo que te lo devolveré… pero ahora mismo no puedo. Me siento fatal por todo esto.
Vi lágrimas en sus ojos y sentí lástima, pero también rabia contenida.
—Carmen, no es solo el dinero —le dije—. Es cómo nos está afectando a todos. A Luis, a mí… Siento que esto está rompiendo nuestra familia.
Ella asintió en silencio y me prometió hacer pequeños pagos cada mes. Salí de allí aliviada pero también vacía.
En casa, Luis me abrazó por primera vez en semanas.
—Lo siento —susurró—. No quiero perderte por culpa de esto.
Desde entonces, Carmen ha hecho algunos pagos pequeños, pero la relación nunca volvió a ser igual. Ahora hay una distancia invisible entre nosotros, una desconfianza sutil que antes no existía.
A veces me pregunto si hice bien en ayudarla o si debí poner límites desde el principio. ¿Vale la pena sacrificar la paz familiar por un gesto de generosidad? ¿O es precisamente esa generosidad la que nos condena a repetir los mismos errores?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llega vuestra paciencia cuando se trata de familia y dinero?