Cuando la sangre no es suficiente: Mi verdad tras la desaparición de Lucía
—¿Por qué no me lo dijiste antes, Lucía? —grité, con la voz rota, mientras sostenía la carta que había encontrado en el cajón de su mesilla. Pero Lucía ya no estaba. Había desaparecido hacía tres días, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Carmen, nuestra hija de ocho años, dormía en su habitación, ajena al huracán que se desataba en el salón de nuestro piso en Vallecas.
Todo empezó con una fiebre alta que no bajaba. Llevé a Carmen al hospital Gregorio Marañón, y tras varias pruebas, la doctora me miró con una seriedad que me heló la sangre. —Necesitamos hacerle unas pruebas genéticas a usted y a la madre —dijo—. Hay algo que no encaja en los resultados. Lucía no contestaba al móvil. Yo, agotado, firmé los papeles y me sometí a las pruebas sin pensar demasiado. ¿Qué podía salir mal?
Dos días después, la doctora me llamó aparte. —Señor Morales, los resultados indican que usted no es el padre biológico de Carmen. Lo siento, sé que esto es un shock. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me aferré al borde de la camilla, intentando no desmayarme. —Eso es imposible —susurré—. Carmen es mi hija. Siempre lo ha sido.
Salí del hospital como un autómata, con la mente dando vueltas. ¿Cómo podía ser? ¿Lucía me había engañado todos estos años? ¿Quién era entonces el padre de Carmen? Caminé por las calles de Madrid sin rumbo, hasta que la noche me sorprendió sentado en un banco del parque del Retiro, llorando como un niño perdido.
Cuando llegué a casa, Carmen me recibió con un dibujo en la mano. —Mira, papá, somos tú y yo en la playa —dijo, sonriendo. Sentí una punzada en el pecho. ¿Qué derecho tenía yo a seguir llamándome su padre? ¿Y si algún día ella lo descubría?
Esa noche, busqué respuestas en los cajones de Lucía. Entre facturas y fotos antiguas, encontré una carta dirigida a mí, escrita con su letra pequeña y apretada:
«Querido Andrés,
Sé que algún día leerás esto y me odiarás. No supe cómo decírtelo. Carmen es hija de alguien a quien quise mucho antes de conocerte. Pensé que nunca lo sabrías, que podríamos ser felices los tres. Perdóname. Lucía.»
El dolor se mezcló con la rabia. ¿Cómo había podido mentirme durante casi una década? ¿Y ahora qué debía hacer? ¿Buscar al padre biológico? ¿Contarle la verdad a Carmen? ¿O fingir que nada había pasado?
Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre, Rosario, vino a casa a ayudarme con Carmen. —¿Qué te pasa, hijo? Estás más raro que nunca —me dijo mientras preparaba una tortilla de patatas. Dudé en contarle la verdad, pero necesitaba desahogarme.
—Mamá, Carmen no es mi hija —le confesé, con la voz temblorosa.
Rosario me miró fijamente, dejó el cuchillo sobre la encimera y me abrazó. —Eso no importa, Andrés. La has criado tú, la quieres tú. Eso es ser padre. Pero yo no podía dejar de pensar en la traición de Lucía, en el vacío que había dejado su marcha.
Una tarde, mientras recogía a Carmen del colegio, vi a un hombre esperándonos en la puerta. Era Enrique, un antiguo amigo de Lucía. Me miró con nerviosismo y se acercó.
—Andrés, necesito hablar contigo —dijo en voz baja—. Sé lo de Lucía. Sé que ha desaparecido.
—¿Tú sabes dónde está? —le pregunté, casi suplicando.
Enrique bajó la mirada. —No lo sé, pero creo que se fue porque no podía soportar más la culpa. Yo… yo soy el padre de Carmen.
Sentí que me faltaba el aire. Le habría pegado allí mismo si no fuera porque Carmen estaba a mi lado, mirándonos con sus grandes ojos marrones.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué me lo decís ahora? —le espeté, conteniendo las lágrimas.
—Lucía tenía miedo de perderte. Yo nunca quise hacer daño a nadie —respondió Enrique, con la voz rota.
Durante semanas, viví en una especie de limbo. Carmen seguía siendo mi hija ante los ojos del mundo, pero yo me sentía un impostor. Empecé a evitar a los vecinos, a los amigos, incluso a mi propia familia. No soportaba las preguntas, las miradas de compasión.
Una noche, Carmen se despertó llorando. —Papá, ¿mamá va a volver? —me preguntó entre sollozos.
La abracé con fuerza. —No lo sé, cariño. Pero yo siempre estaré aquí contigo.
En ese momento entendí que, aunque la sangre no nos uniera, el amor sí. Decidí buscar ayuda psicológica para poder afrontar la situación y ser el padre que Carmen necesitaba, aunque mi mundo se hubiera derrumbado.
Con el tiempo, Lucía apareció. Me llamó desde un número desconocido. —Andrés, lo siento. No podía seguir viviendo con la mentira. Cuida de Carmen, por favor. Yo no puedo volver.
Colgó antes de que pudiera decirle nada más. Sentí alivio y tristeza a la vez. Al menos sabía que estaba viva, pero su ausencia sería una herida abierta para siempre.
Hoy, dos años después, Carmen y yo seguimos juntos. Enrique viene a verla de vez en cuando, pero yo sigo siendo su padre. He aprendido que la familia no siempre es lo que uno espera, y que a veces las verdades duelen más que cualquier enfermedad.
¿Hasta dónde puede llegar el amor para superar una traición así? ¿Qué haríais vosotros si descubrierais que vuestro hijo no es vuestro hijo de sangre? No sé si algún día tendré todas las respuestas, pero sé que, pase lo que pase, Carmen siempre será mi hija.