Cansada de la comodidad de mi marido: La historia de Lucía y Sergio

—¿Otra vez en el sofá, Sergio? —Mi voz temblaba entre el enfado y la resignación mientras veía a mi marido, con el mando de la tele en la mano, los pies sobre la mesa y el mismo chándal de siempre.

Él ni siquiera apartó la vista del partido. —Estoy cansado, Lucía. He tenido una semana dura —respondió, como si esa frase pudiera justificarlo todo.

Pero yo sabía que no era verdad. Hacía meses que Sergio no tenía una semana dura. Ni siquiera una semana normal. Desde que le despidieron del taller, se había acomodado en una rutina de siestas interminables, cervezas a media tarde y excusas para no buscar trabajo. Al principio, intenté comprenderle. La crisis había golpeado fuerte en nuestro barrio de Vallecas y encontrar empleo era casi una misión imposible. Pero mientras yo doblaba turnos en la farmacia para llegar a fin de mes, él parecía cada día más cómodo en su papel de espectador de su propia vida.

Recuerdo cuando nos conocimos en la verbena de San Isidro. Sergio era el alma de la fiesta: divertido, trabajador, siempre con una sonrisa y un plan para el futuro. Me enamoré de su energía y su optimismo. Nos casamos jóvenes, rodeados de amigos y familia. Mi madre, Carmen, me decía que había encontrado un buen hombre, uno de esos que no abundan. Y durante años lo fue. Trabajaba duro y nunca me pidió cuentas por gastar mi sueldo en mis cosas: ropa, libros, viajes con mis amigas. Yo sentía que éramos un equipo.

Pero todo cambió el día que llegó a casa con la carta de despido. Al principio, pensé que sería temporal. «En cuanto pase el verano, seguro que encuentro algo», me decía él. Pero el verano pasó, luego el otoño y después el invierno. Y lo único que encontraba Sergio eran excusas: «No hay nada para mí», «Con mi edad ya no me quieren en ningún lado», «¿Para qué voy a mandar currículums si ni los leen?».

Mientras tanto, yo empecé a sentirme sola en mi propia casa. Las facturas se acumulaban en la mesa del salón y las discusiones se volvieron rutina. Mi hermana Marta me decía que tenía que ser paciente, que los hombres llevan mal el desempleo. Pero yo veía cómo otros vecinos se reinventaban: Paco empezó a hacer chapuzas por el barrio, Ana montó una tienda online de ropa usada… ¿Por qué Sergio no podía intentarlo?

Una noche, después de otra discusión por el dinero del gas, exploté:

—¡No puedo más, Sergio! ¡No puedo ser yo la única que tira del carro! ¿No te das cuenta de que esto no es vida?

Él me miró con ojos cansados, pero sin rabia. —¿Y qué quieres que haga? ¿Que me invente un trabajo? Estoy harto de sentirme un inútil.

Me quedé callada. Por primera vez vi miedo en su mirada. No era solo pereza; era algo más profundo: una mezcla de vergüenza y resignación. Pero eso no hacía mi carga más ligera.

Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Yo salía temprano y volvía tarde; él apenas salía del piso. Empecé a evitarle, a buscar excusas para quedarme más tiempo en la farmacia o tomar un café con mis compañeras después del turno. Una tarde, mientras recogía unas recetas para una clienta mayor, me encontré llorando en el almacén sin saber muy bien por qué.

Mi madre empezó a notar mi tristeza. Un domingo vino a comer y al ver el desorden del piso y la cara mustia de Sergio, me llevó aparte:

—Lucía, hija, esto no puede seguir así. Tienes que pensar en ti también.

Pero ¿cómo iba a dejarle? Habíamos compartido media vida juntos. Además, ¿qué dirían los vecinos? En nuestro barrio todo se sabe y las mujeres separadas siempre son tema de conversación en la cola del mercado.

Un día recibí una llamada inesperada. Era Raúl, un antiguo compañero del instituto que ahora trabajaba en una ONG ayudando a parados de larga duración. Me propuso que Sergio fuera a uno de sus talleres para recuperar la confianza y aprender nuevas habilidades.

—Díselo tú —me pidió Raúl—. A veces solo hace falta un pequeño empujón.

Esa noche, mientras cenábamos en silencio, saqué el tema:

—Sergio, he hablado con Raúl… Dice que podrías ir a un taller para buscar trabajo…

Él dejó el tenedor sobre el plato y suspiró.—¿Ahora también tengo que ir a clases para aprender a ser útil? ¿No ves que ya no sirvo para nada?

Sentí una mezcla de rabia y compasión. —No digas eso. No quiero perderte… pero tampoco puedo perderme yo por el camino.

Esa noche dormimos espalda contra espalda. Al día siguiente, cuando volví del trabajo, encontré la casa recogida y a Sergio afeitado y vestido con camisa.

—Voy al taller ese —me dijo sin mirarme—. No prometo nada.

No sé si fue el principio del cambio o solo un espejismo. Pero por primera vez en mucho tiempo sentí una chispa de esperanza mezclada con miedo.

Hoy escribo esto sentada en la cocina mientras Sergio está fuera. No sé qué pasará mañana ni si nuestro matrimonio sobrevivirá a esta crisis. Pero sí sé una cosa: nadie debería cargar sola con todo el peso de una relación.

¿Hasta dónde debemos aguantar por amor? ¿Cuándo es el momento de pensar en una misma antes que en los demás?