¿Ciego o egoísta? La verdad detrás de nuestra convivencia

—¿Otra vez has comprado yogures de marca? —me espeta Miguel desde la puerta de la cocina, con el ticket de la compra en la mano, como si fuera una prueba irrefutable en un juicio.

Me quedo helada. Acabo de llegar del supermercado, cargando tres bolsas llenas, con la mascarilla aún colgando de una oreja y las manos rojas del frío. No he tenido ni tiempo de quitarme el abrigo. Y ahí está él, revisando cada céntimo que he gastado, como si yo fuera una niña traviesa que ha cogido dinero del monedero de su madre.

—Miguel, ¿de verdad vamos a discutir por esto otra vez? —respondo, intentando que mi voz no tiemble. Pero tiembla. Porque estoy cansada. Porque llevo dos años así.

Él suspira, se pasa la mano por el pelo y deja el ticket sobre la mesa.

—No es discutir, Natalia. Es que no entiendo cómo puedes gastar tanto en comida. ¿De verdad hace falta comprar jamón ibérico cada semana?

Me muerdo el labio. Pienso en las veces que he dejado de comprarme un pintalabios o una revista para poder traerle a él su cerveza favorita, esa que solo venden en El Corte Inglés. Pienso en las noches en las que me he quedado hasta tarde limpiando la cocina mientras él veía el fútbol con sus amigos por Zoom.

—¿Sabes cuánto cuesta vivir? —le pregunto, mirándole a los ojos. Él baja la mirada, incómodo.

—No es eso… —balbucea—. Solo creo que podríamos ahorrar más si tú…

—¿Si yo qué? —le corto—. ¿Si yo dejara de comprar comida? ¿Si yo dejara de hacer la compra? ¿O si yo dejara de ocuparme de todo?

El silencio se instala entre nosotros como una niebla espesa. Oigo el pitido del microondas y el ruido lejano de los vecinos discutiendo por el patio interior. Pienso en mi madre, en cómo me decía que el amor era cosa de dos, pero que a veces una acaba sintiéndose sola incluso acompañada.

Miguel se va al salón sin decir nada más. Yo me quedo allí, rodeada de bolsas y tickets, preguntándome en qué momento empezó todo esto. Recuerdo los primeros meses juntos: las cenas improvisadas, las risas en la cama, los paseos por el Retiro los domingos. ¿Cuándo se volvió todo tan pesado?

Al día siguiente, decido hacer un experimento. Le dejo a Miguel la lista de la compra y le doy mi tarjeta.

—Hoy te toca a ti —le digo, sonriendo forzadamente—. Así verás lo fácil que es.

Él pone los ojos en blanco pero acepta el reto. Vuelve dos horas después, sudando y con cara de pocos amigos.

—¡Pero si todo está carísimo! —exclama, dejando caer las bolsas sobre la mesa—. ¿Cómo puede costar tanto una simple barra de pan?

Le miro en silencio mientras saca productos equivocados: leche desnatada en vez de entera, tomates verdes en vez de maduros, papel higiénico del barato que raspa como lija.

—Bienvenido a mi mundo —susurro.

Esa noche no hablamos mucho. Miguel parece pensativo, casi avergonzado. Yo me siento un poco cruel por haberle puesto a prueba, pero también aliviada porque por fin ha visto lo que yo veo cada día.

Pero la tregua dura poco. Una semana después, volvemos a lo mismo. Él se queja del gasto en luz, del precio del aceite de oliva, del detergente caro para la lavadora. Yo intento explicarle que no todo es tan sencillo como parece desde fuera.

Un domingo por la tarde, después de comer, exploto.

—¿Sabes qué es lo peor? —le digo entre lágrimas—. Que siento que no ves todo lo que hago por nosotros. Que solo te fijas en lo que gasto, no en lo que aporto.

Miguel me mira sorprendido, como si nunca se hubiera planteado esa posibilidad.

—No es eso… Yo solo quiero que estemos bien —balbucea.

—¿Y crees que estar bien es vivir contando céntimos? ¿Crees que estar bien es sentirme culpable cada vez que compro algo?

Se hace un silencio incómodo. Oigo a los niños del piso de arriba jugando al escondite y me acuerdo de cuando yo era pequeña y mi padre le reprochaba a mi madre cada peseta gastada en el mercado.

—No quiero convertirme en ellos —susurro—. No quiero vivir así.

Miguel se acerca y me abraza torpemente. No sé si lo hace por consolarme o por consolarse a sí mismo.

Esa noche duermo mal. Doy vueltas en la cama mientras él respira tranquilo a mi lado. Pienso en todas las mujeres que conozco: mi amiga Lucía, que dejó a su novio porque nunca compartía gastos; mi compañera Marta, que lleva años pagando ella sola el alquiler porque su pareja está «en paro» desde hace demasiado tiempo; mi tía Carmen, que siempre decía que el dinero no da la felicidad pero ayuda a no discutir tanto.

Al día siguiente decido hablar con Miguel seriamente.

—Necesitamos organizarnos mejor —le digo mientras desayunamos—. No puedo seguir haciéndome cargo de todo yo sola. Si vivimos juntos, compartimos responsabilidades. Y eso incluye los gastos y las tareas.

Él asiente despacio. Por primera vez le veo realmente dispuesto a escucharme.

Empezamos a repartirnos las compras y las tareas domésticas. Abrimos una cuenta común para los gastos del piso y hacemos un presupuesto mensual juntos. No es fácil al principio: discutimos por tonterías, nos olvidamos de anotar algunos tickets, pero poco a poco vamos encontrando un equilibrio.

A veces pienso que todo esto podría haberse evitado si hubiéramos hablado antes, si él hubiera entendido desde el principio lo que supone llevar una casa en España hoy en día: los precios suben cada mes, los sueldos no dan para mucho y la presión social para tenerlo todo perfecto es asfixiante.

Ahora sé que Miguel no era (solo) tacaño: era ignorante del esfuerzo invisible que supone mantener un hogar. Y yo también tenía parte de culpa por callarme tanto tiempo.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas parejas se rompen por no hablar de dinero? ¿Cuántas Natalias hay ahí fuera sintiéndose solas entre tickets y bolsas del súper?

¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que tu esfuerzo diario pasa desapercibido para quien más debería valorarlo?