Cuando el suelo desaparece bajo tus pies: Mi vida tras la caída de Manuel

—¡María, ven rápido! —gritó mi hija Lucía desde el patio, su voz temblorosa, casi irreconocible. Dejé caer el cuchillo con el que cortaba tomates para la cena y salí corriendo, el corazón golpeando en mi pecho como si quisiera escapar de mi cuerpo. Allí estaba Manuel, mi marido, tendido en el suelo, los ojos abiertos pero perdidos, la pierna torcida en un ángulo imposible.

El tiempo se detuvo. Recuerdo el olor a tierra mojada, el sonido lejano de una televisión encendida en casa de los vecinos, y la sensación de que algo irremediable acababa de suceder. Llamé a emergencias con manos temblorosas mientras Lucía sollozaba a mi lado. “No te muevas, Manuel, por favor”, repetía yo, sin saber si me escuchaba.

Desde ese día, nada volvió a ser igual. Manuel salió del hospital semanas después, pero no era el mismo hombre que había entrado. Su cuerpo estaba roto, pero lo que más me dolía era ver cómo su espíritu se apagaba poco a poco. La rehabilitación era lenta y dolorosa; cada movimiento era una batalla perdida. Yo me convertí en su sombra, su enfermera, su todo.

Al principio, los amigos venían a visitarnos. Traían pasteles, palabras de ánimo y promesas de ayuda. Pero con el tiempo las visitas se hicieron menos frecuentes. La familia llamaba de vez en cuando, pero nadie quería cargar con nuestra tristeza. Mi madre me decía: “María, tienes que ser fuerte por todos”, como si la fortaleza fuera algo que se pudiera sacar del bolsillo.

Las noches eran las peores. Manuel lloraba en silencio pensando que yo dormía. Yo me mordía los labios para no gritarle al techo. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora? Habíamos trabajado toda la vida para tener una pequeña casa en las afueras de Salamanca, soñando con viajar cuando los niños se fueran. Ahora ese futuro era un espejismo cruel.

Un día, mientras le ayudaba a vestirse, Manuel me miró con una mezcla de vergüenza y rabia:
—No quiero ser una carga para ti, María. Si quieres irte… lo entenderé.

Me quedé helada. ¿Irme? ¿Cómo iba a dejarle? Pero dentro de mí sentí una punzada de resentimiento. Nadie me había preguntado si quería esta vida. Nadie me había preparado para ver cómo el amor se transforma en deber.

Lucía y Pablo, nuestros hijos, también sufren. Lucía apenas sale de su habitación; Pablo se ha vuelto más callado desde que su padre ya no puede jugar al fútbol con él los domingos. Intento mantener la normalidad: hago la compra, limpio la casa, preparo la comida favorita de Manuel aunque casi no coma. Pero todo es una rutina vacía.

A veces salgo al balcón por la noche y miro las luces lejanas de la ciudad. Me pregunto si alguien más estará sintiendo este mismo vacío. He pensado en pedir ayuda profesional, pero aquí en el pueblo la gente habla demasiado y juzga aún más. “Mira la María, que no puede con lo suyo”, imagino que dirían.

Un día recibí una carta de mi hermana Carmen desde Madrid. Me decía que debía pensar en mí misma, que no podía sacrificar mi vida entera por Manuel. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo abandonar a quien lo ha dado todo por ti? La culpa me asfixia más que cualquier otra cosa.

A veces discuto con Manuel por tonterías: porque no quiere comer, porque se niega a salir al jardín aunque haga sol. Luego me encierro en el baño y lloro hasta quedarme sin lágrimas. Me odio por perder la paciencia, por no ser la esposa perfecta que todos esperan.

Una tarde, mientras le leía el periódico —porque ya ni siquiera puede sostenerlo— Manuel me interrumpió:
—¿Tú eres feliz?

No supe qué responderle. ¿Feliz? No recuerdo cuándo fue la última vez que sentí algo parecido a la felicidad. Pero tampoco puedo imaginar mi vida sin él.

El médico dice que hay avances pequeños, pero yo solo veo retrocesos: cada día parece más cansado, más resignado. Yo también me siento así: cansada de luchar contra un destino que no elegí.

A veces sueño con escapar: coger un tren a cualquier parte y empezar de cero. Pero luego despierto y veo a Manuel mirándome con esos ojos tristes y sé que nunca lo haré.

Hoy he salido al mercado del barrio por primera vez en semanas. Una vecina me ha parado:
—¿Cómo está Manuel?
—Ahí vamos —he respondido—. Un día más.

Me ha sonreído con lástima y he sentido ganas de gritarle que no necesito compasión, sino comprensión.

Por las noches sigo preguntándome si algún día volveré a ser yo misma o si esta nueva María es todo lo que queda. ¿Es posible amar a alguien y al mismo tiempo desear huir de él? ¿Cuántas mujeres habrá en España viviendo esta misma historia en silencio?

Quizá mañana encuentre fuerzas para pedir ayuda o para perdonarme por sentir lo que siento. Pero hoy solo puedo seguir adelante, un día más.

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra vida ya no os pertenece? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?