Cuando mi padre decidió que yo sería su sostén: una maternidad bajo presión

—¿Y qué quieres que haga, Lucía? ¿Que me ponga a trabajar de camarero con setenta años? —La voz de mi padre retumbó en el salón, mientras yo, con mi hija en brazos, intentaba no romperme.

No era la primera vez que teníamos esa conversación. Desde que nació Alba, hace apenas dos meses, mi vida se había reducido a pañales, noches en vela y cuentas que no cuadraban. Pero lo peor no era eso. Lo peor era ver a mi padre, Antonio, sentado en el sofá, viendo la televisión, mientras yo hacía malabares para llegar a fin de mes.

Mi madre murió hace tres años. Desde entonces, mi padre y yo nos habíamos apoyado mutuamente. O eso creía yo. Cuando anunció que se jubilaba, pensé que por fin podría descansar, disfrutar de su nieta y, quizá, ayudarme un poco en casa. Pero no. Decidió que su pensión era para «emergencias» y que yo debía encargarme de los gastos diarios: luz, agua, comida… todo. «Ya que estás en casa con la niña, puedes encargarte de todo», me dijo una tarde mientras yo intentaba calmar el llanto de Alba.

—Papá, no puedo más —le dije un día, con la voz rota—. Estoy de baja por maternidad. No cobro lo mismo que antes. Apenas llego para nosotras dos… y ahora también para ti.

Él suspiró y se encogió de hombros.

—Yo ya he trabajado bastante en esta vida. Ahora te toca a ti.

Me sentí invisible. Como si mis esfuerzos no valieran nada. Como si ser madre fuera una excusa para convertirme en la criada y el sostén económico de la casa. Empecé a evitarle. Me encerraba en mi habitación con Alba y lloraba en silencio mientras ella dormía.

Una tarde, mientras preparaba la cena, escuché a mi padre hablando por teléfono con su amigo Manuel.

—Claro que sí, Manolo. Estoy ahorrando la pensión para cuando vengan mal dadas. Lucía se encarga de todo ahora…

Sentí rabia. ¿Para cuándo vendrían peor dadas? ¿No era suficiente emergencia tener una hija recién nacida y una hija agotada?

Las discusiones se hicieron diarias. Mi padre se quejaba si la comida no era de su gusto o si no había suficiente leche para su café. Yo me sentía cada vez más sola y resentida. Mis amigas me decían que debía poner límites, pero ¿cómo hacerlo? Era mi padre. El hombre que me crió, que me enseñó a montar en bici en el parque del Retiro, que me llevaba a ver los Reyes Magos cada enero.

Una noche, después de una discusión especialmente dura —él se había enfadado porque no había comprado su marca favorita de jamón—, exploté.

—¡No puedo más! —grité—. ¡No soy tu criada ni tu banco! ¡Estoy agotada!

Alba se despertó llorando. Mi padre me miró como si fuera una extraña.

—No tienes respeto por tu padre —dijo con voz fría—. Esto en mis tiempos no pasaba.

Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Pensé en irme de casa, buscar un piso pequeño para Alba y para mí. Pero los precios del alquiler en Madrid eran imposibles con mi sueldo reducido.

Empecé a notar cómo mi salud mental se resentía. No dormía bien, tenía ataques de ansiedad y cada vez me costaba más disfrutar de mi hija. Un día, mientras paseaba con Alba por el barrio de Chamberí, me encontré con Marta, una antigua compañera del instituto.

—Tienes mala cara, Lucía —me dijo—. ¿Va todo bien?

Le conté lo que pasaba. Marta me miró con compasión y rabia.

—Eso es abuso emocional y económico —me dijo—. No tienes por qué cargar con todo solo porque sea tu padre.

Sus palabras me hicieron pensar. ¿Era yo la mala hija por querer poner límites? ¿O era él el egoísta por aprovecharse de mí?

Esa noche, después de acostar a Alba, me senté frente a mi padre.

—Papá, esto no puede seguir así —le dije con voz firme—. Necesito que contribuyas a los gastos de la casa. No puedo mantenernos a los tres sola.

Me miró sorprendido, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza.

—¿Y qué hago con mi pensión? —preguntó—. ¿Y si algún día me pongo enfermo?

—Entonces usaremos lo que tengas ahorrado —respondí—. Pero ahora mismo la emergencia es esta familia.

Se hizo un silencio incómodo. Por primera vez vi miedo en sus ojos. Miedo al futuro, a la soledad, a perder el control.

Durante días apenas nos hablamos. Él empezó a hacer pequeñas cosas: poner la mesa, sacar la basura… incluso fue al supermercado una vez. Poco a poco fue cediendo parte de su pensión para pagar algunas facturas.

Pero la herida seguía ahí. La confianza rota, el resentimiento acumulado… No sé si algún día podré perdonarle del todo.

Ahora miro a Alba dormir y me pregunto: ¿Qué haría yo si ella estuviera en mi lugar? ¿Hasta dónde llega el deber hacia nuestros padres? ¿Cuándo debemos priorizarnos a nosotros mismos?

¿Vosotros qué haríais? ¿Dónde pondríais el límite entre el amor filial y el derecho a vivir vuestra propia vida?