¡Déjale marchar! Solo acepté porque… – La historia de Lucía y Manuel

—¡No puedes hacerme esto, Manuel! —grité, con la voz rota, mientras él recogía sus cosas del armario. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del dormitorio, ese mismo donde tantas veces me prometió que todo iría bien. Pero ya no quedaban promesas. Solo el silencio y el temblor de mis manos.

Manuel ni siquiera me miró. —Lucía, no lo entiendes. Esto no es solo por ella. Es por mí. Estoy cansado de fingir.

Fingir. ¿Quién fingía aquí? ¿Yo, que cada noche me tragaba las lágrimas para no despertar a nuestros hijos? ¿O él, que llegaba tarde oliendo a perfume barato y con excusas cada vez más torpes? Me senté en la cama, abrazando la almohada como si pudiera protegerme del frío que se colaba por las rendijas de mi alma.

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Manuel en la universidad de Salamanca. Era divertido, carismático, el alma de todas las fiestas. Yo era la chica tímida de Segovia que soñaba con una vida tranquila, una familia, estabilidad. Nos enamoramos rápido, demasiado rápido quizá. Mis padres decían que era un torbellino, pero yo solo veía pasión.

Los primeros años fueron felices. Nos mudamos a Madrid, alquilamos un piso pequeño en Lavapiés y nos prometimos amor eterno en una iglesia sencilla, rodeados de amigos y familia. Pero pronto llegaron las discusiones: el dinero, su trabajo de comercial que le obligaba a viajar, mi soledad criando a nuestros hijos casi sola.

La primera vez que sospeché de una infidelidad fue por un mensaje en su móvil: “Te echo de menos”. Él lo negó todo, me juró que era una compañera de trabajo pasando un mal momento. Quise creerle. Necesitaba creerle. Pero las dudas se instalaron en mi pecho como una losa.

—Mamá, ¿por qué lloras? —preguntó mi hija pequeña, Marta, una noche que no pude contenerme más.

—Nada, cariño. Solo estoy cansada —mentí, secándome las lágrimas rápidamente.

Pero el cansancio era mucho más profundo. Era el agotamiento de luchar sola por un matrimonio que ya solo existía en mi cabeza. Cada vez que Manuel volvía tarde, cada vez que encontraba un recibo extraño o una llamada perdida a horas intempestivas, sentía cómo mi dignidad se desmoronaba un poco más.

Mis amigas intentaban animarme:

—Lucía, tienes que pensar en ti —me decía Carmen—. No puedes seguir así.

—¿Y los niños? —respondía yo siempre—. No quiero que crezcan sin su padre.

Pero la verdad es que ya estaban creciendo sin él. Manuel estaba ausente incluso cuando estaba presente. Las cenas en silencio, los cumpleaños olvidados, las promesas rotas…

Hasta que un día llegó la confesión:

—Me voy con Laura —dijo sin rodeos—. Lo siento, Lucía.

Sentí cómo el mundo se partía en dos bajo mis pies. No lloré delante de él. No le di ese poder. Esperé a que se marchara y entonces grité hasta quedarme sin voz. Llamé a mi madre, a mi hermana, a Carmen… Nadie tenía las palabras adecuadas para consolarme.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Los niños preguntaban por su padre; la familia de Manuel me culpaba por no haber sabido “retenerle”; los vecinos cuchicheaban en el portal. En España todos opinan sobre la vida ajena, y yo me sentía juzgada por cada mirada.

Una tarde, mientras recogía los juguetes del salón, Marta se acercó y me abrazó fuerte:

—Mamá, ¿ya no vas a llorar más?

Me arrodillé y la miré a los ojos:

—Voy a intentar no hacerlo, cariño. Por ti y por tu hermano.

Fue entonces cuando entendí que tenía que empezar a quererme otra vez. Pedí ayuda psicológica en el centro de salud del barrio; volví a quedar con mis amigas; retomé mis clases de pintura que había abandonado por cuidar de todos menos de mí misma.

No fue fácil. Cada vez que veía a Manuel recoger a los niños con su coche nuevo y su sonrisa fingida sentía rabia y tristeza a partes iguales. Pero poco a poco aprendí a soltar ese dolor.

Un día coincidimos en la puerta del colegio:

—¿Cómo estás? —preguntó él, incómodo.

Le miré fijamente:

—Mejor de lo que pensaba. Y tú… ¿eres feliz?

No respondió. Bajó la mirada y se marchó deprisa.

Hoy han pasado dos años desde aquel día en el dormitorio. Sigo teniendo cicatrices, pero ya no sangran tanto. He aprendido a vivir sola y a disfrutar de mi propia compañía. Mis hijos están bien; yo estoy bien… o al menos lo intento cada día.

A veces me miro al espejo y me pregunto: ¿Es posible volver a confiar en alguien después de tanto dolor? ¿O solo nos queda aprender a amarnos a nosotras mismas?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede reconstruir el corazón después de tantas heridas?