Cuando el teléfono suena y sólo duele: La historia de una madre española y su hija distante

—Mamá, ¿puedes ayudarme otra vez este mes? Es que no llego…

La voz de Lucía, mi hija, suena al otro lado del teléfono como un eco lejano, casi robótico. No hay un “¿cómo estás?”, ni un “¿y papá?”. Sólo la urgencia, la necesidad, la petición. Me quedo en silencio unos segundos, tragando saliva, mientras mi marido, Antonio, me mira desde el sofá con esa mezcla de resignación y tristeza que se ha instalado en nuestra casa desde hace años.

Recuerdo cuando Lucía era pequeña y corría por el pasillo de nuestro piso en Triana, con las coletas deshechas y las rodillas llenas de raspones. Entonces sus llamadas eran gritos de alegría: “¡Mamá, mira lo que he hecho!” Ahora, cada vez que su nombre aparece en la pantalla del móvil, siento un pinchazo en el pecho. No sé si contestar o dejarlo sonar hasta que se canse.

—Claro, hija —respondo al final, intentando que no se note el temblor en mi voz—. ¿Cuánto necesitas?

Lucía suspira aliviada. Me cuenta una historia sobre el alquiler, sobre el trabajo precario en Madrid, sobre lo caro que está todo. Yo asiento aunque no me ve. Le digo que le haré una transferencia mañana mismo. Cuando cuelgo, Antonio se levanta despacio y se acerca a mí.

—Otra vez lo mismo, Carmen. No podemos seguir así —dice en voz baja, casi como si temiera que Lucía pudiera oírle desde la distancia.

Sé que tiene razón. Nuestra pensión no da para tanto. Pero ¿cómo negarle ayuda a tu propia hija? ¿Cómo soportar la idea de que pase necesidad? Y sin embargo, cada vez que le damos lo que pide, desaparece durante semanas. Ni una llamada para preguntar por nosotros, ni un mensaje para saber si necesitamos algo. Sólo silencio hasta la próxima urgencia.

A veces me pregunto si hemos hecho algo mal. Si la hemos criado demasiado blanda, demasiado acostumbrada a tenerlo todo fácil. O quizá es culpa de estos tiempos modernos, donde los hijos vuelan lejos y las familias se dispersan por toda España buscando oportunidades que aquí ya no existen.

Recuerdo la última vez que Lucía vino a casa. Fue en Navidad, hace dos años. Llegó tarde y se fue pronto. Apenas comió con nosotros y pasó la mayor parte del tiempo mirando el móvil. Cuando le pregunté si quería llevarse algo de comida para Madrid, me miró con fastidio.

—Mamá, ya no soy una niña —me dijo—. No hace falta que me prepares tuppers.

Pero luego, antes de irse, me pidió dinero para el billete de tren. Y yo se lo di, como siempre.

Esa noche discutí con Antonio. Él decía que teníamos que poner límites, que Lucía tenía que aprender a valerse por sí misma. Yo le grité que era nuestra hija y que nunca podríamos darle la espalda. Lloré hasta quedarme dormida.

Desde entonces, cada llamada es una batalla interna entre el amor y el resentimiento. Entre el deseo de protegerla y la sensación amarga de ser utilizada.

El otro día fui al mercado y me encontré con Pilar, una vecina de toda la vida. Me preguntó por Lucía y no supe qué decirle. Inventé una historia sobre su trabajo y lo bien que le iba en Madrid. No tuve valor para confesarle la verdad: que mi hija sólo me llama cuando necesita dinero y que el resto del tiempo somos dos desconocidos.

Por las noches, cuando Antonio ya duerme, me siento en la cocina con una taza de manzanilla y repaso los mensajes de WhatsApp de Lucía. Hay meses enteros sin una sola palabra suya. A veces le escribo yo primero: “¿Cómo estás?” “¿Te va bien en el trabajo?” Casi nunca responde. Y cuando lo hace es para pedirme algo.

El otro día me atreví a decírselo:

—Lucía, echo de menos hablar contigo sin que sea por dinero.

Hubo un silencio incómodo al otro lado del teléfono.

—Mamá… es que estoy muy liada —dijo al final—. Ya sabes cómo es esto.

No insistí más. No quería parecer pesada ni hacerla sentir culpable. Pero esa noche lloré en silencio mientras Antonio me abrazaba sin decir nada.

A veces pienso en mi madre, en cómo me cuidó hasta el último día sin pedir nada a cambio. ¿Será esto lo normal ahora? ¿Es así como funcionan las familias modernas? ¿O simplemente hemos fallado como padres?

El domingo pasado fue mi cumpleaños. Esperé todo el día una llamada de Lucía. No llegó. Por la noche recibí un mensaje: “Felicidades mamá, perdona que no te llame, estoy agotada”. Ni siquiera un emoticono.

Antonio me preparó una tarta improvisada con galletas María y chocolate. Soplé las velas deseando volver a ser importante para mi hija.

Hoy ha vuelto a sonar el teléfono. Es Lucía otra vez. Antes de contestar cierro los ojos y respiro hondo. Me pregunto si algún día volverá a llamarme sólo para decirme “te quiero”.

¿Hasta cuándo debemos los padres dar sin recibir nada a cambio? ¿Dónde está el límite entre el amor y la dignidad?