Cuando la verdad duele: El día que descubrí el secreto de mi mejor amiga

—¿Por qué tiene los mismos ojos que Sergio? —me pregunté en silencio, mientras sostenía la mano de Lucía, mi mejor amiga desde el instituto, tumbada en la cama del hospital de La Paz. El olor a desinfectante y el llanto de los recién nacidos llenaban la habitación, pero yo solo podía mirar a esa niña, a su hija recién nacida, y sentir cómo el suelo se abría bajo mis pies.

Lucía me miró con una sonrisa cansada y me susurró:
—¿Quieres cogerla en brazos, Ana?

Mis manos temblaban. La cogí, y en ese instante, la vi: esa mirada intensa, ese lunar diminuto junto al ojo izquierdo. Era imposible no reconocerlo. Era el mismo lunar que tenía Sergio, mi marido, el hombre con el que llevaba casada ocho años. El hombre que, hasta ese momento, creía que era incapaz de mentirme.

No sé cómo logré sonreír y devolverle la niña a Lucía. Sentí náuseas. Salí al pasillo y marqué el número de Sergio con manos sudorosas. No contestó. Me apoyé contra la pared fría y traté de respirar. ¿Cómo podía ser? ¿Y si solo era una coincidencia? Pero en mi interior ya lo sabía: algo se había roto para siempre.

Volví a casa esa noche sin decir palabra. Sergio estaba en el salón viendo el partido del Real Madrid con una cerveza en la mano. Me miró y sonrió como si nada.
—¿Qué tal Lucía? ¿Y la niña?

Me senté frente a él, sintiendo que me ahogaba.
—Sergio… ¿tú tienes algo que contarme?

Su sonrisa se desvaneció.
—¿A qué viene eso?

—No sé… —dije, luchando por no llorar—. Es que la niña… tiene tu mismo lunar.

El silencio se hizo eterno. Sergio bajó la mirada y se frotó la frente.
—Ana… no quería hacerte daño…

Sentí un golpe en el pecho. Todo lo que había sospechado se confirmaba en ese instante. Me levanté de un salto.
—¿Cómo has podido? ¡Con Lucía! ¡Mi mejor amiga!

Sergio intentó acercarse, pero le aparté de un empujón.
—¡No me toques! ¿Desde cuándo?

—Fue solo una vez… —balbuceó—. Fue después de aquella fiesta en casa de Marta… Tú te fuiste antes porque estabas cansada… Yo… lo siento, Ana, te juro que lo siento…

No podía escuchar más. Salí corriendo al dormitorio y cerré la puerta con llave. Me desplomé en la cama y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Recordé cada momento compartido con Lucía: los veranos en Cádiz, las tardes de café en Malasaña, las confidencias sobre nuestros sueños y miedos. ¿Había sido todo una mentira?

Los días siguientes fueron un infierno. Lucía me escribía mensajes preguntando por qué no respondía, por qué no iba a ver a la niña. Sergio dormía en el sofá y apenas comía. Mi madre vino a casa y me encontró hecha un ovillo en la cama.
—Hija, tienes que enfrentarlo —me dijo—. No puedes vivir así.

Pero ¿cómo se enfrenta una traición así? ¿Cómo se perdona a quien te ha destrozado el alma?

Una tarde, decidí ir a ver a Lucía. Llamé al timbre y ella abrió con la niña en brazos. Su cara se iluminó al verme, pero enseguida notó mi expresión.
—Ana… ¿qué pasa?

Entré sin saludarla y cerré la puerta tras de mí.
—Dímelo tú —le espeté—. ¿Por qué no me lo dijiste?

Lucía palideció y empezó a llorar.
—No podía… Tenía miedo de perderte… Fue un error horrible… Yo…

La interrumpí.
—¿Un error? ¡Un error es olvidarte las llaves! ¡Esto es una traición!

La niña empezó a llorar también, como si sintiera el dolor que flotaba en el aire. Lucía intentó calmarla mientras yo sentía cómo mi rabia se mezclaba con una tristeza infinita.

—Te juro que lo he lamentado cada día —sollozó Lucía—. Pensé en decírtelo mil veces, pero no podía… No quería hacerte daño…

Me senté en el sofá y enterré la cara entre las manos.
—¿Y ahora qué? ¿Qué se supone que haga yo?

Lucía se acercó y me abrazó torpemente.
—No lo sé, Ana… Solo sé que te quiero y que nunca quise perderte.

Salí de su casa sintiéndome más sola que nunca. Caminé por las calles de Madrid sin rumbo fijo, viendo parejas reírse en las terrazas, familias paseando por El Retiro, como si nada malo pudiera pasarles jamás.

En casa, Sergio me esperaba sentado junto a la ventana.
—Ana… Si quieres que me vaya, lo entiendo —dijo con voz rota.

Le miré largo rato antes de responder.
—No sé lo que quiero. Solo sé que ya no confío en ti. Ni en ella. Ni siquiera en mí misma.

Las semanas pasaron entre abogados, discusiones y noches sin dormir. Mis padres insistían en que pensara en mí misma, en rehacer mi vida lejos de todo aquello. Pero ¿cómo se reconstruye una vida cuando todo lo que creías cierto ha desaparecido?

A veces pienso en la niña de Lucía y Sergio. Pienso en su futuro, en si algún día sabrá la verdad sobre su origen. Pienso en lo fácil que es destruir una amistad, una familia, con una sola mentira.

Hoy sigo aquí, intentando recoger los pedazos de mi corazón roto. No sé si algún día podré perdonarles o si volveré a confiar en alguien como antes. Pero sí sé una cosa: merezco algo mejor que vivir entre mentiras.

¿Vosotros habéis sentido alguna vez que vuestra vida se desmorona por culpa de quienes más queréis? ¿Se puede volver a empezar después de una traición así?