Cuatro años después: Cuando la ausencia de mi hermano rompió mi familia
—¿Por qué no le llamaste tú, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, temblorosa, como si cada palabra le costara una vida. Yo estaba sentada en el suelo de la cocina, con las rodillas abrazadas al pecho, mirando el móvil que no dejaba de vibrar con mensajes de pésame. No podía contestar. No podía moverme.
Cuatro años han pasado desde aquella noche en la que Alejandro, mi hermano mayor, salió de casa enfadado después de una discusión absurda sobre su futuro. Nunca volvió. Un accidente en la carretera, dijeron. Un conductor borracho, dijeron. Pero en mi cabeza solo resonaba una pregunta: ¿y si yo hubiera hecho algo diferente?
Mi padre dejó de hablarme durante meses. Mi madre se encerró en su habitación, saliendo solo para ir al cementerio los domingos. Mi hermana pequeña, Marta, empezó a faltar al instituto y a encerrarse en su mundo de música y silencios. Yo me convertí en un fantasma en mi propia casa, arrastrando la culpa como una cadena invisible.
Recuerdo el funeral como si fuera una pesadilla recurrente. El olor a flores marchitas, los murmullos de los vecinos —»eran tan unidos», «qué tragedia»— y la mirada vacía de mi padre. Cuando me acerqué al ataúd para despedirme, sentí que algo dentro de mí se rompía para siempre.
—No era tu culpa —me susurró mi tía Carmen, apretándome la mano—. Pero yo no podía creerlo. ¿Cómo no iba a serlo? Si no hubiéramos discutido, si le hubiera llamado para pedirle perdón… Quizá Alejandro seguiría aquí.
En el instituto, los profesores me miraban con lástima y mis amigas no sabían qué decirme. Me alejé de todos. Solo encontraba consuelo en las largas caminatas por el parque donde solíamos ir Alejandro y yo de pequeños. Allí hablaba con él en voz baja, como si pudiera escucharme:
—¿Por qué te fuiste así? ¿Por qué no volviste a casa?
El tiempo no curó nada. Mi madre empezó a beber a escondidas; encontré botellas vacías en su armario más de una vez. Mi padre se refugiaba en el trabajo y evitaba cualquier conversación sobre Alejandro. Marta se hizo invisible; apenas cruzábamos palabra.
Un día, al volver a casa, encontré a mis padres discutiendo a gritos en el salón.
—¡Tú nunca estuviste ahí para él! —gritaba mi madre—. ¡Siempre trabajando, siempre fuera!
—¡Y tú solo sabes culpar a los demás! —respondió mi padre—. ¡Nadie pudo evitarlo!
Me quedé paralizada en el umbral, sintiendo cómo la rabia y el dolor llenaban cada rincón de la casa. Quise gritarles que pararan, que yo también sufría, que todos estábamos rotos. Pero no pude.
Esa noche me encerré en mi habitación y escribí una carta para Alejandro. Le conté todo: mi culpa, mi rabia, mi miedo a olvidar su voz. Lloré hasta quedarme dormida con la carta apretada contra el pecho.
Pasaron los meses y la distancia entre nosotros creció aún más. Un día Marta desapareció durante dos días; cuando volvió, tenía los ojos hinchados y no quiso hablar con nadie. Fue entonces cuando entendí que no podía seguir así.
Busqué ayuda en la orientadora del instituto, doña Pilar. Le conté todo entre lágrimas: la culpa, el silencio en casa, el miedo a que mi familia nunca volviera a ser la misma.
—Lucía —me dijo con ternura—, el dolor nos cambia a todos. Pero no tienes que cargar sola con esto.
Empecé a ir a terapia y poco a poco aprendí a hablar del accidente sin sentir que me ahogaba. Intenté acercarme a Marta; le propuse ir juntas al parque donde solíamos ir con Alejandro. Al principio me rechazó, pero un día aceptó y caminamos juntas en silencio.
—¿Tú también sueñas con él? —me preguntó de repente.
Asentí sin poder hablar. Nos abrazamos y lloramos juntas por primera vez desde su muerte.
Con el tiempo logré convencer a mis padres para ir juntos a terapia familiar. No fue fácil; las primeras sesiones fueron un campo de batalla de reproches y lágrimas. Pero poco a poco aprendimos a escucharnos sin culparnos.
Hoy, cuatro años después, seguimos rotos pero juntos. La ausencia de Alejandro sigue doliendo cada día, pero ya no es un tabú del que nadie habla. A veces nos sentamos en el salón y compartimos recuerdos suyos; otras veces simplemente lloramos juntos.
He aprendido que el dolor nunca desaparece del todo, pero se puede aprender a vivir con él. Y aunque sigo preguntándome si podría haber hecho algo diferente aquella noche, ahora sé que no estoy sola.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias más hay como la mía, rotas por una pérdida inesperada? ¿Es posible perdonarse alguna vez por lo que no pudimos evitar?