Cuando la vida te obliga a elegir: El regreso de Tomás a mi puerta

—¿Por qué ahora, mamá? ¿Por qué tienes que ser siempre tan buena? —La voz de Sergio retumbó en la cocina, mientras su hermano menor, Álvaro, apretaba los puños sobre la mesa. Yo miraba el vaso de agua entre mis manos, incapaz de sostenerles la mirada. Afuera llovía con esa tristeza que sólo conoce quien ha vivido muchos inviernos en Ružomberk.

No hacía ni una hora que Tomás había llamado al timbre. Dieciséis años después de marcharse sin mirar atrás, de dejarme sola con dos niños y un alquiler imposible, volvía ahora, encorvado y con los ojos hundidos. «María, necesito hablar contigo», dijo apenas abrí la puerta. Su voz era un susurro, como si temiera romperse.

—No tienes derecho —me espetó Sergio—. No después de todo lo que nos hizo.

Recordé la noche en que Tomás se fue. Yo tenía treinta y seis años, el pelo recogido en una trenza apretada y las manos agrietadas de tanto fregar platos en el bar del centro. Los niños dormían cuando él hizo la maleta. No hubo gritos ni portazos; sólo un silencio espeso y la certeza de que nada volvería a ser igual.

Durante años, odié ese silencio. Me aferré a la rutina: levantarme antes del alba, preparar bocadillos de chorizo para los chicos, correr al trabajo, volver a casa y fingir que todo estaba bien. En los cumpleaños, inventaba excusas para justificar la ausencia de su padre. «Está trabajando lejos», decía. Pero Sergio y Álvaro aprendieron pronto a no preguntar.

Ahora, Tomás estaba sentado en el sofá del salón, tosiendo con dificultad. Había traído una bolsa de plástico con algunas mudas y un sobre arrugado lleno de papeles médicos. Cáncer de pulmón, estadio avanzado. No tenía a nadie más.

—María —me dijo en voz baja cuando los chicos salieron de la habitación—. Sé que no merezco nada, pero no tengo dónde ir. Sólo quiero… no morir solo.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Cómo se mide el daño? ¿Cuánto pesa el rencor frente a la compasión? Me acordé de mi madre, que siempre decía: «El corazón no entiende de justicia».

Esa noche apenas dormí. Escuchaba el tic-tac del reloj y las voces apagadas de mis hijos discutiendo en el pasillo.

—Si lo dejas quedarse, me voy yo —amenazó Sergio.
—No podemos permitirlo —añadió Álvaro—. ¿Y si vuelve a hacernos daño?

Me levanté antes del amanecer y preparé café para todos. Cuando entré en la cocina, Tomás estaba sentado junto a la ventana, mirando la lluvia caer sobre los tejados grises.

—¿Te acuerdas de cuando llevábamos a los niños al parque? —me preguntó sin girarse.

No respondí. No quería recordar los domingos felices ni las promesas rotas.

A media mañana, Sergio se plantó delante de mí con los ojos enrojecidos:

—Mamá, no te lo mereces. No después de todo lo que has luchado por nosotros.

Le acaricié la mejilla como cuando era pequeño:

—Hijo, a veces la vida no es justa ni lógica. Pero yo… yo no sé odiar para siempre.

Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Tomás apenas comía y pasaba las horas mirando fotos antiguas que encontró en un cajón. Álvaro evitaba entrar en casa y Sergio sólo venía para asegurarse de que yo estaba bien.

Una tarde, mientras le cambiaba las sábanas a Tomás, él me tomó la mano con fuerza inesperada:

—Perdóname, María. Me equivoqué en todo. Pensé que podía empezar de nuevo lejos de aquí… pero sólo conseguí perderlo todo.

Las lágrimas rodaron por su rostro ajado y yo sentí que algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.

El pueblo empezó a murmurar. En la panadería me miraban con lástima o con reproche. «¿Cómo puede acogerlo después de lo que le hizo?», susurraban las vecinas.

Una noche, Sergio entró en mi habitación y se sentó en el borde de la cama:

—Mamá… ¿y si tienes razón? ¿Y si ayudarle es lo único decente que podemos hacer?

Le abracé fuerte y lloramos juntos por todo lo perdido y lo que aún quedaba por sanar.

Tomás murió una mañana fría de enero. Estábamos los tres a su lado. Antes de irse, me miró con una gratitud silenciosa que nunca olvidaré.

Hoy la casa está más tranquila pero también más vacía. Mis hijos han vuelto poco a poco; ya no hay reproches, sólo un cansancio dulce y una paz extraña.

A veces me pregunto: ¿Hice bien? ¿Se puede perdonar lo imperdonable? ¿Qué haríais vosotros si el pasado llamara a vuestra puerta?