Cuando el Amor se Rompe en Silencio: Mi Historia de Soledad y Renuncia

—No puedo más, Lucía. Necesito descansar. ¿Por qué no te vas unos días a casa de tus padres con la niña?—. La voz de Tomás temblaba, pero no era de emoción, sino de agotamiento. Yo estaba sentada en el borde de la cama, con la pequeña Alba llorando en mis brazos, la madrugada colándose por las rendijas de la persiana.

No supe qué decir. Llevábamos semanas sin dormir, sin hablarnos más allá de lo imprescindible. Alba tenía cólicos y lloraba sin consuelo. Yo me sentía un fantasma, arrastrando mi cuerpo por el piso de Madrid mientras Tomás se encerraba en el despacho con los cascos puestos, diciendo que tenía reuniones importantes. Pero esa noche, cuando me pidió que me fuera, sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

—¿Quieres que me vaya?— pregunté, con la voz rota.

—Solo unos días, Lucía. Necesito pensar, dormir… No sé si puedo seguir así—. No hubo abrazo, ni siquiera un roce. Solo silencio.

Al día siguiente, metí cuatro cosas en una maleta vieja y cogí el tren a Valladolid con Alba dormida en el carrito. Mi madre me recibió con los brazos abiertos, pero enseguida noté su mirada inquisitiva.

—¿Y Tomás? ¿Por qué no ha venido?—

—Está cansado, mamá. Necesita descansar— respondí, evitando su mirada.

Las primeras noches en casa de mis padres fueron un alivio y una tortura a la vez. Mi madre me ayudaba con Alba, pero no podía evitar sentirme una carga. Mi padre apenas hablaba; se limitaba a mirar la televisión y a suspirar cuando el llanto de Alba rompía el silencio del salón.

Una tarde, mientras Alba dormía sobre mi pecho, mi madre se sentó a mi lado y me acarició el pelo como cuando era niña.

—Lucía, ¿estás bien?—

Me derrumbé. Lloré como no había llorado nunca. Le conté todo: las noches en vela, la distancia con Tomás, el miedo a que esto fuera el principio del fin.

—A veces los hombres no entienden lo que supone ser madre— dijo mi madre, apretando mi mano—. Pero tú tampoco tienes que cargar sola con todo esto.

Pasaron los días y Tomás apenas llamaba. Cuando lo hacía, era para preguntar por Alba, nunca por mí. Sentí rabia y tristeza a partes iguales. ¿En qué momento habíamos dejado de ser un equipo?

Una noche, después de colgarle el teléfono tras una conversación fría y breve, salí al balcón y miré las luces de la ciudad. Me pregunté si alguna vez volveríamos a ser los mismos o si ya era tarde para nosotros.

Mi hermano Sergio vino a visitarnos un domingo. Siempre había sido el gracioso de la familia, pero esa tarde me miró serio.

—¿Vas a volver con Tomás?—

No supe qué responderle. Me sentía traicionada por él, pero también culpable por haberme ido. ¿Era yo la que había fallado?

Los días se hicieron semanas. Alba empezó a dormir mejor y yo recuperé algo de fuerzas. Pero la herida seguía abierta. Un día recibí un mensaje de Tomás: “¿Cuándo pensáis volver?” Ni un “te echo de menos”, ni un “¿cómo estás?”. Solo esa pregunta seca.

Le respondí que aún no lo sabía. Esa noche soñé que volvía a casa y encontraba nuestras cosas embaladas en cajas.

Mi madre insistía en que hablara con él, que intentara arreglarlo por nuestra hija. Pero yo ya no sabía si quería volver a esa casa donde solo había silencio y reproches.

Una tarde decidí llamarle yo. Quería respuestas.

—Tomás, ¿qué nos ha pasado?—

Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.

—No lo sé, Lucía. Todo me supera. No sé si quiero seguir así…—

Sentí que me ahogaba. Colgué sin decir nada más.

Esa noche, mientras Alba dormía tranquila por primera vez en semanas, tomé una decisión: no podía seguir esperando a que él quisiera ser parte de nuestra familia. Tenía que pensar en mí y en mi hija.

Al día siguiente busqué trabajo en Valladolid y empecé a imaginar una vida nueva lejos de Tomás. No fue fácil; cada paso era una batalla contra la culpa y el miedo al futuro.

Hoy escribo esto desde el pequeño piso que alquilé cerca del parque Campo Grande. Alba juega en la alfombra mientras yo preparo café y pienso en todo lo que hemos pasado.

A veces me pregunto si hice bien o si debí luchar más por nuestra familia. Pero también sé que merezco ser feliz y que mi hija merece crecer rodeada de amor y no de silencios rotos.

¿Hasta qué punto debemos aguantar por mantener una familia unida? ¿Es justo renunciar a uno mismo para no romper lo que ya está roto? ¿Vosotros qué haríais?