Cuando respondí al móvil de mi mejor amiga y escuché la voz de mi marido… Mi familia nunca volverá a ser la misma
—¿Por qué tienes el móvil de Lucía? —La voz de Álvaro, mi marido, sonó cálida y familiar al otro lado del teléfono, tan natural como si nada estuviera fuera de lugar. Pero yo, con el corazón en un puño y la garganta seca, apenas pude responder.
Era una tarde lluviosa de noviembre en Madrid. Había ido a casa de Lucía para tomar un café y desahogarme sobre las pequeñas rutinas que me asfixiaban: los niños, el trabajo en la gestoría, la sensación de que todo era siempre igual. Lucía, mi confidente desde el instituto, me escuchaba con esa sonrisa suya que parecía entenderlo todo. Cuando fue al baño, su móvil vibró sobre la mesa. Sin pensar, lo cogí. En la pantalla: “Álvaro 💙”.
—¿Hola? —dije, aún sin sospechar nada.
—Hola, cariño —respondió él, con ese tono que reservaba para mí. Un silencio pesado cayó entre nosotros. Sentí cómo el mundo se detenía.
—¿Álvaro? Soy Marta —acerté a decir, con la voz temblorosa.
Al otro lado, solo silencio. Luego un susurro: —Mierda.
Lucía salió del baño y me encontró con el móvil pegado a la oreja y los ojos llenos de lágrimas. No hizo falta que dijera nada. Su rostro se descompuso y bajó la mirada. En ese instante supe que todo lo que había construido durante quince años se había roto en mil pedazos.
—Marta… —empezó Lucía, pero no pude escucharla. Salí corriendo bajo la lluvia, sin paraguas, sin bolso, solo con el peso insoportable de la traición aplastándome el pecho.
Esa noche no dormí. Álvaro llegó tarde, como tantas otras veces últimamente. Se sentó en el borde de la cama y me miró con ojos cansados.
—No quería que te enteraras así —susurró.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté sin mirarle.
—Un año —admitió, bajando la cabeza.
Un año. Doce meses de mentiras compartidas entre mi mejor amiga y el hombre al que entregué mi vida. Recordé todas las veces que Lucía me animaba a salir con ella, las cenas en casa donde Álvaro reía más de lo normal con sus bromas, los mensajes que intercambiaban «por trabajo».
—¿Y los niños? ¿Qué les vas a decir? —pregunté, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro.
—No lo sé —respondió él, derrotado.
Los días siguientes fueron una pesadilla. Mi hija Paula, de diez años, notaba mi tristeza y me abrazaba en silencio. Mi hijo Diego, adolescente y rebelde, se encerró aún más en su habitación. Mi madre vino desde Toledo para ayudarme a sobrellevar el caos doméstico mientras yo apenas podía levantarme del sofá.
En el barrio todos parecían saberlo antes que yo. Las miradas en el supermercado, los susurros en la puerta del colegio… Madrid puede ser una ciudad enorme, pero tu mundo se vuelve pequeño cuando eres el centro del escándalo.
Intenté hablar con Lucía una vez más. Quedamos en una cafetería cerca del Retiro. Ella llegó tarde, nerviosa, con ojeras profundas.
—Lo siento, Marta. No sé cómo ha pasado… —balbuceó.
—Sí lo sabes —le corté—. Lo sabías cada vez que me mirabas a los ojos y me mentías.
No hubo gritos ni escenas dramáticas. Solo dos amigas rotas por dentro, incapaces de mirarse sin recordar todo lo perdido.
Álvaro se fue de casa dos semanas después. Los niños lloraron durante días. Yo me convertí en una sombra: iba al trabajo, recogía a los niños, cocinaba sin ganas… Las noches eran lo peor; el silencio pesaba tanto como la culpa y la rabia mezcladas.
Mi madre intentaba animarme:
—Hija, eres fuerte. Saldrás adelante.
Pero yo no quería ser fuerte. Quería volver atrás y no contestar ese maldito teléfono.
Un día recibí un mensaje de Lucía: “Perdóname”. No respondí. ¿Cómo se perdona algo así? ¿Cómo se reconstruye una vida cuando las dos personas en las que más confiabas te han traicionado?
Poco a poco empecé a salir del pozo. Me apunté a clases de yoga en el centro cultural del barrio. Conocí a otras mujeres con historias parecidas: infidelidades, divorcios, amistades rotas… Descubrí que no estaba sola en mi dolor.
Ahora han pasado seis meses desde aquella tarde lluviosa. Álvaro ve a los niños los fines de semana; yo he aprendido a vivir sin él. Lucía se mudó a otra ciudad; no hemos vuelto a hablar.
A veces me pregunto si algún día podré confiar de nuevo en alguien. Si podré mirar atrás sin sentir ese nudo en el estómago. ¿Es posible reconstruir una familia sobre las ruinas de la traición? ¿O solo nos queda aprender a vivir con las cicatrices?
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede perdonar una traición así o es mejor dejarlo todo atrás?