Cuando el Dolor Llama Dos Veces: La Noche en que Descubrí a la Amante de mi Marido
—¿Por qué huele a perfume de mujer aquí?—me pregunté en voz baja, mientras dejaba las llaves sobre la mesa del recibidor. Aún llevaba la pulsera del hospital en la muñeca, el cansancio pesando en mis hombros como una losa. Había pasado dos días ingresada por una crisis de migraña, sola, sin más compañía que el pitido intermitente de las máquinas y el murmullo lejano de las enfermeras. Mi marido, Luis, apenas me había mandado un mensaje: “¿Cómo sigues? Avísame cuando te den el alta”.
Eran las once y media de la noche. La casa estaba en penumbra, pero desde el salón llegaba una luz tenue y el sonido ahogado de risas. Me acerqué despacio, con el corazón acelerado, pensando que quizá Luis había invitado a su hermano o algún amigo para no estar solo. Pero al asomarme, vi algo que me heló la sangre.
Luis estaba sentado en el sofá, demasiado cerca de una mujer rubia que no reconocí. Ella llevaba mi bata azul, esa que mi abuela me regaló por Reyes hace años. Se reían, susurraban cosas que no alcancé a entender. Él le acariciaba la pierna con una naturalidad que me resultó obscena.
—¿Qué… qué está pasando aquí?—logré decir, la voz temblorosa.
Luis se levantó de un salto, los ojos abiertos como platos. La mujer se cubrió con la bata y buscó sus zapatos bajo la mesa.
—Marina… no es lo que parece—balbuceó Luis, pero ni él mismo se lo creía.
—¿No es lo que parece?—repetí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—. ¿Me tomas por idiota?
La mujer salió corriendo hacia el pasillo, evitando mi mirada. Luis intentó acercarse, pero di un paso atrás.
—No me toques. Ni se te ocurra tocarme—le grité.
Me encerré en el baño y me dejé caer al suelo. El frío de las baldosas me devolvió a la realidad: estaba sola. Sola en mi propia casa, traicionada por el hombre al que había entregado los mejores años de mi vida.
No sé cuánto tiempo estuve allí, llorando en silencio. Cuando salí, Luis ya no estaba. Había dejado una nota absurda: “Lo siento. Hablamos mañana”.
Cogí el móvil y marqué el número de mi madre. Necesitaba escuchar su voz, sentirme arropada por alguien que me quisiera de verdad.
—Mamá… Luis me ha engañado. Lo he pillado con otra en casa—dije entre sollozos.
Su respuesta fue un suspiro largo y cansado:
—Marina, hija, los hombres son así. No te pongas melodramática. Seguro que fue un error y ya está. No hagas una montaña de un grano de arena.
Sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Eso era todo lo que tenía que decirme? ¿Después de todo lo que había hecho por ella desde que papá murió?
Colgué sin despedirme y me tumbé en la cama, abrazando la almohada como si fuera un salvavidas. Esa noche no dormí. Repasé mentalmente cada detalle de los últimos meses: las ausencias de Luis, sus excusas tontas, las veces que llegaba tarde del trabajo oliendo a colonia barata.
Por la mañana, Luis volvió a casa como si nada. Traía churros y café del bar de la esquina.
—Marina, tenemos que hablar—dijo con voz grave.
Le miré fijamente, sin decir palabra.
—No quería hacerte daño. Todo esto ha sido un error… Yo… estoy confundido.
—¿Confundido?—le interrumpí—. ¿Confundido es traer a tu amante a nuestra casa mientras yo estoy enferma en el hospital?
Se encogió de hombros y bajó la mirada.
—No sé qué decirte…
—Pues no digas nada. Haz las maletas y vete—le espeté con una frialdad que ni yo sabía que tenía.
Luis intentó abrazarme, pero le aparté con un empujón. Se fue sin mirar atrás.
Durante los días siguientes, mi madre insistió en que le perdonara.
—Piensa en tu futuro, Marina. No es fácil encontrar pareja a tu edad…
—Prefiero estar sola que vivir con alguien que me humilla—le respondí un día, harta de su falta de empatía.
En el trabajo apenas podía concentrarme. Mis compañeras notaron mi tristeza y una tarde, mientras tomábamos café en la terraza del edificio, Carmen se atrevió a preguntarme:
—¿Te pasa algo? Estás muy apagada últimamente.
No pude evitarlo y rompí a llorar delante de todas.
Ellas me rodearon con abrazos sinceros y palabras de ánimo. Fue entonces cuando entendí que la familia no siempre es la de sangre; a veces son las personas que te tienden la mano cuando más lo necesitas.
Poco a poco fui reconstruyendo mi vida. Cambié las cortinas del salón, regalé la bata azul y pinté las paredes de otro color. Empecé a salir más con mis amigas y retomé clases de yoga en el centro cultural del barrio.
Un día recibí una carta de Luis pidiéndome perdón y suplicando una segunda oportunidad. La rompí sin leerla entera. Ya no quería volver al pasado.
Mi madre sigue sin entenderlo. A veces me llama para preguntarme si ya he recapacitado.
—No quiero vivir amargada como tú, mamá—le dije una tarde, con más tristeza que rabia.
Ahora miro hacia adelante con miedo pero también con esperanza. He aprendido que nadie merece ser segunda opción ni mendigar cariño a quien no sabe darlo.
¿De verdad es tan difícil para algunas madres ponerse del lado de sus hijas? ¿Cuántas mujeres más tendrán que pasar por esto hasta que aprendamos a valorarnos? ¿Vosotras qué haríais en mi lugar?