Cuando los ramos esconden secretos: la historia de Lucía y sus flores
—¿Otra vez flores, Álvaro? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras colocaba el ramo de peonías en el jarrón azul que heredé de mi abuela Carmen.
Él sonrió, esa sonrisa suya que antes me derretía y ahora me helaba la sangre. —Te las mereces, Lucía. Por todo. Por aguantarme tantos años —dijo, y me besó la frente como si yo fuera una niña pequeña.
No era normal. Álvaro nunca había sido detallista. En nuestros veinte años de matrimonio, las flores solo llegaban en funerales o cuando la presión social lo obligaba: algún aniversario, un cumpleaños olvidado a última hora. Pero desde hacía dos meses, cada día traía un ramo diferente: rosas rojas como la culpa, tulipanes amarillos como la cobardía, lirios blancos como la mentira. Al principio me sentí halagada, incluso emocionada. Pensé que quizá, después de tanto tiempo, algo en él había cambiado. Que por fin veía en mí a la mujer que siempre estuvo a su lado.
Pero no. Pronto empecé a notar los silencios incómodos, las miradas esquivas, el móvil siempre boca abajo sobre la mesa. Las cenas se llenaron de palabras vacías y risas forzadas. Nuestra hija, Paula, lo notó también.
—Mamá, ¿por qué papá está tan raro? —me preguntó una noche mientras recogíamos la mesa.
No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una adolescente que el amor a veces se pudre en silencio? ¿Que los gestos bonitos pueden esconder heridas profundas?
Una tarde de domingo, mientras Álvaro dormía la siesta en el sofá, su móvil vibró insistentemente. No suelo mirar sus cosas, pero ese día algo me empujó. Un mensaje iluminó la pantalla: “Gracias por las flores de hoy. Eres un sol. Te echo de menos”. El remitente era “Marina”.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Me temblaban las manos. Leí y releí el mensaje hasta que las palabras dejaron de tener sentido. Salí al balcón para respirar, pero el aire olía a traición.
Esa noche no dormí. Miré a Álvaro mientras roncaba tranquilo y sentí rabia, tristeza y una punzada de vergüenza. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude ser tan ingenua?
Al día siguiente, cuando trajo otro ramo —esta vez de margaritas— lo enfrenté:
—¿Quién es Marina?
Se quedó helado. Por primera vez en años vi miedo en sus ojos.
—Lucía… no es lo que piensas.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Por qué le das flores a otra mujer?
No supo qué decir. Se sentó en la silla de la cocina y se tapó la cara con las manos.
—Lo siento —susurró—. No quería hacerte daño.
Las lágrimas me ardían en los ojos, pero no iba a llorar delante de él. No todavía.
—¿Desde cuándo? —pregunté con voz fría.
—Unos meses… Fue un error. Yo… me sentía solo, tú siempre estabas ocupada con Paula, con tu madre enferma… Marina apareció en el trabajo y… —se calló al ver mi expresión.
—¿Y las flores? ¿Qué significan? ¿Intentabas comprar mi perdón antes de confesarlo?
Negó con la cabeza.
—No lo sé. Me sentía culpable. Quería compensarte… pero ya veo que solo he empeorado todo.
Durante días apenas hablamos. Paula notaba el ambiente tenso y se encerraba en su cuarto con la música alta. Mi madre, desde su cama del hospital, me preguntaba por qué tenía los ojos tan hinchados.
En el trabajo no podía concentrarme. Mis compañeras del colegio —soy profesora en un instituto público de Madrid— empezaron a notar mi tristeza.
—¿Te pasa algo, Lucía? —me preguntó Teresa en la sala de profesores.
Quise contárselo todo, pero solo pude decir:
—A veces las flores no son lo que parecen.
Las semanas pasaron y Álvaro intentó acercarse: cenas improvisadas, mensajes dulces, promesas de terapia de pareja. Pero yo ya no podía confiar. Cada vez que veía un ramo sobre la mesa sentía náuseas.
Una tarde decidí hablar con Marina. La busqué en redes sociales —no fue difícil encontrarla: joven, guapa, sonrisa perfecta— y le escribí un mensaje corto:
“Solo quiero saber si sabías que estaba casado”.
Me respondió al día siguiente:
“Lo siento mucho. Me dijo que estaba separado”.
Sentí lástima por ella y por mí misma. Dos mujeres engañadas por el mismo hombre cobarde.
Finalmente tomé una decisión: le pedí a Álvaro que se fuera de casa. Paula lloró mucho al principio, pero poco a poco empezó a entenderlo. Mi madre me apoyó como pudo desde su fragilidad.
Ahora, meses después, sigo recibiendo flores: mis amigas me regalan ramos pequeños para animarme; Paula me trae margaritas del parque; incluso mis alumnos me dibujan flores en las libretas.
He aprendido a mirar más allá del envoltorio bonito y a escuchar lo que se esconde detrás del silencio.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres habrán recibido flores como disculpa? ¿Cuántas habrán entendido demasiado tarde lo que yo entendí entre pétalos y espinas?
¿Y tú? ¿Alguna vez has sentido que un gesto bonito escondía una verdad dolorosa?