Cuando te arrebatan a tus nietos: El relato de Carmen desde Salamanca

—¡No tienes derecho a decirme cómo crío a mis hijos, Carmen! —gritó Lucía, mi nuera, con los ojos llenos de lágrimas y rabia. Yo estaba de pie en la cocina, con las manos temblorosas y el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía escucharla. Mi hijo, Álvaro, miraba al suelo, incapaz de intervenir. Era la tercera vez en el mes que discutíamos por lo mismo: los niños, mis nietos, y la forma en que Lucía los educaba.

Nunca pensé que una conversación sobre la merienda de los pequeños pudiera desencadenar una tormenta así. Pero aquel día, Lucía recogió a Marcos y a Sofía, los metió en el coche y se marchó sin mirar atrás. Desde entonces, el silencio se instaló en mi casa de Salamanca. Un silencio denso, que pesa más que cualquier soledad que haya sentido antes.

Recuerdo cuando nacieron mis nietos. Marcos llegó primero, un niño risueño con los ojos de su padre. Sofía nació dos años después, tan inquieta y curiosa como su abuela. Yo era la abuela que siempre estaba ahí: recogía a los niños del colegio, les preparaba meriendas de pan con chocolate y les contaba historias de cuando su padre era pequeño. Mi vida giraba en torno a ellos. Mi marido falleció hace años y Álvaro es hijo único; para mí, esos niños eran mi alegría y mi refugio.

Pero todo cambió cuando Lucía empezó a trabajar más horas y yo asumí más responsabilidades con los niños. Empecé a notar que ella llegaba cansada, irritable, y cualquier comentario mío sobre los deberes o la comida era recibido como una crítica. Yo solo quería ayudar, pero cada palabra parecía un reproche para ella.

—Mamá, tienes que entender que Lucía está estresada —me decía Álvaro por teléfono, intentando mediar—. No es fácil para ella compaginar el trabajo y los niños.

—¿Y para mí sí lo es? —le respondía yo, sintiendo cómo la incomprensión crecía entre nosotros.

La última vez que vi a mis nietos fue hace dos meses. Vinieron corriendo a abrazarme como siempre, pero Lucía se quedó en la puerta, fría y distante. No quiso tomar café conmigo ni hablar de nada. Cuando se marcharon, Sofía me susurró al oído: «Abuela, ¿por qué mamá está enfadada contigo?» No supe qué responderle.

Desde entonces, Lucía no me responde los mensajes ni las llamadas. Álvaro me dice que necesita tiempo, que no quiere más discusiones en casa. Pero yo sé que él está atrapado entre dos fuegos: su madre y su esposa. Y mientras tanto, yo me quedo aquí, sola en este piso lleno de juguetes olvidados y fotos antiguas.

He intentado acercarme. He dejado cartas en el buzón de su casa, he mandado regalos para los niños por Reyes, incluso he ido al colegio a ver si podía saludarlos desde lejos. Pero Lucía ha hablado con la directora y ahora no me dejan acercarme sin su permiso. Me siento como una extraña en la vida de mi propia familia.

Mis amigas del centro de mayores me dicen que tenga paciencia, que todo se arreglará con el tiempo. Pero yo veo cómo pasan los días y nada cambia. Me pregunto si he sido demasiado entrometida, si debería haber callado más veces o haber aceptado las decisiones de Lucía sin cuestionarlas. Pero ¿cómo quedarse callada cuando ves que tus nietos no son felices? ¿Cómo no preocuparse cuando sabes que podrías ayudar?

A veces pienso en ir a un abogado, reclamar mi derecho a ver a mis nietos como abuela. Pero luego me asusta la idea de empeorar las cosas, de romper aún más la familia. En España se habla poco de esto: de abuelos separados de sus nietos por conflictos familiares. Nadie te prepara para este dolor sordo, para esta ausencia que no entiende de razones ni de leyes.

Las noches son las peores. Me siento en el sofá con una manta y repaso las fotos del móvil: Marcos disfrazado de pirata en Carnaval; Sofía con su primer diente caído; los tres juntos haciendo galletas en Navidad. A veces lloro en silencio para que nadie me escuche. Otras veces me enfado conmigo misma por no haber sabido manejar mejor la situación.

El otro día vi a Lucía por la calle, iba deprisa con los niños cogidos de la mano. Me escondí detrás de un escaparate para no incomodarla. Vi cómo Sofía miraba hacia todos lados, como si buscara algo o a alguien. Me pregunté si pensaría en mí.

No sé si algún día podré volver a abrazarles como antes. No sé si Lucía será capaz de perdonarme o si Álvaro encontrará el valor para mediar entre nosotras. Solo sé que cada día sin ellos es un día perdido que nadie me devolverá.

¿De verdad es justo que una discusión familiar pueda romper tantos lazos? ¿Cuántas abuelas como yo estarán ahora mismo esperando una llamada o una visita que nunca llega?