Bajo el mismo techo, distinto corazón: La boda de mi hermana y el regalo de mi padre
—¿Por qué siempre tiene que ser todo para Marta? —escupí las palabras casi sin darme cuenta, mientras mi madre me miraba desde el otro lado de la mesa, con esa mezcla de cansancio y resignación que tanto detesto.
Era la víspera de la boda de mi hermana. La casa olía a flores frescas y a nerviosismo. Mi padre, Antonio, no paraba de entrar y salir, cargando cajas envueltas en papel brillante. Cada vez que Marta bajaba las escaleras, él la miraba como si fuera la princesa de un cuento. Yo, en cambio, era invisible.
Recuerdo perfectamente el momento en que todo se rompió dentro de mí. Estábamos en el salón, rodeados de familiares que habían venido desde Salamanca y Sevilla. Mi padre sacó una pequeña caja azul y se la entregó a Marta delante de todos.
—Para que siempre recuerdes este día —dijo, con una sonrisa orgullosa.
Marta abrió la caja y dentro había una pulsera de oro blanco con diamantes diminutos. Todos aplaudieron. Yo sentí cómo se me encogía el estómago.
—¿Y para mí? —pregunté en voz baja, sin poder evitarlo.
Mi padre me miró como si acabara de interrumpir una misa.
—Hoy es el día de tu hermana —respondió, casi molesto—. Ya tendrás tu momento.
Pero yo sabía que ese momento nunca llegaría. Porque nunca llegaba. Desde pequeñas, Marta era la niña risueña, la que sacaba buenas notas, la que nunca daba problemas. Yo era la rebelde, la que discutía por todo, la que se encerraba en su cuarto a escuchar música demasiado alta.
Esa noche no pude dormir. Escuchaba las risas de Marta y mis primas en la habitación de al lado. Me levanté y bajé a la cocina. Mi madre estaba allí, preparando café.
—No deberías estar tan seria —me dijo sin mirarme—. Es un día importante para tu hermana.
—¿Y para mí cuándo será importante? —pregunté, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
Mi madre suspiró.
—Lucía, no todo gira a tu alrededor. Aprende a alegrarte por los demás.
Me mordí el labio para no llorar delante de ella. Salí al patio y encendí un cigarro. El aire fresco me golpeó la cara y pensé en todas las veces que había sentido que no encajaba en mi propia familia. Recordé cuando tenía diez años y rompí sin querer el jarrón favorito de mi madre; cómo Marta asumió la culpa para protegerme. O cuando suspendí matemáticas y mi padre ni siquiera me preguntó cómo me sentía, solo me comparó con Marta.
La mañana de la boda fue un desfile de vestidos, peinados y prisas. Mi padre parecía otro hombre: atento, generoso, incluso cariñoso con todos menos conmigo. Cuando llegó el momento de salir hacia la iglesia, Marta se acercó a mí.
—¿Estás bien? —me preguntó, con esa voz suave que siempre usaba cuando quería evitar un conflicto.
—Claro —mentí—. Es tu gran día.
Ella me abrazó y sentí una punzada de culpa. No era su culpa que papá me ignorara. Pero tampoco podía evitar sentirme desplazada.
En la iglesia, mientras todos lloraban de emoción al ver a Marta caminar hacia el altar del brazo de papá, yo solo podía pensar en lo sola que me sentía rodeada de tanta gente. Después del «sí, quiero», durante el banquete, mi padre hizo un brindis por Marta y su nuevo marido, Javier.
—A mi hija mayor —dijo—, que siempre ha sido un ejemplo para todos nosotros.
Sentí las miradas sobre mí. Nadie dijo nada, pero todos sabían lo que yo estaba pensando: ¿y yo qué? ¿No soy también su hija?
Después del baile, salí al jardín a tomar aire. Mi tía Carmen se acercó y me puso una mano en el hombro.
—No te tomes las cosas tan a pecho, Lucía —me susurró—. Los padres a veces no saben cómo demostrar lo que sienten.
La miré con rabia contenida.
—¿Y si simplemente no sienten nada por mí?
Ella negó con la cabeza.
—Eso no es verdad. Pero tienes que hablarlo con él algún día.
Esa noche volví a casa antes que nadie. Me tumbé en la cama y lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, encontré una nota de Marta en mi mesilla:
«Sé que no es fácil ser tú cuando todos esperan que seas yo. Pero te quiero tal como eres. No cambies nunca».
Leí esas palabras una y otra vez. Me di cuenta de que mi rabia no era solo contra mi padre o contra Marta; era contra mí misma por no saber pedir lo que necesito.
Esa tarde llamé a mi padre y le pedí quedar a solas. Nos sentamos en una cafetería del centro.
—Papá —empecé, con voz temblorosa—, ¿alguna vez te has dado cuenta de cómo me siento?
Él bajó la mirada y jugueteó con su taza.
—Sé que no he sido justo contigo muchas veces —admitió—. Pero eres mi hija igual que Marta. Solo… a veces no sé cómo acercarme a ti.
Sentí una mezcla extraña de alivio y tristeza. No era la respuesta perfecta, pero era un comienzo.
Ahora han pasado meses desde aquella boda. Mi relación con mi padre sigue siendo complicada, pero al menos hablamos más. Con Marta he aprendido a compartir mis inseguridades sin sentirme menos por ello.
A veces me pregunto: ¿cuántos hijos se sienten invisibles en sus propias casas? ¿Cuántos padres no saben cómo amar a sus hijos diferentes? ¿Y cuántas hermanas se quieren desde la distancia del dolor?
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa punzada de envidia o abandono familiar? ¿Cómo lo habéis superado?