Cinco años a mis espaldas: El día que pedí ayuda a mi marido
—¿De verdad me estás pidiendo esto ahora, Lucía? —La voz de Fernando resonó en la cocina, fría y cortante, mientras yo apretaba los puños para no temblar.
No era la primera vez que discutíamos, pero sí la primera vez que me atrevía a pedirle ayuda. Cinco años. Cinco años arrastrando la compra, pagando las facturas, haciendo malabares con mi sueldo de administrativa en una pequeña gestoría de Salamanca. Cinco años en los que Fernando, mi marido, parecía vivir en una realidad paralela, donde el dinero simplemente aparecía en la cuenta y los niños crecían solos.
—No es solo por mí —susurré, intentando controlar el nudo en la garganta—. Es por los niños. No llego este mes, Fer. El alquiler subió, la luz también…
Él ni siquiera me miró. Siguió removiendo el café como si nada. —Siempre has podido sola, Lucía. No entiendo por qué ahora te pones así.
Me quedé helada. ¿De verdad no lo entendía? ¿No veía las ojeras que me llegaban hasta el alma? ¿No escuchaba los suspiros ahogados cuando los niños dormían y yo repasaba las cuentas una y otra vez?
Recordé el día en que nos casamos en la iglesia de San Esteban. Yo con mi vestido sencillo, él con su sonrisa de chico bueno. Prometimos cuidarnos, apoyarnos… ¿En qué momento se rompió esa promesa?
—No puedo más —dije al fin, con la voz rota—. No puedo seguir sola en esto.
Fernando soltó una carcajada amarga. —¿Sola? ¿Y yo qué soy? ¿Un mueble?
Me dieron ganas de gritarle que sí, que últimamente era solo eso: un mueble caro que ocupaba espacio y no aportaba nada. Pero me mordí la lengua. Los niños estaban en el salón viendo dibujos y no quería que escucharan.
—Solo te pido que me ayudes un poco —insistí—. Que pagues la compra esta semana o el recibo del gas. Lo que sea.
Fernando se levantó bruscamente y salió al balcón a fumar. Yo me quedé allí, sola en la cocina, sintiendo cómo el mundo se me caía encima.
Me acordé de mi madre, de cómo me decía siempre: “Lucía, no dependas nunca de nadie”. Pero yo quería creer en el amor, en el proyecto común. Ahora solo veía ruinas.
Esa noche apenas dormí. Escuché a Fernando entrar tarde en la habitación, oí su respiración pesada y sentí una distancia entre nosotros más grande que nunca. Al día siguiente, mientras preparaba los desayunos para los niños —Sofía y Mateo—, Fernando dejó un billete de veinte euros sobre la mesa.
—Para la compra —dijo sin mirarme.
Me ardieron los ojos de rabia y tristeza. ¿Eso era todo lo que valía mi petición? ¿Veinte euros y un gesto de desprecio?
En el trabajo no pude concentrarme. Mi compañera Marta me vio tan pálida que me llevó al baño y me abrazó sin preguntar nada. Me desmoroné allí mismo, entre azulejos fríos y olor a lejía.
—No puedo más, Marta —lloré—. Siento que me estoy perdiendo a mí misma.
Ella me miró con ternura y me dijo algo que nunca olvidaré: “Lucía, a veces hay que poner límites para salvarse”.
Esa frase me acompañó todo el día. Volví a casa decidida a hablar con Fernando, a decirle que así no podíamos seguir. Pero cuando llegué, encontré a Sofía llorando porque su padre le había gritado por dejar los zapatos tirados.
—¡Papá está enfadado siempre! —sollozaba mi hija.
La abracé fuerte y sentí una mezcla de culpa y furia. No podía permitir que mis hijos crecieran en un ambiente así.
Esa noche esperé a que los niños durmieran y fui al salón donde Fernando veía la televisión.
—Tenemos que hablar —le dije firme.
Él bufó y bajó el volumen del televisor.
—No quiero seguir así —continué—. No puedo ser la única adulta aquí. Si no quieres o no puedes ayudarme, dímelo claro. Pero no voy a cargar sola con todo esto ni un día más.
Fernando me miró por fin, pero sus ojos estaban vacíos de empatía.
—Haz lo que quieras —dijo simplemente—. Yo ya estoy cansado de tus dramas.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente. Me levanté despacio y fui al cuarto de los niños. Los miré dormir y supe que tenía que hacer algo por ellos y por mí misma.
Al día siguiente pedí cita con una abogada para informarme sobre mis derechos. No sé qué pasará mañana ni si tendré fuerzas para seguir adelante sola, pero sé que ya no puedo seguir viviendo así.
A veces el amor no basta para sostener una familia. A veces hay que elegir salvarse antes de hundirse juntos.
¿Hasta dónde estaríais dispuestas a llegar para no perderos a vosotras mismas? ¿Cuándo es suficiente?