¿Debería vender mi piso por mi hijo? El dilema de una madre española entre la confianza y la familia

—Mamá, no puedes seguir viviendo sola en ese piso tan grande. No es seguro, y lo sabes —la voz de Sergio retumba en el salón, rebotando en las paredes llenas de fotos familiares.

Me quedo mirando la taza de café entre mis manos. Tiemblo un poco, pero no sé si es por la edad o por el miedo. El miedo a perderlo todo, a perderme a mí misma. Mi piso en Chamberí ha sido mi refugio durante más de cuarenta años. Aquí crecieron mis hijos, aquí lloré la muerte de mi marido, aquí aprendí a vivir sola.

—Sergio, hijo, no sé… —mi voz se quiebra—. Aquí tengo mis cosas, mis recuerdos. No quiero ser una carga para nadie.

Él suspira y se pasa la mano por el pelo, igual que hacía de niño cuando algo no le salía bien.

—No eres una carga, mamá. Pero piensa: podrías vender el piso, con ese dinero podríamos reformar la casa y tendrías tu propio espacio. Además, Lucía y los niños estarían encantados de tenerte cerca.

Lucía, mi nuera, siempre tan correcta, tan distante. Los niños apenas me conocen; solo me ven en Navidad o cuando hay algún cumpleaños. ¿De verdad quieren que viva con ellos? ¿O solo quieren el dinero del piso?

Me levanto y miro por la ventana. Madrid bulle allá abajo, indiferente a mis dudas. Recuerdo cuando Sergio era pequeño y venía corriendo a abrazarme después del colegio. Ahora es un hombre hecho y derecho, pero siento que entre nosotros hay un abismo.

Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama, escuchando el tic-tac del reloj de la abuela. ¿Y si me enfermo? ¿Y si me caigo? ¿Y si un día ya no puedo valerme por mí misma? Pero también pienso: ¿y si me arrepiento? ¿Y si pierdo mi independencia?

Al día siguiente, llamo a mi hermana Carmen.

—¿Estás loca? —me dice sin rodeos—. Ese piso es lo único que tienes. Si lo vendes ahora, luego no podrás volver atrás. ¿Y si las cosas no salen bien con Sergio y Lucía?

—Pero Carmen, él es mi hijo…

—Sí, pero los hijos también se equivocan. Mira lo que le pasó a la vecina del tercero: vendió su casa para irse con la hija y ahora está sola en una residencia porque no se aguantaban.

Cuelgo sintiéndome peor que antes. No quiero desconfiar de Sergio, pero tampoco quiero acabar como la señora Pilar del tercero, sola y olvidada.

Esa tarde Sergio vuelve a insistir.

—Mamá, piénsalo bien. No quiero presionarte, pero tampoco quiero que te pase algo estando sola aquí.

Le miro a los ojos buscando sinceridad. ¿De verdad le preocupa mi bienestar o solo ve el piso como una oportunidad?

—¿Y si no me adapto? —pregunto bajito—. ¿Y si Lucía no está cómoda conmigo?

Sergio se encoge de hombros.

—Eso lo hablamos entre todos. Podemos poner normas, buscar una rutina…

Pero yo sé cómo son las cosas en esa casa: Lucía trabaja todo el día, los niños están en sus cosas… Yo sería una extraña en su mundo.

Esa noche saco las cajas de fotos antiguas. Veo a Sergio con su padre en la playa de Benidorm, a mi hija Marta en su primera comunión… Todo eso cabe en este piso, pero ¿cabría en una habitación prestada?

Al día siguiente Marta me llama desde Valencia.

—Mamá, haz lo que te haga feliz —me dice—. Pero no vendas el piso solo porque Sergio te lo pide. Piensa en ti por una vez.

Pienso en mí… pero ya ni sé quién soy sin ellos.

Los días pasan y la presión aumenta. Sergio me trae folletos de agencias inmobiliarias; Lucía me sonríe forzada cuando voy a comer los domingos; los nietos apenas me saludan.

Una tarde escucho sin querer una conversación entre Sergio y Lucía:

—¿Y si tu madre no quiere vender? —pregunta ella.

—Tendrá que entenderlo —responde él—. No podemos seguir así toda la vida.

Me encierro en el baño a llorar. Siento que estorbo, que ya no soy útil para nadie.

Pero al mismo tiempo me rebelo: este piso es mío. Lo he pagado con años de trabajo como enfermera en el hospital de La Paz, con noches sin dormir cuidando pacientes y luego a mis propios hijos. ¿Por qué tengo que renunciar ahora?

Un domingo decido hablar claro durante la comida familiar.

—He decidido quedarme en mi piso —anuncio con voz firme—. Si algún día necesito ayuda, ya veremos qué hacemos. Pero ahora quiero seguir aquí.

Sergio baja la cabeza; Lucía suspira aliviada; los niños ni se enteran.

Esa noche duermo tranquila por primera vez en semanas.

Pero aún me pregunto: ¿he hecho bien? ¿He sido egoísta o valiente? ¿Cuántas madres españolas estarán pasando por lo mismo sin atreverse a decirlo?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede confiar ciegamente en los hijos cuando está en juego lo único que te queda?