A los 62 años, mi madre se casó con un empresario rico y desapareció de nuestras vidas
—¿Por qué no me contestas, mamá? —mi voz temblaba mientras el móvil sonaba por quinta vez sin respuesta.
El reloj marcaba las nueve de la noche y la casa estaba en silencio. Mis hijos, Lucía y Mateo, ya dormían. Me senté en el sofá, abrazando el móvil como si fuera un salvavidas. Desde que mi madre, Carmen, se casó con ese empresario de Marbella, no había vuelto a saber de ella. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una postal. Nada.
Recuerdo el día que me lo anunció. Fue en la terraza de su piso en Salamanca, con una copa de vino blanco en la mano y esa sonrisa suya, tan segura y distante.
—Marina, cariño, he conocido a alguien. Se llama Alfonso. Es maravilloso. Me voy a casar con él y nos mudamos a la Costa del Sol.
Me quedé helada. No por la noticia del matrimonio —mi madre siempre fue impulsiva— sino por la forma en que lo dijo, como si estuviera hablando del tiempo o de una compra más en El Corte Inglés.
—¿Y los niños? ¿No quieres despedirte de ellos? —le pregunté, esperando algún atisbo de ternura.
—Ay, hija, ya sabes que no soy buena con los niños. Además, Alfonso no soporta el ruido. Ya vendré a veros cuando esté instalada.
Pero nunca vino.
Mi madre siempre fue así: etérea, casi irreal. De joven soñaba con ser actriz o pintora, pero nunca trabajó más de dos meses seguidos. Mi padre la adoraba, aunque ella lo trataba como a un invitado incómodo. Cuando él murió, yo tenía dieciséis años y ella se refugió en fiestas, viajes y compras compulsivas. Yo aprendí pronto a valerme por mí misma.
A veces pienso que Carmen nació para otra vida. Una vida sin facturas ni horarios ni responsabilidades. Envidiaba su capacidad para desprenderse de todo lo mundano, pero también me dolía su desapego. Cuando nacieron mis hijos, pensé que cambiaría. Que querría ser abuela. Pero apenas los miraba cuando venía a casa; prefería hablarme de sus planes para redecorar el salón o de las últimas rebajas en Serrano.
La boda fue pequeña y lujosa. Nos invitó por compromiso, pero sentí que sobraba desde el primer minuto. Alfonso era un hombre alto, bronceado y con una sonrisa de anuncio de colonia cara. Me saludó con dos besos y una mirada fría.
—Encantado, Marina. Tu madre me ha hablado mucho de ti —dijo, como si estuviera cerrando un trato.
Durante el banquete, Carmen apenas me dirigió la palabra. Brindaba con los amigos de Alfonso y reía como una adolescente enamorada. Lucía tiró del vestido de su abuela para enseñarle un dibujo; Carmen le acarició la cabeza distraída y siguió hablando de sus planes para viajar a Dubái.
Después de la boda, todo fue silencio.
Intenté llamarla cada semana. Al principio me respondía con mensajes cortos: «Estoy ocupada», «Ya te llamo luego». Luego ni eso. Mis hijos preguntaban por ella:
—¿Por qué la abuela no viene nunca? —insistía Mateo.
No sabía qué responderles. ¿Cómo explicarles que su abuela prefería la compañía de desconocidos ricos antes que la nuestra?
Un día decidí ir a buscarla a Marbella. Cogí el coche y conduje durante seis horas con el corazón encogido. Al llegar a la urbanización privada donde vivía, me paró un guardia de seguridad.
—¿A quién viene a ver?
—A mi madre, Carmen López. Vivo en Salamanca, pero necesito verla.
El guardia hizo una llamada y luego negó con la cabeza:
—Lo siento, señora. No puede pasar sin autorización.
Me sentí humillada y furiosa. Llamé a su móvil una vez más; apagado.
Esa noche dormí en un hostal barato cerca del puerto. Lloré como no lloraba desde niña. Recordé las tardes en las que mi madre me peinaba antes de ir al colegio; las noches en las que bailábamos juntas en el salón mientras sonaba Serrat en la radio; los veranos en Benidorm cuando aún éramos una familia.
Al volver a casa, me encontré con una carta en el buzón. Era su letra:
«Marina,
Sé que estás enfadada conmigo y lo entiendo. No sé ser madre ni abuela como tú esperas. Necesito vivir esta vida sin ataduras ni culpas. Cuida de los niños y sé feliz.
Carmen»
No había disculpas ni promesas. Solo esa frialdad suya tan característica.
Durante meses viví entre la rabia y la tristeza. Mis amigos me decían que pasara página, que no merecía mi sufrimiento. Pero era mi madre. La única que tenía.
Un día Lucía me preguntó:
—Mamá, ¿tú también te irás cuando seas mayor?
Sentí un nudo en la garganta.
—No, cariño —le respondí abrazándola fuerte—. Yo siempre estaré aquí contigo.
Ahora han pasado dos años desde aquella carta. A veces veo fotos de Carmen en revistas del corazón: fiestas benéficas, cenas exclusivas, viajes exóticos… Siempre sonriente al lado de Alfonso o rodeada de gente elegante.
Yo sigo aquí, en Salamanca, trabajando como profesora y criando a mis hijos sola. A veces me pregunto si algún día volverá o si ya nos ha olvidado para siempre.
¿Se puede querer a alguien que te ha hecho tanto daño? ¿Es posible perdonar a una madre que nunca supo serlo? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?