Bajo el mismo techo: Cuando la maternidad se convierte en una carga – Mi lucha por mí y por mi familia
—¿Por qué lloras otra vez, Carmen? —me preguntó Luis, su voz cargada de cansancio y un leve reproche, mientras sostenía a Mateo, que no paraba de gritar desde hacía horas.
No supe qué responder. Sentí cómo las lágrimas me ardían en la garganta antes de salir. Era la tercera noche seguida sin dormir, y el eco de los llantos de mi hijo rebotaba en las paredes de nuestro pequeño piso en Vallecas. Todo parecía haberse reducido a eso: llanto, cansancio, silencio incómodo entre Luis y yo. Y una soledad que me devoraba por dentro.
Antes de Mateo, mi vida era otra. Trabajaba como administrativa en una gestoría, salía con mis amigas los viernes, y los domingos desayunábamos churros en la plaza con mis padres. Luis y yo nos reíamos mucho. Hablábamos de viajar a Granada, de ahorrar para una casa más grande. Pero desde que nació Mateo, todo cambió. Nadie te prepara para el vértigo de la maternidad, para el miedo constante a no estar a la altura.
Recuerdo la primera vez que sentí que algo no iba bien. Mateo tenía apenas dos semanas y lloraba sin parar. Yo lo acunaba en brazos, paseando por el pasillo una y otra vez, mientras Luis miraba la tele en el salón. De repente, sentí un impulso de dejarlo en la cuna y salir corriendo. Me asusté de mí misma. ¿Cómo podía pensar algo así?
—¿Te ayudo? —me preguntó mi madre cuando vino a visitarnos.
—No hace falta, mamá —le respondí, forzando una sonrisa—. Estoy bien.
Mentía. Me sentía vacía, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de mí. Pero no podía decirlo. En mi familia nunca se hablaba de estas cosas. Mi abuela siempre decía: «Las mujeres somos fuertes, Carmen. No te quejes tanto».
Luis empezó a llegar más tarde del trabajo. Decía que tenía mucho lío en la oficina, pero yo sabía que evitaba estar en casa. Cada vez que discutíamos, él acababa diciendo:
—No eres la misma desde que nació Mateo. ¿Qué te pasa?
Y yo no sabía explicarlo. Solo sentía una tristeza inmensa y una culpa aún mayor por no ser la madre feliz que todos esperaban.
Una tarde, mientras Mateo dormía, abrí el grupo de WhatsApp de las madres del barrio. Todas compartían fotos sonrientes con sus bebés, recetas de purés y consejos sobre lactancia. Yo no me atrevía ni a escribir. Sentía vergüenza de mi propia incapacidad.
La situación empeoró cuando Luis empezó a dormir en el sofá. Una noche, después de una discusión especialmente dura, me gritó:
—¡No puedo más! ¡Esto no es vida!
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Pensé en llamar a mi amiga Lucía, pero no quería preocuparla. Al día siguiente, mi madre vino a casa y me encontró hecha un ovillo en la cama.
—Carmen, hija, ¿qué te pasa? —me preguntó suavemente.
No pude más y rompí a llorar delante de ella.
—No puedo con esto, mamá. Siento que me estoy ahogando.
Mi madre me abrazó fuerte y por primera vez no intentó minimizar lo que sentía. Me dijo que muchas mujeres pasaban por lo mismo y que pedir ayuda no era motivo de vergüenza.
Esa misma semana fui al centro de salud y hablé con la enfermera. Me derivaron a una psicóloga del ambulatorio. Al principio me costó abrirme, pero poco a poco fui poniendo nombre a lo que sentía: depresión posparto.
Mientras tanto, Luis y yo apenas nos hablábamos. Un día, después de una sesión especialmente dura con la psicóloga, decidí escribirle una carta. Le conté todo: mi miedo, mi tristeza, mi sensación de fracaso. Le pedí que intentara entenderme y que juntos buscáramos ayuda.
Luis leyó la carta en silencio y esa noche volvió a dormir en nuestra cama. No fue fácil; tuvimos muchas conversaciones incómodas y alguna que otra discusión más. Pero poco a poco empezamos a reconstruirnos como pareja y como familia.
Mateo fue creciendo y yo fui recuperando fuerzas. Volví al trabajo a media jornada y retomé los desayunos con mis padres los domingos. Aprendí a pedir ayuda cuando lo necesitaba y a no sentirme culpable por no ser perfecta.
A veces todavía me asalta el miedo o la tristeza, pero ya no me siento sola. Ahora sé que hablar de lo que nos duele es el primer paso para sanar.
¿Hasta qué punto somos capaces de reconocer nuestras propias heridas? ¿Cuántas madres callan su sufrimiento por miedo al qué dirán? Ojalá mi historia sirva para abrir esa conversación.