Cuando el dinero separa la sangre: La historia de Lucía y Marta
—¿Y ahora qué vas a hacer, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Yo acababa de llegar, aún con la maleta en la mano, y ya sentía el peso de una responsabilidad que no era mía.
Marta estaba sentada en el sofá, los ojos hinchados y la mirada perdida en la pantalla del móvil. Su marido, Álvaro, la había dejado hacía apenas dos días. Se había llevado hasta el perro. Mamá no paraba de repetir que “en esta familia nos ayudamos”, pero yo sabía que esa frase solo se aplicaba cuando se trataba de Marta.
—Mamá, acabo de conseguir un trabajo en Valencia. No puedo quedarme aquí —intenté explicarle, pero ella ni siquiera me miró.
—Tu hermana te necesita. ¿No ves cómo está? —insistió, bajando la voz como si Marta fuera una niña pequeña.
Me senté a su lado. Marta no dijo nada. Solo apretó más fuerte el móvil entre las manos. Yo recordaba perfectamente cómo, años atrás, cuando papá murió, fui yo quien dejó la universidad para cuidar de mamá mientras Marta seguía con su Erasmus en Italia. Nadie me preguntó entonces si podía o quería hacerlo.
El dinero siempre había sido un problema en casa. Mamá cobraba una pensión mínima y Marta, aunque tenía un buen trabajo en una clínica privada, gastaba más de lo que ganaba. Yo había ahorrado cada euro para poder mudarme y empezar de cero lejos de Madrid, pero ahora todo parecía desmoronarse otra vez.
—¿Por qué no le pides ayuda a Álvaro? —pregunté, aunque sabía que era inútil.
—No quiero hablar de él —susurró Marta, sin mirarme.
Mamá suspiró y se sentó frente a nosotras. —Lucía, hija, tú siempre has sido tan responsable… Solo es hasta que Marta se recupere. Puedes quedarte unas semanas, ayudarla con los papeles del divorcio…
Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿Por qué siempre era yo la que tenía que sacrificarlo todo? ¿Por qué nadie preguntaba cómo me sentía yo?
Esa noche no pude dormir. Escuché a Marta llorar en su habitación y a mamá rezar en voz baja en el salón. Pensé en mi piso alquilado en Valencia, en mi contrato recién firmado, en mis sueños de independencia. Todo eso parecía tan lejano ahora.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en silencio, mamá soltó la bomba:
—He hablado con tu tía Carmen. Dice que podrías pedir una excedencia en el trabajo y quedarte aquí unos meses.
—¿Una excedencia? ¡Mamá, acabo de empezar! Si me voy ahora, lo pierdo todo —protesté.
Marta levantó la vista por primera vez.—No te preocupes, Lucía. Ya estoy acostumbrada a que nadie me ayude cuando lo necesito.
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. ¿Cómo podía decir eso después de todo lo que yo había hecho por ella? Recordé las veces que le presté dinero para pagar el alquiler, las noches que pasé cuidando a su hijo cuando ella salía con Álvaro…
—Eso no es justo —le dije, temblando.—Siempre he estado ahí para ti.
Marta se encogió de hombros.—Ahora no puedes o no quieres.
Me levanté de la mesa y salí al balcón. El aire frío me despejó las ideas. Sabía que si cedía otra vez, perdería mi oportunidad de ser feliz por mí misma. Pero también sentía una culpa enorme por dejar a mi hermana sola en su peor momento.
Esa tarde recibí una llamada del trabajo. Mi jefe quería saber si todo iba bien con la mudanza y si podría incorporarme el lunes siguiente. Dudé antes de contestar. Miré a través del cristal: mamá y Marta discutían en voz baja en el salón.
—Sí, todo bien —mentí.—El lunes estaré allí.
Colgué y me sentí como una traidora. Pero también sentí alivio. Por primera vez en años, elegía mi propio camino.
Esa noche cenamos juntas por última vez antes de mi partida. Nadie habló mucho. Mamá apenas probó bocado y Marta ni siquiera se sentó a la mesa.
Al día siguiente hice la maleta temprano. Mamá me abrazó sin decir palabra. Marta ni siquiera salió de su cuarto para despedirse.
En el tren hacia Valencia lloré como una niña pequeña. Me pregunté si algún día podrían perdonarme por elegir mi felicidad antes que la suya. O si yo misma podría perdonarme algún día.
¿Hasta qué punto debemos sacrificar nuestra vida por los demás? ¿Es egoísmo o simplemente supervivencia?