Cuando el amor duele: Confesiones de una mujer de Madrid
—¿Por qué tienes miedo de mirarme a los ojos, Álvaro? —le pregunté, con la voz temblorosa y el corazón a punto de estallar. Él bajó la mirada, jugueteando con el móvil que aún tenía en la mano. Era tarde, casi medianoche, y el silencio de nuestro piso en Chamberí se sentía más pesado que nunca.
Aquel mensaje, ese maldito mensaje que vi por casualidad mientras buscaba una foto para la abuela, me atravesó como un cuchillo. “Te echo de menos, ojalá estuvieras aquí esta noche”, decía ella. Y él respondía con un corazón. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Mi mundo, mi familia, mi hogar… todo se tambaleó en un instante.
No pude evitarlo. Grité. Lloré. Le lancé el móvil encima de la mesa y le exigí explicaciones. Álvaro intentó negarlo al principio, pero las palabras se le atragantaban. “No es lo que piensas”, murmuró, pero yo ya no podía escucharle. Mi mente repasaba cada detalle de los últimos meses: sus ausencias, las cenas canceladas, las noches en las que decía estar trabajando tarde en la oficina del Paseo de la Castellana.
Mi hija Paula, que dormía en su cuarto, se despertó asustada por los gritos. “¿Mamá, qué pasa?” preguntó desde el pasillo, con su pijama de unicornios y los ojos llenos de miedo. Me sentí la peor madre del mundo por arrastrarla a este infierno.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones y reproches. Mi madre, Carmen, vino desde Alcalá para ayudarme con Paula. “Hija, tienes que ser fuerte”, me repetía mientras me preparaba una tila. Pero yo solo quería desaparecer. Mi hermana Marta me llamaba cada noche: “No te mereces esto, Lucía. Piensa en ti”. Pero ¿cómo pensar en mí cuando todo lo que era importante se desmoronaba?
Álvaro dormía en el sofá desde aquella noche. A veces le oía llorar en silencio cuando pensaba que yo no le escuchaba. Otras veces discutíamos hasta quedarnos sin voz. “¿Por qué lo hiciste? ¿Qué te faltaba conmigo?” le pregunté una y otra vez. Nunca obtuve una respuesta clara. Solo evasivas y silencios culpables.
La familia de Álvaro intentó mediar. Su madre, Mercedes, vino a casa con una tarta de manzana y palabras vacías: “Estas cosas pasan, hija. Lo importante es perdonar”. Sentí rabia y ganas de gritarle que no era tan fácil. Que no podía fingir que nada había pasado.
En el trabajo todo era una máscara. Mis compañeros del hospital notaban mi tristeza, pero nadie se atrevía a preguntar. Solo Pilar, mi amiga del alma desde la universidad, me abrazó fuerte una tarde en la cafetería: “Llora todo lo que necesites, Lucía. Pero no te quedes aquí estancada”.
Las noches eran las peores. Me tumbaba en la cama mirando el techo, preguntándome si alguna vez volvería a confiar en alguien. Paula dormía abrazada a su peluche favorito y yo le acariciaba el pelo, sintiendo culpa por no poder protegerla del dolor.
Un día decidí ir a ver a la otra mujer. Se llamaba Beatriz y trabajaba en una gestoría cerca de Sol. No sé qué esperaba encontrar allí: ¿una explicación? ¿Un perdón? Cuando la vi salir del portal, sentí una mezcla de odio y compasión. Era joven, guapa y parecía segura de sí misma. Me acerqué y le dije quién era yo. Ella bajó la mirada y murmuró: “Lo siento mucho, Lucía. No sabía cómo parar esto”.
Volví a casa con más preguntas que respuestas. ¿Era culpa suya? ¿O solo de Álvaro? ¿O mía por no haber visto las señales?
La terapia fue un infierno al principio. Sentarme frente a una desconocida y contarle mis miserias me parecía humillante. Pero poco a poco empecé a entender que no podía cargar con toda la culpa ni con todo el dolor.
Paula empezó a preguntar por su padre: “¿Por qué papá ya no cena con nosotras?”. Le inventé mil excusas hasta que un día me miró muy seria y me dijo: “Mamá, no me mientas más”. Me rompí por dentro.
Pasaron los meses y tuve que tomar una decisión: ¿perdonar o empezar de cero? Álvaro suplicó mil veces: “Dame otra oportunidad, Lucía”. Pero algo dentro de mí se había roto para siempre.
Una tarde de otoño, mientras paseábamos por El Retiro, Paula me cogió la mano y me dijo: “Mamá, aunque papá no esté siempre contigo, yo sí”. Lloré como nunca antes.
Hoy escribo esto desde nuestro pequeño piso nuevo en Lavapiés. Paula juega en su cuarto mientras yo miro por la ventana y pienso en todo lo que he perdido… y en todo lo que he ganado.
¿Es posible volver a confiar después de una traición así? ¿O el amor verdadero solo existe en los cuentos? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?