Abuela contra Cajera: Cuando la venganza se convirtió en amistad inesperada

—¿Va a pagar en efectivo o con tarjeta? —me preguntó la cajera, sin mirarme a los ojos, mientras pasaba mis yogures por el escáner con una rapidez casi violenta.

Sentí cómo me ardían las mejillas. Había una cola interminable detrás de mí y, como siempre, yo era la abuela que se demoraba buscando las monedas exactas. Noté las miradas impacientes, los suspiros, y el murmullo de una madre joven que le decía a su hijo: “Si es que siempre igual, nunca tienen prisa”.

—Con monedas —respondí, intentando mantener la dignidad mientras sacaba mi monedero de flores, ese que mi nieta Lucía me había regalado por mi cumpleaños.

La cajera —Marta, según su placa— resopló y rodó los ojos. No era la primera vez que me trataba así. Pero ese día, después de una mañana difícil en casa, con mi hija Inés gritándome porque había olvidado recoger a los niños del colegio, sentí que algo dentro de mí se rompía.

—¿Sabe qué? Si le molesta tanto, puedo irme —le espeté, con la voz temblorosa.

—No es eso, señora. Pero hay gente esperando —contestó Marta, sin apenas levantar la vista.

Salí del supermercado con el corazón encogido y las lágrimas a punto de brotar. ¿Por qué nos tratan así a los mayores? ¿Acaso no tengo derecho a vivir mi vida a mi ritmo? Caminé despacio hasta el banco del parque y me senté, apretando el monedero entre las manos. Me sentía invisible, humillada y furiosa.

Esa noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama pensando en Marta, en su cara de fastidio, en su juventud insolente. Decidí que no podía dejarlo pasar. Al día siguiente, fui al supermercado y pedí hablar con el encargado.

—Mire usted —le dije al señor Antonio—, esa chica de caja número tres siempre me trata fatal. No soy la única. O cambia su actitud o dejaré de venir aquí.

Antonio me escuchó con paciencia, pero noté que no era la primera vez que recibía una queja así. Me fui satisfecha, convencida de que había hecho justicia. Pero al día siguiente, cuando volví al supermercado, Marta ya no estaba en su caja habitual. La vi reponiendo estanterías, con la cabeza gacha.

Durante días evité mirarla. Pero algo empezó a incomodarme. ¿Había ido demasiado lejos? ¿Y si tenía problemas en casa? Una tarde, mientras esperaba el autobús bajo la lluvia, vi a Marta salir del supermercado llorando. Dudé un momento y luego me acerqué.

—¿Estás bien? —le pregunté, torpemente.

Ella me miró sorprendida y negó con la cabeza.

—No importa —susurró—. Solo es un mal día.

Me senté a su lado bajo la marquesina. El silencio era incómodo.

—Perdona si fui dura contigo el otro día —dije al fin—. A veces las cosas se nos van de las manos.

Marta suspiró y se secó las lágrimas con la manga del uniforme.

—No pasa nada… Es que… mi madre está enferma y tengo que trabajar más horas para ayudar en casa. Y luego vienen clientes que me tratan como si fuera invisible…

Me quedé callada. Por primera vez vi a Marta como una persona y no como un obstáculo en mi rutina. Recordé mis propios años jóvenes, cuando trabajaba limpiando casas para sacar adelante a mis hijos tras la muerte de mi marido.

—La vida no es fácil para nadie —le dije—. Pero si no nos ayudamos entre nosotras…

A partir de ese día empecé a buscarla cuando iba a comprar. Le preguntaba por su madre, le llevaba dulces caseros y ella empezó a sonreírme tímidamente desde su caja. Un día me invitó a tomar un café después del trabajo.

—¿Sabe? —me confesó— Al principio pensé que usted era como todas las abuelas gruñonas del barrio… Pero ahora me doy cuenta de que solo estaba cansada y sola.

Reímos juntas. Hablamos de todo: de sus sueños de estudiar enfermería, de mis nietos revoltosos, de lo difícil que es sentirse escuchada en este mundo tan rápido y egoísta.

Mi hija Inés no entendía nada cuando le conté que salía a pasear con Marta los domingos por El Retiro.

—¿Pero qué haces tú con esa chica? —me preguntó un día— ¿No ves que es mucho más joven?

—La edad no importa cuando encuentras a alguien que te entiende —le respondí.

Con el tiempo, Marta se convirtió en parte de mi familia. Vino a cenar en Nochebuena y ayudó a Lucía con los deberes de matemáticas. Yo la acompañé al hospital cuando operaron a su madre y le llevé sopa caliente cuando estaba enferma.

A veces pienso en aquel primer día en el supermercado y me avergüenzo de mi deseo de venganza. Qué fácil es juzgar sin saber lo que hay detrás de una mirada cansada o un gesto brusco.

Ahora, cuando alguien me trata mal en la cola del súper o en el autobús, intento recordar: todos llevamos nuestras propias batallas.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis juzgado demasiado rápido a alguien sin conocer su historia? ¿Cuántas amistades nos perdemos por no mirar más allá del primer enfado?