Cuando Luis me pidió que pagara el alquiler: el día en que mi familia se rompió
—¿Te parece justo, Marta? —La voz de Luis retumbó en la cocina, mientras yo intentaba calmar a nuestro hijo, que lloraba desconsolado en mis brazos—. Ahora que trabajas, deberías empezar a pagar la mitad del alquiler. No es tan difícil de entender.
Sentí cómo se me helaba la sangre. El pequeño Hugo tenía apenas ocho meses y yo acababa de conseguir un trabajo de media jornada en una tienda de ropa del barrio, después de meses de buscar y de noches sin dormir. Había creído que Luis estaría orgulloso, que vería mi esfuerzo como una ayuda para los dos, no como una excusa para dividirnos aún más.
—¿Me lo dices en serio? —pregunté, con la voz quebrada, intentando no llorar delante del niño—. ¿Ahora tengo que pagarte por vivir en nuestra casa?
Luis suspiró y se encogió de hombros, como si estuviera hablando de cualquier cosa banal.
—No es pagármelo a mí, Marta. Es cuestión de justicia. Yo llevo años manteniendo todo y ahora tú también puedes aportar. Además, los pañales y las cosas del niño… deberías encargarte tú.
Me quedé muda. Recordé todas las veces que había dejado mi carrera aparcada para cuidar de Hugo, los días en los que apenas podía ducharme porque el bebé no me daba tregua. Recordé cómo Luis llegaba tarde del trabajo y yo le esperaba con la cena hecha, aunque estuviera agotada. Y ahora, ¿esto?
Esa noche no dormí. Me levanté varias veces para mirar a Hugo en su cuna, preguntándome si estaba haciendo algo mal. ¿Era yo la egoísta por esperar apoyo? ¿Era normal que una pareja se comportara así?
Al día siguiente, llamé a mi hermana Lucía. Ella siempre había sido mi confidente.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Luis me trata como una inquilina. Me pide cuentas hasta por el papel higiénico.
Lucía guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Marta, eso no es normal. Una familia es un equipo. Si él no lo entiende… tienes que pensar en ti y en Hugo.
Pero pensar en mí era difícil. Había crecido en una familia tradicional de Salamanca, donde mi madre siempre decía que el matrimonio era para toda la vida y que las cosas se arreglaban hablando. Pero ¿cómo hablar con alguien que solo ve números y facturas donde yo veía amor y complicidad?
Las semanas pasaron y la situación empeoró. Cada vez que llegaba la fecha del alquiler, Luis me dejaba un papel en la mesa con mi parte escrita a boli: 375 euros. Ni un céntimo menos. Si compraba leche o pañales, me lo descontaba del total como si fuéramos dos desconocidos compartiendo piso.
Una tarde, mientras doblaba la ropa de Hugo, escuché a Luis hablando por teléfono con su madre.
—Sí, mamá, ya le he dicho que tiene que empezar a aportar —decía él—. No puede ser que yo lo pague todo mientras ella trabaja…
Sentí una punzada de rabia y tristeza. ¿Hasta su madre estaba metida en esto? ¿Era yo la mala por querer un poco de comprensión?
Empecé a notar cómo mi cuerpo se resentía: dolores de cabeza constantes, insomnio, ansiedad cada vez que Luis entraba por la puerta. Mi hijo notaba mi tensión y lloraba más de lo habitual. Yo intentaba sonreírle, pero sentía que me rompía por dentro.
Un sábado por la mañana, mientras desayunábamos los tres juntos —o al menos lo intentábamos—, Luis dejó caer otra bomba:
—He estado pensando… Quizá deberíamos dividir también los gastos del coche y la comida. Así todo queda claro.
No pude más. Solté la taza y se rompió contra el suelo.
—¡Basta ya! —grité—. ¡Esto no es una familia! ¡Esto es una pensión barata!
Luis me miró sorprendido, como si no entendiera mi reacción.
—Marta, solo quiero que todo sea justo…
—¿Justo? ¿Justo para quién? —le interrumpí—. Yo he dejado mi vida profesional para cuidar de nuestro hijo. He renunciado a todo por esta familia y ahora me tratas como si fuera una extraña.
Luis bajó la mirada y no dijo nada más. El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con un cuchillo.
Esa noche dormí en el sofá con Hugo en brazos. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Al día siguiente, llamé a mi madre y le conté todo. Ella vino desde Salamanca en el primer tren.
Cuando llegó, me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Hija mía, nadie merece vivir así. Tienes derecho a ser feliz.
Con su ayuda y la de Lucía, empecé a buscar un piso pequeño para Hugo y para mí. No fue fácil: los alquileres estaban por las nubes y mi sueldo apenas daba para sobrevivir. Pero prefería vivir apretada antes que sentirme humillada cada día.
El día que hice las maletas, Luis ni siquiera intentó detenerme. Solo preguntó:
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Le miré a los ojos por primera vez en semanas y respondí:
—Voy a empezar de nuevo. Por mí y por nuestro hijo.
Ahora han pasado seis meses desde aquel día. Sigo trabajando en la tienda y Hugo va a una guardería cerca de casa. Es duro, sí; hay días en los que me siento sola y asustada. Pero cuando veo a mi hijo reírse conmigo en nuestro pequeño salón, sé que tomé la decisión correcta.
A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos de ser un equipo? ¿En qué momento el amor se convirtió en una lista de gastos compartidos? ¿Cuántas mujeres más estarán viviendo lo mismo en silencio?
¿Y vosotros? ¿Creéis que el dinero puede romper una familia? ¿O es solo una excusa para no hablar de lo que realmente duele?