Cosechas lo que siembras: Un mes de arroz y silencios
—¿Otra vez has comprado tanto? —me espetó Alberto, dejando caer las bolsas en la encimera con un golpe seco.
Me quedé mirándole, el corazón latiéndome fuerte. No era la primera vez que discutíamos por lo mismo, pero esa tarde de marzo, con la lluvia golpeando los cristales del piso en Vallecas, sentí que algo dentro de mí se rompía. —¿Y qué quieres que haga? ¿Que vivamos de aire? —le respondí, intentando no alzar la voz porque nuestros hijos, Lucía y Sergio, estaban en el salón viendo dibujos.
Alberto bufó y abrió el armario donde guardo los alimentos no perecederos. Sacó un paquete de arroz y lo agitó en el aire como si fuera una bandera blanca. —Con esto tenemos para un mes. Si supieras administrar, no haría falta tanto gasto.
Me mordí la lengua. Pero esa noche, mientras él dormía, la idea me rondaba la cabeza: ¿de verdad cree que se puede vivir solo de arroz? ¿Por qué siempre tiene que minimizar mis esfuerzos? Me levanté sigilosamente y escondí todo lo demás: las lentejas, los macarrones, las latas de atún. Solo dejé el arroz a la vista.
A la mañana siguiente, preparé el desayuno: arroz blanco con un poco de sal. Alberto me miró extrañado.
—¿No hay café?
—Hoy no —le respondí con una sonrisa forzada—. Pero tenemos arroz, ¿no?
Los niños protestaron, pero les expliqué que era un experimento. Alberto, terco como una mula, se sirvió un plato y comió en silencio. Yo sentí una mezcla de culpa y satisfacción.
Los días pasaron y el ambiente en casa se fue tensando como una cuerda a punto de romperse. El arroz apareció en todas las comidas: arroz hervido, arroz frito sin nada, arroz caldoso con agua y sal. Lucía lloró una noche porque echaba de menos las croquetas de su abuela. Sergio se negó a cenar dos veces. Alberto empezó a llegar más tarde del trabajo y a hablar menos.
Una tarde, mientras doblaba ropa en el dormitorio, escuché a Lucía susurrar:
—Mamá está rara. Papá también.
Me asomé al pasillo y vi a mis hijos abrazados en el sofá. Sentí un nudo en la garganta. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar para tener razón?
El día quince fue el peor. Alberto llegó empapado por la lluvia y tiró la mochila al suelo.
—Estoy harto del arroz —dijo sin mirarme—. Esto es absurdo.
Me armé de valor y le respondí:
—¿Absurdo? ¿No decías que era suficiente?
Él me miró con los ojos cansados.
—No sabía que ibas a tomártelo tan en serio.
Esa noche discutimos como nunca antes. Gritos ahogados para no despertar a los niños, reproches acumulados durante años saliendo a borbotones: su falta de empatía, mi obsesión por controlar todo, su orgullo, mi rencor. Al final nos quedamos en silencio, cada uno en una esquina de la cama.
Al día siguiente, encontré a Sergio buscando galletas en los armarios vacíos.
—Mamá, ¿por qué no hay nada rico?
Me arrodillé junto a él y lo abracé fuerte.
—Pronto volverá todo a la normalidad —le prometí, aunque ni yo misma lo creía.
Esa tarde recibí una llamada de mi madre:
—Te noto rara últimamente. ¿Va todo bien con Alberto?
Estuve a punto de contárselo todo, pero me limité a decir que estábamos cansados. No quería preocuparla ni admitir que mi pequeña venganza se me había ido de las manos.
El día veintitrés, Alberto llegó con una bolsa del supermercado. Sin decir palabra, sacó tomates, huevos y pan. Me miró con humildad por primera vez en mucho tiempo.
—He estado pensando… Quizá tienes razón. No es tan fácil como parece llevar una casa.
Sentí que algo se aflojaba dentro de mí. Nos abrazamos torpemente en la cocina mientras los niños nos miraban sorprendidos.
Esa noche cenamos tortilla y pan con tomate. Lucía sonrió por primera vez en semanas. Sergio pidió repetir. Yo sentí una mezcla de alivio y vergüenza: ¿qué había conseguido realmente?
Ahora escribo esto mientras Alberto pone la mesa y los niños juegan en el pasillo. A veces me pregunto si mereció la pena tanto orgullo y tanto silencio solo para demostrar quién tenía razón.
¿De verdad sirve de algo ganar una batalla si pierdes la paz en casa? ¿Alguna vez habéis sentido que vuestra pequeña venganza os ha costado demasiado caro?