Cartas del pasado: El secreto de mi madre que cambió mi vida para siempre
—¿Por qué nunca me lo dijiste, mamá? —susurré, con la voz rota, mientras sostenía entre mis manos la última carta, ya amarillenta, que había encontrado en el fondo del armario, justo detrás de tus viejos abrigos de paño. El olor a naftalina y a recuerdos me envolvía, y sentí que el suelo bajo mis pies temblaba. Era la tarde después de tu entierro, y la casa estaba tan silenciosa que podía escuchar el tic-tac del reloj de la cocina, ese que siempre decías que era de la abuela Carmen y que nunca debíamos tocar.
Mi nombre es Lucía, tengo treinta y dos años y hasta hace una semana creía conocer cada rincón de mi vida. Pero la muerte de mi madre, Mercedes, lo cambió todo. Cuando mi hermano Álvaro y yo nos sentamos a vaciar la casa, no imaginaba que entre las cajas de fotos y los álbumes polvorientos encontraría un paquete de cartas atadas con una cinta azul. No llevaban mi nombre, ni el de mi padre, sino uno que nunca había escuchado: «Para Fernando».
—¿Quién es Fernando? —le pregunté a Álvaro, pero él solo se encogió de hombros, demasiado ocupado revisando los papeles del banco y los recibos de la luz. No le dio importancia, pero yo sentí un escalofrío. Algo en mi interior me decía que debía leer esas cartas, aunque una parte de mí temía lo que podía descubrir.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón, abrí la primera carta. La letra de mi madre era inconfundible, redonda y elegante, como siempre. «Querido Fernando, hoy he vuelto a soñar contigo. No puedo evitar pensar en lo que habría sido de nosotros si las cosas hubieran sido diferentes…». Leí y releí cada palabra, sintiendo cómo una herida antigua se abría en mi pecho. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué mi madre le escribía cartas tan llenas de amor y nostalgia?
A la mañana siguiente, no pude evitar buscar respuestas. Llamé a mi tía Pilar, la hermana mayor de mi madre, con la esperanza de que ella supiera algo. Cuando le mencioné el nombre de Fernando, guardó silencio unos segundos, y luego suspiró profundamente.
—Lucía, hay cosas que tu madre nunca quiso que supieras. Pero quizás ya es hora de que lo sepas todo —dijo, con la voz temblorosa—. Fernando fue el gran amor de tu madre, antes de conocer a tu padre. Se conocieron en la universidad, en Salamanca. Pero la familia de Fernando no aprobaba la relación, y tu abuelo, tan estricto como era, tampoco. Al final, se separaron, y poco después tu madre conoció a tu padre, Antonio. Pero nunca dejó de escribirle, aunque nunca le enviaba las cartas. Era su manera de mantener vivo ese amor imposible.
Sentí que el aire me faltaba. ¿Mi madre había amado a otro hombre toda su vida? ¿Y mi padre? ¿Lo sabía? Decidí buscar entre los papeles de mi madre, y encontré una foto antigua, en blanco y negro, de una pareja joven abrazada frente a la catedral de Salamanca. Ella era mi madre, sin duda, pero el hombre no era mi padre. Detrás, con la misma letra de las cartas, leí: «Fernando y yo, 1978».
No pude dormir esa noche. Me preguntaba si toda mi vida había sido una mentira. ¿Y si yo no era hija de Antonio? ¿Y si mi verdadero padre era ese hombre del pasado? La duda me carcomía por dentro, y la necesidad de saber la verdad se volvió insoportable.
Al día siguiente, fui a ver a mi padre. Vivía solo desde que mi madre enfermó, en un piso pequeño en el centro de Valladolid. Cuando le mostré las cartas, su rostro se endureció. Durante unos segundos, pensé que iba a negarlo todo, pero en vez de eso, se sentó a mi lado y me tomó la mano.
—Lucía, tu madre y yo nos quisimos mucho, pero sé que nunca pudo olvidar a Fernando. Yo lo supe desde el principio. Pero cuando ella se quedó embarazada de ti, decidimos empezar de cero, dejar el pasado atrás. No sé si alguna vez llegó a ver a Fernando después de casarnos, pero sí sé que te quiso con toda su alma. Eres mi hija, Lucía, aunque el pasado duela —me dijo, con lágrimas en los ojos.
No supe qué decir. Por un lado, sentía una profunda tristeza por mi padre, por haber vivido siempre a la sombra de un amor imposible. Por otro, la curiosidad me devoraba: ¿quién era Fernando ahora? ¿Seguiría vivo? ¿Sabría algo de mi existencia?
Pasé días buscando en internet, preguntando a antiguos amigos de mi madre, hasta que una tarde, una amiga de la universidad, Teresa, me dio una pista. Fernando vivía en un pequeño pueblo de Ávila, donde era maestro jubilado. Sin pensarlo dos veces, cogí el coche y conduje hasta allí, con el corazón en un puño.
El pueblo era pequeño, de esos donde todos se conocen. Pregunté en el bar del centro, y una señora mayor me indicó una casa de piedra al final de la calle. Llamé a la puerta, y un hombre de unos setenta años, de mirada triste pero amable, me abrió.
—¿Fernando García? —pregunté, con la voz temblorosa.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarte?
—Mi nombre es Lucía. Soy hija de Mercedes López.
Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Fernando me miró como si viera un fantasma. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y me invitó a pasar. Nos sentamos en su salón, rodeados de libros y fotos antiguas. Le conté todo: las cartas, la muerte de mi madre, mis dudas, mi búsqueda.
Fernando escuchó en silencio, y cuando terminé, sacó una caja de madera de un cajón. Dentro, había una carta sin abrir, con el nombre de mi madre en el sobre.
—Nunca tuve el valor de enviársela. Pero ahora creo que debes leerla tú —me dijo, entregándomela.
La carta era breve, pero desgarradora. «Mercedes, siempre te llevaré en mi corazón. No me arrepiento de nada, aunque la vida nos separara. Espero que hayas sido feliz, aunque no fuera conmigo. Si alguna vez tienes una hija, dile que el amor verdadero existe, aunque a veces no podamos vivirlo como quisiéramos».
Salí de aquella casa con el alma hecha pedazos, pero también con una extraña paz. Supe entonces que mi madre había amado de verdad, aunque la vida la obligara a tomar otro camino. Y que mi padre, a su manera, también había sido valiente al aceptar ese pasado.
Ahora, sentada en el banco del parque donde solía venir de niña con mi madre, me pregunto: ¿Quién soy realmente? ¿Soy la hija de Antonio, la hija de Mercedes, o la hija de un amor imposible? ¿Puedo perdonar el pasado y seguir adelante? ¿Vosotros podríais hacerlo? ¿Qué haríais si descubrierais un secreto así en vuestra familia?