Bajo la manta de la verdad: Una noche que lo cambió todo

—¿De verdad quieres casarte conmigo, sabiendo lo que me pasa? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el eco de la plaza mayor de mi pueblo, iluminada por farolillos, se colaba por la ventana.

Javier me miró serio, con esa mezcla de ternura y obstinación tan suya. —Lucía, no me importa. Lo he hablado con mis padres y lo único que quieren es verte feliz. No eres menos mujer por no poder tener hijos.

Pero yo sabía que en un pueblo como el nuestro, donde las abuelas aún se sientan a coser en la puerta y los cotilleos vuelan más rápido que el viento de la meseta, la infertilidad era casi una condena social. Desde pequeña había soñado con una familia grande, como la de mis primas, con niños corriendo por el patio y meriendas de pan con chocolate. Todo eso se desmoronó hace dos años, cuando tras una operación en el hospital de Salamanca, los médicos me dijeron que jamás podría ser madre.

Mi anterior pareja no lo soportó. Se fue sin mirar atrás. Desde entonces, me refugié en mis libros y en las plantas del balcón. Hasta que Javier apareció con su sonrisa franca y su paciencia infinita. Su familia, los García, eran conocidos en el pueblo por su panadería y por ser gente de palabra. Cuando pidieron mi mano oficialmente, pensé que quizá aún podía ser feliz.

La boda fue sencilla pero emotiva. La iglesia olía a azahar y las mujeres del pueblo murmuraban a mi paso. Mi madre lloraba a moco tendido y mi padre no soltaba mi brazo ni un segundo. Todo parecía un sueño… hasta la noche de bodas.

Entramos en la habitación del hostal rural donde pasaríamos la primera noche como marido y mujer. Javier estaba nervioso, más de lo habitual. Se sentó en la cama, mirándome fijamente.

—Lucía, antes de seguir… hay algo que tengo que contarte —dijo, bajando la voz.

Sentí un escalofrío. ¿Qué podía ser peor que lo mío?

—¿Qué pasa? —pregunté, intentando sonar tranquila.

Él suspiró y se quitó la camisa. Bajo la manta, noté que temblaba. Entonces levantó la sábana y vi algo que jamás habría imaginado: una cicatriz larga cruzaba su abdomen. Me quedé helada.

—Hace años tuve un accidente de moto. Los médicos dijeron que… tampoco puedo tener hijos —confesó, con lágrimas en los ojos.

Me quedé muda. Todo el dolor, la rabia y la vergüenza que había sentido durante años se mezclaron con una extraña sensación de alivio. Nos abrazamos y lloramos juntos, como si el peso del mundo se hubiera evaporado en ese instante.

—¿Y ahora qué? —pregunté entre sollozos.

—Ahora somos libres —respondió Javier—. Nadie nos puede juzgar. Podemos vivir a nuestra manera.

Esa noche hablamos hasta el amanecer. Hablamos de adoptar, de viajar, de llenar nuestra casa de amigos y sobrinos. De no dejar que las expectativas ajenas dictaran nuestra felicidad.

Con el tiempo, aprendimos a reírnos de los comentarios malintencionados y a disfrutar de las pequeñas cosas: una tarde de lluvia viendo películas antiguas, un paseo por el campo al atardecer, las fiestas del pueblo bailando hasta el amanecer.

A veces me pregunto si el destino nos unió para enseñarnos que hay muchas formas de ser familia. ¿Cuántos secretos guardan las casas de nuestros vecinos? ¿Cuántas vidas aparentan ser perfectas mientras esconden cicatrices bajo las mantas?