Cuando el éxito de mi ex lo hizo olvidar quién era yo

—¿De verdad tienes la cara de aparecer ahora, Álvaro? —le espeté, con la voz temblorosa, mientras sostenía la puerta entreabierta.

Él bajó la mirada, como si el suelo pudiera tragarlo. Llevaba la misma chaqueta de cuero que tanto le gustaba cuando aún éramos pareja, pero ahora parecía más vieja, más gastada. Yo no podía dejar de pensar en todas las veces que me sentí invisible mientras él brillaba en su nuevo mundo, rodeado de gente importante, de cenas caras y aplausos vacíos.

Recuerdo perfectamente el día en que todo cambió. Fue una tarde de septiembre, en nuestro pequeño piso de Lavapiés. Álvaro llegó con una botella de vino caro y una sonrisa que no me pertenecía. «He conseguido el puesto en la productora, Lucía. ¡Vamos a poder vivir como siempre soñamos!». Yo le abracé, ilusionada, sin saber que ese sería el principio del fin.

Al principio, todo era perfecto: cenas en restaurantes de moda, viajes improvisados a la costa, regalos que nunca había pedido. Pero poco a poco, Álvaro empezó a llegar tarde a casa, a contestar mis mensajes con monosílabos y a mirar su móvil más que a mí. «Es el trabajo, Lucía. No lo entiendes», me decía cada vez que le preguntaba si todo iba bien entre nosotros.

Una noche, después de una discusión absurda sobre una llamada perdida, me soltó: «No puedo estar pendiente de ti todo el tiempo. Tengo cosas importantes que hacer». Sentí cómo se rompía algo dentro de mí. A partir de ahí, fui desapareciendo de su vida, hasta convertirme en un fantasma en nuestra propia casa.

El divorcio fue rápido y frío. Él ni siquiera discutió por los muebles o el coche; solo quería irse cuanto antes. «Te deseo lo mejor», me dijo al firmar los papeles, sin mirarme a los ojos. Yo me quedé con el piso y una soledad que pesaba más que cualquier hipoteca.

Durante años no supe nada de él. Solo veía su nombre en revistas digitales o escuchaba rumores en el barrio: «Álvaro está trabajando con los grandes», «Dicen que va a rodar una película en Barcelona». Yo aprendí a vivir sin él, a reconstruirme desde los cimientos. Volví a pintar, retomé contacto con mis amigas —las mismas que él despreciaba— y hasta adopté un gato callejero al que llamé Salvador.

Por eso, cuando sonó el timbre aquella tarde lluviosa y vi su silueta tras la mirilla, sentí una mezcla de rabia y compasión. ¿Qué hacía allí después de tanto tiempo?

—Lucía… necesito hablar contigo —dijo él, casi susurrando.

Le dejé pasar por pura curiosidad o quizás por nostalgia. Se sentó en el sofá como si fuera un extraño en su propia casa.

—¿Qué quieres? —pregunté sin rodeos.

—Las cosas no me han ido bien últimamente —empezó—. Perdí el trabajo hace meses y… bueno, no tengo a quién acudir.

Me quedé mirándole en silencio. ¿Era ese el mismo hombre que me había dejado atrás sin mirar atrás? ¿El mismo que presumía de contactos y éxito?

—¿Y por qué vienes a mí? —le pregunté—. Cuando te iba bien ni siquiera respondías mis mensajes.

—Lo sé —admitió—. Fui un imbécil. Pero ahora… estoy solo, Lucía. No tengo familia aquí y tú eres la única persona que alguna vez se preocupó por mí.

Sentí una punzada en el pecho. Recordé todas las noches en vela esperando a que volviera, todas las veces que intenté salvar lo nuestro mientras él se alejaba más y más.

—¿Y qué esperas? ¿Que te salve otra vez? —mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

Él asintió, derrotado.

—Solo necesito un sitio donde quedarme un par de semanas… hasta que encuentre algo —dijo—. Te lo devolveré todo, te lo prometo.

Me levanté y fui hasta la ventana. Afuera llovía con fuerza y las luces de la ciudad parecían más lejanas que nunca. Pensé en mi vida ahora: tranquila, sencilla, llena de pequeñas rutinas que me daban paz. ¿Estaba dispuesta a ponerlo todo en peligro por alguien que solo me recordaba cuando le convenía?

En ese momento sonó mi móvil: era un mensaje de mi hermana Marta. «¿Te apetece cenar esta noche? He hecho tu tortilla favorita». Sonreí al leerlo; ella siempre estuvo ahí cuando más la necesité.

Me giré hacia Álvaro:

—No puedo ayudarte —dije con firmeza—. Ya no soy la misma Lucía que conociste. Aprendí a vivir sin ti y no pienso volver atrás.

Él bajó la cabeza y recogió su chaqueta sin decir palabra. Antes de salir por la puerta, se detuvo un instante:

—Siento todo lo que te hice pasar —susurró.

Cerré la puerta tras él y sentí una extraña mezcla de alivio y tristeza. Me apoyé contra la madera y respiré hondo.

¿Hasta qué punto debemos ayudar a quienes nos hicieron daño solo porque compartimos un pasado? ¿Es egoísmo protegerse o simplemente amor propio? ¿Vosotros qué haríais?