Cuando mi yerno intentó decidir mi destino: una llamada que lo cambió todo
—¿Pero tú te has vuelto loca, Elena? ¿A tu edad pensando en casarte?— La voz de Sergio retumbó en el altavoz del móvil, tan fría y cortante como el viento de enero en la sierra de Guadarrama. Yo estaba sentada en la mesa de la cocina, con las manos temblorosas sobre el hule floreado, mientras mi hija Lucía me miraba desde el pasillo, sin atreverse a intervenir.
No era la primera vez que Sergio me hablaba así, pero nunca había sentido tanto desprecio en sus palabras. Había dedicado media vida a cuidar de Lucía, de mis nietos, de la casa… y ahora que por fin había conocido a alguien —a Manuel, un hombre bueno, viudo como yo, que me hacía reír y me devolvía las ganas de vivir—, mi propio yerno se creía con derecho a juzgarme.
—No soy tu criada, Sergio —le respondí con voz baja pero firme—. Tengo derecho a ser feliz. ¿O acaso piensas que las mujeres como yo solo servimos para limpiar y cuidar niños?
Lucía se acercó y me puso una mano en el hombro. Vi en sus ojos el conflicto: la lealtad hacia su marido y el cariño hacia mí. Pero Sergio no cedía.
—Mamá, entiéndelo…— empezó Lucía, pero Sergio la interrumpió:
—¡Esto es una locura! ¿Qué va a decir la familia? ¿Y los niños? ¿Quién los va a recoger del colegio si tú te vas con ese hombre?
Me mordí los labios para no llorar. ¿Eso era todo lo que valía para ellos? ¿Una niñera gratuita? Recordé las veces que me quedé hasta tarde cuidando a los niños para que ellos pudieran salir; las comidas familiares que preparé sola; los domingos en los que nadie preguntó cómo estaba yo.
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama recordando mi juventud en Vallecas, cuando soñaba con ser enfermera y viajar por el mundo. Pero la vida me llevó por otros caminos: me casé joven con Antonio, un hombre trabajador pero seco, que nunca entendió mis ganas de aprender ni mis silencios tristes. Cuando enviudé a los 45, pensé que ya no habría más oportunidades para mí.
Pero entonces conocí a Manuel en el centro cultural del barrio. Él también había perdido a su esposa y venía todos los jueves al taller de pintura. Empezamos a hablar de libros, de música, de viajes… Y poco a poco, sentí que algo dentro de mí despertaba.
Una tarde, mientras pintábamos juntos un paisaje de la Albufera, Manuel me tomó la mano y me dijo:
—Elena, aún nos queda mucha vida por delante. No te resignes a ser invisible.
Esa frase me acompañó durante semanas. Y cuando Manuel me propuso casarnos —con una sencillez y una ternura que me hicieron llorar— supe que quería intentarlo. Pero no contaba con la reacción de mi familia.
Al día siguiente de la llamada de Sergio, Lucía vino sola a verme. Se sentó frente a mí con una taza de café entre las manos.
—Mamá… Sergio está muy alterado. Dice que si te casas y te vas con ese hombre, no sabe cómo vamos a organizarnos con los niños.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunté mirándola a los ojos.
Lucía bajó la mirada.
—No lo sé… Me da miedo perderte. Pero también sé que mereces ser feliz.
Sentí un nudo en la garganta. Quise abrazarla como cuando era niña y tenía miedo a la oscuridad.
—No voy a dejaros tirados —le aseguré—. Pero ya no puedo seguir viviendo solo para los demás. Necesito pensar en mí también.
Los días siguientes fueron un torbellino: llamadas de mi hermana Rosa (“¡Pero Elena, qué dirán en el pueblo!”), mensajes de mis amigas (“¡Qué valiente eres!”), miradas de reprobación en el portal… En el supermercado, la cajera —una vecina cotilla— me soltó sin pudor:
—¿Así que te vas a casar otra vez? ¡A tu edad! Qué cosas…
Me sentí pequeña, juzgada, como si estuviera haciendo algo indecente solo por querer rehacer mi vida.
Pero Manuel estaba ahí. Me llevó al Retiro un domingo por la mañana y paseamos entre castaños mientras él me hablaba de sus nietos y de sus sueños. Me sentí viva por primera vez en años.
La tensión en casa fue creciendo. Sergio dejó de saludarme cuando venía a recoger a los niños; Lucía estaba cada vez más callada; mis nietos me preguntaban si iba a irme lejos. Una noche, después de cenar, Sergio estalló delante de todos:
—¡Esto es egoísmo puro! ¡Solo piensas en ti! ¿Y nosotros qué?
Me levanté despacio y le miré fijamente.
—Durante años he pensado solo en vosotros. Ahora ha llegado mi momento. No voy a pedir perdón por querer ser feliz.
Hubo un silencio incómodo. Lucía rompió a llorar; los niños se abrazaron a sus padres. Yo salí al balcón y respiré hondo el aire frío de Madrid.
Pasaron semanas hasta que las aguas se calmaron. Poco a poco, Lucía empezó a entenderme; incluso vino un día con los niños a conocer a Manuel. Sergio sigue distante, pero ya no grita ni me mira con desprecio. He aprendido a poner límites, aunque duela.
El mes pasado nos casamos Manuel y yo en una ceremonia sencilla en el Ayuntamiento. Vinieron mis amigas del taller, mi hermana Rosa —que al final se emocionó— y hasta Lucía con mis nietos. No fue fácil llegar hasta aquí, pero ahora sé que merezco este nuevo comienzo.
A veces me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto aceptar que las mujeres mayores también tenemos derecho a soñar? ¿Cuándo dejará la sociedad española de juzgarnos por querer vivir nuestra propia vida?