Confianza Rota: Cuando Mi Familia Se Desmoronó Por Un Favor
—¿De verdad crees que es buena idea, Lucía? —le pregunté a mi mujer mientras miraba el contrato de alquiler sobre la mesa, con la mano temblorosa.
Ella suspiró, cansada, y me miró con esos ojos grandes que siempre me habían convencido de todo—. Es mi hermano, Sergio. Está pasando un mal momento. No podemos dejarle tirado.
Me quedé callado, mirando por la ventana del salón. Era una tarde gris en Madrid, de esas en las que el tráfico parece más ruidoso y los vecinos más lejanos. Nuestro piso en Vallecas llevaba meses vacío desde que nos mudamos a Getafe por mi trabajo. Habíamos pensado alquilarlo para tener un ingreso extra, pero nunca imaginé que el primer interesado sería Rubén, el hermano pequeño de Lucía.
Rubén siempre fue el alma de las reuniones familiares: simpático, bromista, pero también irresponsable. Había perdido su trabajo en una tienda de electrónica y su novia le había echado de casa. Cuando Lucía me lo propuso, sentí un nudo en el estómago. Pero acepté. ¿Cómo negarme ante la mirada suplicante de mi mujer?
Firmamos el contrato sin apenas leerlo. «Total, es de la familia», pensé. Le dejamos el piso por un alquiler simbólico y sin fianza. Al principio todo fue bien. Rubén nos mandaba mensajes agradecidos, prometía buscar trabajo y pagar puntualmente.
Pero pronto llegaron los retrasos. Un mes sin pagar, luego dos. Lucía le defendía: «Está buscando trabajo, Sergio. Hay que tener paciencia». Yo veía cómo el dinero no llegaba y las facturas se acumulaban. Empecé a sentirme invisible en mi propia casa.
Una noche, después de cenar, exploté:
—¡No podemos seguir así! ¡Ese piso es nuestro futuro! Si Rubén no paga, tendremos problemas con la hipoteca.
Lucía me miró con rabia contenida:
—¿Y qué quieres que haga? ¿Echarle a la calle? ¡Es mi hermano!
—¡Es tu hermano, pero también es nuestro problema!
A partir de ahí, las discusiones se hicieron diarias. Mi hija pequeña, Paula, empezó a preguntar por qué mamá lloraba tanto. Yo dormía en el sofá cada vez más noches.
Un día recibí una llamada del presidente de la comunidad:
—Sergio, hay que hablar. Tu inquilino hace fiestas hasta las tantas y los vecinos están hartos. Si esto sigue así, os denunciamos.
Sentí cómo la vergüenza me quemaba la cara. Fui al piso sin avisar y encontré a Rubén con varios amigos, latas de cerveza por el suelo y música a todo volumen.
—¿Pero tú eres tonto o qué? —le grité—. ¡Esto no es una discoteca!
Rubén me miró desafiante:
—Relájate, cuñado. Solo era una reunión. Ya limpiaré.
—¡No quiero excusas! Si no pagas y sigues así, te vas a la calle.
Me fui dando un portazo. Esa noche discutí con Lucía hasta quedarnos sin voz. Ella defendía a su hermano; yo defendía lo poco que nos quedaba.
Las semanas pasaron y la situación empeoró. Rubén dejó de contestar los mensajes y las llamadas. Los vecinos seguían quejándose y recibimos una carta del banco: si no pagábamos la hipoteca en dos meses, perderíamos el piso.
Una tarde lluviosa, Lucía recibió una llamada de su madre:
—¿Cómo puedes tratar así a tu propio hermano? —le gritó al teléfono—. ¡Siempre has sido una egoísta!
Lucía colgó llorando y se encerró en el baño durante horas. Yo me sentí más solo que nunca.
Al final no tuvimos más remedio que iniciar un proceso de desahucio. Fue humillante ver a Rubén salir del piso escoltado por la policía municipal, con los vecinos mirando desde las ventanas.
Mi matrimonio quedó hecho trizas. Lucía no me perdonó nunca haber «traicionado» a su hermano. Yo no pude perdonarle haber puesto a Rubén por encima de nuestra familia.
Hoy vivo solo en un pequeño apartamento en Alcorcón. Veo a Paula los fines de semana y cada vez que paso por Vallecas siento una punzada en el pecho. La familia de Lucía no me habla; Rubén sigue sin trabajo y nadie sabe dónde vive ahora.
A veces me pregunto si hice lo correcto o si debí aguantar más por amor a Lucía y su familia. ¿Hasta dónde debe llegar uno por ayudar a los suyos? ¿Realmente merece la pena sacrificar tu propia felicidad por mantener la paz familiar?
¿Vosotros qué haríais? ¿Alguna vez habéis sentido que ayudar a alguien os ha costado demasiado caro?