Cuando mi hijo me cerró la puerta: el precio de amar demasiado
—¡Sergio, por favor, abre la puerta! Solo he venido a traerte la sopa que tanto te gusta… —grité, con la voz temblorosa, mientras sostenía el táper aún caliente entre mis manos. El frío de la escalera del bloque de pisos de Vallecas se colaba por las rendijas, pero lo que más me helaba era el silencio tras la puerta.
Oí pasos al otro lado. Un susurro. La voz de Lucía, su mujer, apenas audible: —No abras. Ya te lo he dicho, Sergio. No puedes dejar que tu madre siga metiéndose en nuestra vida así.
Mi corazón latía desbocado. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Yo, que había criado sola a Sergio desde que su padre nos dejó por otra mujer cuando él tenía apenas cinco años. Yo, que me desviví trabajando en la panadería del barrio para que nunca le faltara nada. Yo, que renuncié a todo por él.
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Sergio asomó la cabeza, los ojos bajos, evitando mirarme.
—Mamá… no puedes venir sin avisar. Lucía y yo necesitamos nuestro espacio —dijo, con voz cansada.
—¿Espacio? ¿Desde cuándo una madre necesita pedir permiso para ver a su hijo? Solo quería traerte sopa, Sergio. Estás tan delgado… —intenté sonreír, pero sentí cómo se me quebraba la voz.
Lucía apareció detrás de él, los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Carmen, te lo hemos dicho muchas veces. No puedes venir cada día. Tenemos nuestra vida —dijo ella, sin miramientos.
Sentí una punzada en el pecho. Miré a Sergio buscando apoyo, pero él solo bajó más la cabeza.
—Mamá, por favor… —susurró.
La puerta se cerró de golpe. El eco resonó en el pasillo y sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
Bajé las escaleras despacio, con el táper aún en las manos. Afuera llovía. Me senté en un banco bajo el portal y dejé que las lágrimas corrieran libres por mis mejillas. Recordé cuando Sergio era pequeño y corría hacia mí al salir del colegio, con los brazos abiertos y una sonrisa enorme. ¿En qué momento me convertí en una intrusa en su vida?
Esa noche no pude dormir. Di vueltas en la cama repasando cada conversación con Lucía desde que apareció en nuestras vidas hace tres años. Al principio me esforcé por agradarle: le regalé un mantón de Manila antiguo de mi madre, le enseñé a hacer croquetas como las hacía mi abuela. Pero ella siempre fue fría conmigo, distante. Decía que yo era «demasiado intensa».
Quizá tenía razón. Quizá fui demasiado intensa. Demasiado madre.
Al día siguiente, mi amiga Pilar vino a verme al piso. Me encontró sentada en la mesa de la cocina, mirando el táper intacto.
—¿Otra vez sopa para Sergio? —preguntó con una sonrisa triste.
—No quiere verme —le respondí, y rompí a llorar de nuevo.
Pilar me abrazó fuerte.
—Carmen, tienes que dejarle espacio. Los hijos crecen. Tienen su vida —me dijo con dulzura.
—¿Y qué hago yo ahora? ¿Quién soy si no soy la madre de Sergio? —pregunté entre sollozos.
Los días pasaron lentos y grises. Intenté distraerme: fui al centro cultural del barrio a clases de sevillanas, ayudé a organizar la tómbola de la parroquia… Pero todo me parecía vacío sin Sergio.
Un domingo cualquiera decidí ir a misa temprano. Al salir, vi a Lucía en la plaza, empujando el carrito del bebé de su hermana. Dudé un momento y luego me acerqué.
—Lucía…
Ella me miró con recelo.
—Solo quiero hablar —dije rápido—. No quiero molestaros más. Solo… solo quiero entender qué he hecho mal.
Lucía suspiró y bajó la mirada.
—No has hecho nada malo, Carmen. Solo… Sergio necesita crecer sin sentir que te debe todo. Necesita equivocarse solo, vivir su vida sin miedo a decepcionarte.
Me quedé callada un momento. Sentí rabia y tristeza a partes iguales.
—¿Y yo? ¿Qué hago con todo este amor? —pregunté casi en un susurro.
Lucía me miró a los ojos por primera vez sin hostilidad.
—Quizá tienes que aprender a quererle de otra manera —dijo suavemente—. Dejarle ir también es amarle.
Me marché a casa con esas palabras retumbando en mi cabeza. Esa noche escribí una carta para Sergio:
«Hijo mío,
No sé si algún día leerás esto. Solo quiero que sepas que todo lo que he hecho ha sido por amor. Si alguna vez te he asfixiado con mi cariño o te he hecho sentir culpable por vivir tu vida, lo siento. Te quiero más que a nada en este mundo y siempre estaré aquí si me necesitas.
Con amor,
Mamá»
No sé si hice bien o mal al entregársela días después, dejándola en su buzón sin llamar al timbre. Pero necesitaba decirlo.
Han pasado semanas desde entonces. No he vuelto a llamar ni a presentarme sin avisar. Me duele el silencio, pero empiezo a entender que el amor también es saber retirarse a tiempo.
A veces me pregunto si algún día Sergio volverá a buscarme como antes o si esta distancia será para siempre. ¿Es posible querer demasiado? ¿Dónde está el límite entre cuidar y asfixiar?
Quizá otras madres entiendan este dolor: ¿cómo se aprende a soltar cuando toda tu vida has sido solo madre?