Cuando mi madre volvió a casa, mi marido me obligó a elegir: ¿hija o esposa?

—¿Otra vez ese teléfono? —gruñó Luis desde el sofá, mientras yo temblaba con el móvil en la mano—. ¿Qué pasa ahora, Carmen?

No podía ni contestar. Mi hermana, Lucía, lloraba al otro lado de la línea. “Mamá se ha caído otra vez. No puede moverse. El médico dice que necesita ayuda constante. No puedo sola.”

Colgué y me quedé mirando el suelo. El parquet frío bajo mis pies parecía más real que todo lo demás. Luis se levantó y me miró con ese gesto cansado que últimamente era su única expresión.

—¿Qué ha pasado ahora?

—Mamá… —mi voz se quebró—. Mamá no puede estar sola. Lucía no puede con todo. Hay que traerla aquí, Luis. No hay otra opción.

Luis suspiró tan fuerte que sentí cómo el aire se volvía pesado en el salón. —¿Aquí? ¿A nuestro piso? Carmen, ya lo hablamos. No quiero a tu madre viviendo con nosotros. Esto no es una residencia de ancianos.

Sentí una punzada de rabia y vergüenza. Mi madre, la mujer que me enseñó a leer, que me cosía los disfraces de Carnaval, ahora era un estorbo para mi marido. Pero ¿qué podía hacer? ¿Dejarla sola en su piso de Vallecas, esperando otra caída?

Esa noche dormí poco. Escuchaba la respiración de Luis a mi lado, pesada y rítmica, mientras yo repasaba mentalmente todas las posibilidades: residencia (imposible, no hay plazas públicas y no podemos pagar una privada), turnos con Lucía (ella tiene tres hijos pequeños), ayuda a domicilio (solo unas horas al día). Nada era suficiente.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en silencio, solté la bomba:

—He decidido traer a mamá aquí. Al menos hasta que se recupere un poco.

Luis dejó caer la cuchara en el café con leche. —¿Ni siquiera lo vas a consultar conmigo?

—No es cuestión de consulta, Luis. Es cuestión de humanidad.

Él se levantó de golpe. —Pues si tu madre entra por esa puerta, yo me voy. No pienso vivir así.

Me quedé helada. ¿Era un farol? ¿De verdad me estaba obligando a elegir?

Los días siguientes fueron un torbellino de llamadas, médicos y cajas de mudanza. Mi madre llegó en ambulancia, pálida y asustada, con su bata de flores y su bolso apretado contra el pecho como si fuera un salvavidas.

—No quiero molestaros, hija —susurró al entrar—. Si quieres, me quedo en el sofá.

Le preparé mi antiguo cuarto, el de las paredes llenas de fotos del instituto y pósters de Mecano. Luis apenas le dirigía la palabra. Se iba temprano al trabajo y volvía tarde, cada vez más frío.

Una tarde, mientras le cambiaba las vendas a mamá, escuché la puerta del dormitorio cerrarse de golpe. Me acerqué y llamé suavemente:

—Luis, ¿puedo pasar?

Silencio.

—Luis…

—¿Qué quieres? —su voz era un susurro furioso—. Esto no es vida, Carmen. No puedo más con tu madre aquí. No tenemos intimidad, no descansamos… ¡No es justo!

Me senté en el suelo del pasillo y lloré en silencio. ¿No era justo para quién? ¿Para él? ¿Para mí? ¿Para mi madre?

Las semanas pasaron y la tensión creció como una niebla espesa en casa. Mi madre intentaba ayudar: ponía la mesa, doblaba ropa, preguntaba si podía hacer algo útil.

—No te preocupes, mamá —le decía—. Descansa.

Pero yo también estaba agotada: entre el trabajo en la gestoría, las noches en vela por los dolores de mamá y los silencios de Luis… sentía que me rompía por dentro.

Un domingo por la mañana, mientras preparaba café para todos, Luis apareció en la cocina con una maleta.

—Me voy unos días a casa de mi hermano —dijo sin mirarme—. Piensa bien lo que quieres hacer con tu vida.

La puerta se cerró tras él como un portazo en mi corazón.

Esa noche, mi madre me encontró llorando en el baño.

—Hija… si quieres que me vaya, lo entiendo —me dijo con voz temblorosa—. No quiero ser una carga para ti.

La abracé tan fuerte como pude.

—Tú nunca serás una carga, mamá. Pero no sé cómo seguir adelante sin perderlo todo.

Los días siguientes fueron un desfile de llamadas frías con Luis (“¿Has pensado ya qué vas a hacer?”), consejos bienintencionados de Lucía (“Quizá mamá podría ir a una residencia temporal…”), y miradas tristes de mi madre (“No quiero romper tu familia…”).

Una tarde cualquiera, mientras paseábamos por el parque del barrio empujando la silla de ruedas de mamá entre los plátanos pelados por el invierno madrileño, ella me miró con esos ojos grises llenos de vida y dolor.

—Carmen… yo ya he vivido mucho. Tú tienes derecho a ser feliz también.

Me detuve y le cogí la mano.

—¿Y si mi felicidad depende de no abandonarte?

Ella sonrió tristemente.

Esa noche llamé a Luis. Le pedí que viniera a hablar conmigo cara a cara.

Se presentó serio, distante, pero aceptó sentarse conmigo en la mesa del salón.

—No puedo elegir —le dije entre lágrimas—. No puedo dejar sola a mi madre ni perderte a ti. Pero tampoco puedo vivir así: sintiéndome culpable por cuidar a quien me dio la vida.

Luis bajó la mirada. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

—No sé si puedo vivir así tampoco —susurró—. Pero tampoco quiero perderte.

Nos quedamos en silencio largo rato. Al final acordamos buscar ayuda psicológica juntos; intentar encontrar un equilibrio antes de tomar decisiones definitivas.

Hoy escribo esto mientras escucho a mamá reírse con Lucía por teléfono en el salón y oigo los pasos inseguros de Luis por el pasillo. Nada está resuelto del todo; cada día es una batalla entre el amor y el miedo a perderlo todo.

A veces me pregunto: ¿es posible ser buena hija y buena esposa al mismo tiempo? ¿O siempre hay que sacrificar una parte de nuestro corazón para salvar otra?