Cerraduras Nuevas, Viejas Heridas: El Precio de una Madre

—¡No puedes hacerme esto, Alejandro! ¡Soy tu madre!— gritó Carmen, golpeando la puerta con los nudillos hasta que pensé que se romperían. Era la tercera vez esa semana que intentaba entrar en nuestra casa sin avisar, pero esta vez la cerradura era nueva. Yo, desde el pasillo, temblaba de rabia y miedo mientras apretaba la mano de mi hija Lucía.

Alejandro no decía nada. Miraba el suelo, avergonzado, como si cada golpe de su madre fuera un martillo sobre su propia dignidad. Yo sabía que él sufría, pero también sabía que ya no podíamos seguir así. Carmen nunca aceptó nuestro matrimonio. Desde el principio dejó claro que yo no era suficiente para su hijo: “¿Por qué no te casaste con Marta, la hija de don Emilio? Ella sí tiene futuro, y tú podrías haberme dado una vida mejor”, le repetía una y otra vez.

Recuerdo la primera vez que la conocí. Era una tarde de agosto en Salamanca. Carmen me miró de arriba abajo y sonrió con esa sonrisa fría que sólo usan las madres cuando quieren herirte sin que los demás se den cuenta. “¿Y tú de qué familia eres?”, preguntó. Yo, con mi acento de barrio y mi vestido sencillo, me sentí pequeña, insignificante.

Durante años intenté ganarme su cariño. Le llevaba flores en su cumpleaños, la invitaba a cenar los domingos, incluso aprendí a cocinar su famoso cocido madrileño. Pero nada era suficiente. Siempre encontraba un motivo para menospreciarme: “La sopa está sosa”, “Lucía debería ir a un colegio privado”, “Alejandro ha engordado desde que está contigo”.

La situación empeoró cuando falleció don Emilio y Marta heredó la fortuna familiar. Carmen no tardó en dejar caer comentarios venenosos: “Si hubieras hecho caso a tu madre… ahora tendríamos otra vida”. Alejandro intentaba mediar, pero cada vez que defendía nuestra familia, Carmen se volvía más agresiva.

Una noche, mientras cenábamos, recibimos una llamada de Carmen. Había tenido una discusión con su vecina y quería quedarse a dormir en nuestra casa. Alejandro accedió sin consultarme. A las dos de la mañana entró en nuestra habitación sin llamar y me despertó para pedirme una manta extra. Al día siguiente, encontré mis cosas movidas y mi diario abierto sobre la mesa del salón.

—No puedo más —le dije a Alejandro—. O pones límites o esto se acaba.

Él me miró con ojos cansados. “Es mi madre”, susurró. Pero yo ya no podía soportar más invasiones ni humillaciones.

La gota que colmó el vaso llegó un sábado por la tarde. Carmen apareció con dos maletas y anunció: “Me quedo aquí hasta que arregléis vuestra vida”. Lucía lloraba en su habitación porque su abuela le había gritado por dejar los juguetes tirados. Yo sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

Esa noche, después de discutir durante horas, Alejandro accedió a cambiar la cerradura. Llamamos a un cerrajero y, mientras él trabajaba, yo lloraba en silencio en la cocina. Me sentía culpable por separar a un hijo de su madre, pero también sabía que debía proteger a mi familia.

Al día siguiente, Carmen volvió y encontró la puerta cerrada. Golpeó, gritó, amenazó con llamar a la policía. Los vecinos salieron al rellano; algunos nos miraban con compasión, otros con reproche. Alejandro abrió la puerta sólo lo suficiente para decirle: “Mamá, basta. No puedes entrar cuando quieras”.

Carmen se fue llorando y maldiciendo mi nombre. Durante semanas no supimos nada de ella. Alejandro estaba destrozado; apenas hablaba y pasaba las noches mirando fotos antiguas de su infancia. Yo intenté ser fuerte por Lucía, pero cada vez que veía el llavero nuevo sentía un nudo en el estómago.

Un día recibimos una carta de Carmen: “Habéis elegido vuestro camino. No esperéis nada más de mí”. Alejandro lloró como un niño pequeño. Yo lo abracé y le prometí que todo iría bien, aunque no estaba segura de creerlo.

Ahora han pasado meses desde aquel día. Carmen apenas llama; cuando lo hace es para recordarnos lo mucho que hemos perdido por no seguir sus planes. A veces me pregunto si hice lo correcto o si debería haber aguantado un poco más por el bien de Alejandro.

Pero luego veo a Lucía jugando tranquila en el salón y sé que protegí lo más importante: nuestra paz.

¿Hasta dónde puede llegar una madre por sus sueños frustrados? ¿Y hasta dónde debemos llegar nosotros para proteger a quienes amamos? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?