A los setenta y dos, el corazón no entiende de edades: La historia de Don Manuel y la vecina de al lado
—¿Cómo puedes hacerle esto a la memoria de la abuela? —grité, con la voz rota, mientras el eco de mis palabras rebotaba en las paredes del salón. Mi madre, Inés, me miró con los ojos vidriosos, incapaz de articular palabra. Mi abuelo Manuel, sentado en su butaca de siempre, no apartó la mirada del suelo. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con furia, como si quisiera limpiar el aire denso que se respiraba en casa.
Nunca imaginé que la muerte de la abuela Carmen nos dejaría tan desorientados. Ella era el pegamento que mantenía unida a nuestra familia: las comidas de los domingos, las historias de su infancia en Toledo, su risa contagiosa. Cuando se fue, el silencio se instaló en casa y mi abuelo se convirtió en una sombra. Apenas comía, no salía a pasear al parque como antes y su mirada se perdió en un punto lejano del horizonte.
Pasaron los meses y, poco a poco, Rosario —la vecina del tercero B— empezó a aparecer más seguido. Al principio, traía croquetas o un poco de caldo; luego, se quedaba a tomar café y charlaban durante horas. Yo no le di importancia hasta que una tarde, al volver del trabajo, los vi cogidos de la mano en el banco del portal. Sentí una punzada de rabia y confusión.
—¿No te das cuenta de lo que haces? —le solté a mi abuelo esa noche—. La abuela apenas lleva un año bajo tierra.
Él me miró con una tristeza infinita.
—Hijo, la soledad es un pozo sin fondo. Rosario me ha tendido una cuerda para salir de él.
No supe qué responderle. Me sentí egoísta por exigirle que siguiera viviendo en el duelo eterno solo para mantener intacto nuestro recuerdo familiar.
La noticia corrió como la pólvora por el grupo de WhatsApp familiar. Mi tía Pilar montó en cólera:
—¡Esto es una falta de respeto! ¿Qué dirán los vecinos? ¿Y si la gente piensa que ya estaba con ella antes?
Mi madre intentó mediar, pero también le costaba aceptar la situación. Las comidas familiares se volvieron tensas; algunos dejaron de venir. Mi primo Sergio dejó de hablarle al abuelo y mi hermana Lucía lloraba cada vez que veía a Rosario por el portal.
Pero Rosario no era una extraña. Había sido amiga de mi abuela durante años; juntas iban a misa y compartían recetas. ¿Por qué ahora nos parecía tan ajena?
Un día, al volver del trabajo, encontré a mi abuelo sentado solo en el parque. Me acerqué y me senté a su lado.
—¿Te arrepientes? —le pregunté.
—No —respondió sin dudar—. Sé que muchos no lo entienden, pero Rosario me devuelve las ganas de vivir. No reemplaza a Carmen; nadie podría hacerlo. Pero me ayuda a recordar que sigo aquí, que aún puedo reírme, emocionarme… querer.
Me quedé callado largo rato. Pensé en todas las veces que juzgué sin intentar comprender. ¿Acaso no merecía mi abuelo una segunda oportunidad?
La boda fue sencilla: una ceremonia civil en el ayuntamiento y una comida en casa con los más cercanos. Hubo ausencias dolorosas: Sergio no apareció y Pilar mandó un mensaje frío justificando su ausencia por «motivos personales». Pero también hubo risas sinceras y lágrimas de emoción cuando mi abuelo brindó:
—A Carmen, que siempre será parte de mí. Y a Rosario, por enseñarme que el amor no tiene edad ni fecha de caducidad.
Con el tiempo, las heridas empezaron a sanar. Rosario demostró ser generosa y paciente; nunca intentó ocupar el lugar de mi abuela, sino construir uno propio. Poco a poco, Lucía volvió a casa y hasta Sergio terminó aceptando una invitación a cenar.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de cuánto aprendimos todos. El amor puede ser incómodo, inesperado y desafiante, pero también es lo único capaz de salvarnos del abismo de la soledad.
A veces me pregunto: ¿cuántas veces negamos la felicidad ajena por miedo a perder nuestros recuerdos? ¿No es más valiente abrazar lo nuevo sin olvidar lo vivido?