Cuando me marché de casa: Carta desde Valencia a mi familia

—¿De verdad te vas a ir, Lucía? —La voz de mi marido, Sergio, temblaba entre el enfado y el miedo. Yo no podía mirarle a los ojos. El reloj marcaba las seis y media de la mañana y la casa olía a café frío y a reproches no dichos.

No respondí. Solo agarré la maleta que había preparado en silencio durante la noche, mientras mis hijos dormían en la habitación de al lado, ajenos al huracán que se avecinaba. Mi suegra, Carmen, apareció en el pasillo con su bata de flores y una mirada que mezclaba juicio y compasión.

—¿Y los niños? —preguntó, como si yo fuera capaz de olvidarlos.

Me temblaron las manos. Sentí el peso de sus ojos, el de Sergio, el de toda la familia, como si cada uno me estuviera empujando hacia la puerta y, al mismo tiempo, sujetándome para que no me fuera.

—No puedo más —susurré. Ni siquiera sé si me oyeron. Salí sin mirar atrás.

Ahora escribo desde una pequeña habitación en Valencia, donde el sol entra por la ventana y el ruido de la ciudad me recuerda que sigo viva. Han pasado tres semanas desde aquella mañana. Cada día me despierto con la misma pregunta: ¿qué clase de madre abandona a sus hijos? Pero también: ¿qué clase de mujer se pierde tanto a sí misma que olvida quién era antes de ser madre, esposa, nuera?

Recuerdo cuando conocí a Sergio en la universidad de Salamanca. Yo era una chica llena de sueños: quería ser periodista, recorrer el mundo, escribir libros. Pero la vida fue otra cosa. Nos casamos jóvenes porque él consiguió trabajo en Madrid y yo pensé que podría escribir desde cualquier sitio. Luego vinieron los niños, primero Paula y después Mateo. Y con ellos, las noches sin dormir, los pañales, las visitas al pediatra y las discusiones sobre quién pone la lavadora o quién recoge los juguetes.

Mi suegra siempre estaba cerca. «Lucía, una madre debe sacrificarse por sus hijos», repetía cada vez que yo insinuaba que necesitaba un respiro. Sergio trabajaba hasta tarde y cuando llegaba a casa solo quería cenar y ver la tele. Yo me sentía invisible, como si mi única función fuera mantener todo en orden.

El día antes de marcharme, Paula tuvo fiebre y Mateo se cayó en el parque. Nadie preguntó cómo estaba yo. Esa noche lloré en silencio mientras doblaba la ropa. Pensé en mi madre, que siempre decía: «No te olvides de ti misma». Pero yo ya no sabía quién era esa mujer.

En Valencia encontré trabajo en una pequeña librería del centro. El primer día, al colocar los libros en las estanterías, sentí una extraña paz. Nadie me llamaba «mamá» ni me pedía nada. Por primera vez en años, podía escuchar mis propios pensamientos.

Pero la culpa es una sombra que no se va. Cada noche llamo a casa para hablar con los niños. Paula me pregunta cuándo voy a volver; Mateo solo quiere enseñarme sus dibujos por videollamada. Sergio no suele aparecer en las llamadas, pero cuando lo hace su voz es fría:

—¿Vas a seguir mucho tiempo jugando a ser libre?

No sé qué responderle. ¿Es libertad esto? ¿O solo una huida desesperada?

Carmen me envía mensajes cada día: «Los niños están bien, pero te echan de menos»; «No sé cómo puedes dormir tranquila sabiendo que tus hijos lloran por ti»; «Las madres no abandonan».

A veces salgo a caminar por la playa y veo familias jugando en la arena. Me pregunto si alguna de esas mujeres siente lo mismo que yo: ese cansancio profundo, esa sensación de estar atrapada en un papel que no eligió del todo.

Una tarde conocí a Inés en la librería. Es una clienta habitual, profesora de literatura en un instituto cercano. Me invitó a tomar un café y acabamos hablando durante horas.

—¿Por qué te fuiste? —me preguntó sin rodeos.

Le conté mi historia entre lágrimas y risas nerviosas. Ella asintió comprensiva:

—A veces hay que perderse para encontrarse. Pero recuerda: nadie puede juzgar tu dolor desde fuera.

Sus palabras me acompañan cada día. No sé si hice bien o mal al marcharme. Solo sé que necesitaba respirar, recordar quién era antes de convertirme en todo para todos menos para mí misma.

He empezado a escribir otra vez. Pequeños relatos sobre mujeres que huyen, que buscan, que se atreven a romper el molde aunque les duela. No sé si algún día podré volver a casa o si mis hijos podrán perdonarme. Pero quiero que sepan que su madre también es persona, que tiene miedo y sueños propios.

A veces pienso en volver y pedir perdón; otras veces creo que aún no estoy lista para regresar al lugar donde dejé de existir como Lucía y solo era «mamá» o «la nuera».

¿Es egoísmo buscarse a una misma? ¿O es el primer paso para poder amar mejor a los demás? ¿Cuántas mujeres callan su dolor por miedo al qué dirán?

Quizá algún día encuentre las respuestas. Mientras tanto, sigo aquí, aprendiendo a vivir con mi culpa y mi esperanza.