Cuarto hijo: Cuando el amor no basta

—¿Otra vez, Martina? ¿De verdad? —La voz de Iván retumbó en la cocina, rebotando entre las paredes como un eco que no quería morir. Yo apreté la taza de café entre las manos temblorosas, incapaz de mirarle a los ojos. Mi hijo pequeño lloraba en su cuna del salón, y los otros dos, Lucía y Sergio, discutían por el mando de la tele. El caos era nuestro pan de cada día, pero esa mañana todo parecía más denso, más irrespirable.

No sé cómo reunir el valor para hablar. —Iván, no lo he planeado. Lo sabes. —Mi voz era apenas un susurro. Él se pasó la mano por el pelo, desesperado.

—¿Y ahora qué? ¿Cómo vamos a hacerlo? Apenas llegamos a fin de mes, Martina. ¿Has pensado en eso? ¿En los niños? ¿En nosotros? —Su tono era una mezcla de miedo y reproche.

Me sentí pequeña, diminuta. Recordé las noches sin dormir, los pañales, las visitas al pediatra, las cuentas que nunca cuadraban. Pero también recordé las risas, los abrazos pegajosos de mermelada, los dibujos torcidos en la nevera. ¿Era egoísta por querer a este nuevo bebé?

Esa noche no dormimos juntos. Iván se fue al sofá y yo me quedé en la cama mirando el techo, sintiendo que el mundo se me caía encima. Pensé en llamar a mi madre, pero sabía lo que iba a decir: «Martina, hija, la vida nunca es fácil. Pero los niños son una bendición». ¿Y si esta vez no era suficiente?

Los días siguientes fueron una sucesión de silencios incómodos y miradas esquivas. Iván salía temprano y volvía tarde. Yo me sentía sola, atrapada en una rutina que me ahogaba. Los niños notaban la tensión; Lucía empezó a mojar la cama otra vez y Sergio se volvió más irritable.

Una tarde, mientras doblaba ropa en el salón, mi hermana Elena apareció sin avisar. Me abrazó fuerte y me susurró al oído:

—¿Qué pasa, Marti? Tienes cara de haber visto un fantasma.

No pude evitarlo: rompí a llorar como una niña. Le conté todo entre sollozos: el embarazo inesperado, el miedo de Iván, mi propia angustia.

—¿Y tú qué quieres? —me preguntó Elena con esa franqueza suya que a veces duele.

No supe qué responderle. Quería a mi familia unida, pero también quería sentirme apoyada, comprendida. Quería que Iván me mirara como antes, con amor y no con reproche.

Esa noche, después de acostar a los niños, busqué a Iván en el balcón. Estaba fumando, mirando las luces lejanas de Madrid.

—Iván —dije con voz temblorosa—, necesito saber si vamos a salir juntos de esto o si cada uno va a ir por su lado.

Él tiró la colilla y suspiró.

—No lo sé, Martina. Me siento superado. No puedo más con esta presión… Con este miedo constante a no llegar…

Me acerqué y le cogí la mano.

—Yo también tengo miedo. Pero no quiero perderte. No quiero que esto nos destruya.

Nos quedamos en silencio largo rato. Por primera vez en semanas sentí que estábamos juntos en esto, aunque fuera desde la incertidumbre.

Los meses pasaron entre visitas al médico y discusiones sobre dinero. Mi barriga crecía y con ella las dudas. Un día recibí una carta del colegio: Lucía necesitaba apoyo psicológico por ansiedad. Me sentí culpable; mi hija sufría por nuestra tensión.

Intenté hablar con Iván sobre buscar ayuda profesional para nosotros también. Él se negó al principio; decía que eso era para gente «rota». Pero una noche me encontró llorando en la cocina y se sentó a mi lado.

—Quizá deberíamos intentarlo —susurró—. Por los niños… por nosotros.

Empezamos terapia de pareja unas semanas después. No fue fácil; salieron heridas antiguas, reproches guardados desde hacía años. Pero poco a poco aprendimos a escucharnos otra vez. Aprendimos que el amor no basta si no hay comunicación ni apoyo mutuo.

El día que nació nuestro cuarto hijo —una niña preciosa a la que llamamos Carmen— sentí miedo y esperanza a partes iguales. Iván estaba a mi lado; me cogió la mano y lloró conmigo cuando escuchamos el primer llanto de nuestra hija.

Hoy miro a mis cuatro hijos jugando en el parque y me pregunto si tomé la decisión correcta. La vida sigue siendo dura: hay días en los que no puedo más, en los que dudo de todo. Pero también hay momentos de felicidad pura que me recuerdan por qué luchamos.

A veces me pregunto: ¿De verdad basta el amor para sostener una familia cuando todo se tambalea? ¿O hace falta algo más? ¿Qué pensáis vosotros?