Desayuno con mi suegra: Entre el deber y la felicidad
—¿De verdad crees que eso es lo mejor para Lucía? —La voz de mi suegra, Carmen, retumba en la cocina, tan fría como la mañana de enero que se cuela por la ventana. Yo intento no mirar a mi mujer, Marta, que revuelve el café con una ansiedad apenas disimulada. El pan tostado se enfría en mi plato mientras busco las palabras adecuadas, esas que nunca encuentro cuando Carmen está delante.
—Creo que sí, Carmen. Es lo que hemos decidido Marta y yo —respondo, midiendo cada sílaba, como si fueran piedras en un río que intento cruzar sin caerme.
Carmen suspira, se cruza de brazos y me mira como si fuera un niño que no entiende nada de la vida. —No sé en qué momento pensasteis que mudaros a Madrid era buena idea. Aquí en Salamanca tenéis todo: familia, estabilidad… ¿Por qué complicaros la vida?
Marta deja la cuchara y me mira de reojo. Sé que espera que yo aguante el tipo, que no ceda. Pero también sé lo mucho que le duele ver a su madre así, decepcionada, herida. Y yo… yo solo quiero que este desayuno termine.
La mudanza a Madrid fue una decisión difícil. Yo había conseguido un trabajo mejor, Marta podría continuar su carrera como profesora y Lucía tendría más oportunidades. Pero para Carmen, era una traición. Ella había criado sola a Marta tras la muerte de su padre, y ahora sentía que la abandonábamos.
—Mamá —interviene Marta al fin, con voz temblorosa—, no es tan lejos. Podrás venir cuando quieras. Y Lucía te necesita feliz, no enfadada.
Carmen niega con la cabeza y se levanta para recoger los platos. —No lo entendéis. Cuando os vayáis, yo me quedo sola. ¿Eso es lo que queréis para mí?
El silencio cae como una losa. Lucía entra corriendo en la cocina con su muñeca en brazos, ajena a la tensión. Se sienta en mi regazo y me abraza fuerte. Siento un nudo en la garganta; ¿estoy haciendo lo correcto?
Esa noche, mientras Marta duerme a mi lado, yo no puedo pegar ojo. Repaso cada discusión con Carmen desde que anunciamos la mudanza: sus lágrimas, sus reproches velados, las llamadas interminables preguntando si estábamos seguros. Pienso en mi propia madre, fallecida hace años, y en cómo echo de menos tener una familia grande y unida.
Al día siguiente, Carmen aparece en casa sin avisar. Trae una bolsa llena de tuppers y una lista interminable de consejos: cómo abrigar a Lucía, qué médico buscar en Madrid, qué hacer si nos sentimos solos. Marta intenta agradecerle, pero Carmen solo asiente con tristeza.
—No quiero perderos —dice al fin—. Ya perdí bastante cuando tu padre se fue.
Marta llora en silencio mientras yo intento consolarla. Pero siento rabia: ¿por qué siempre tenemos que elegir entre nuestra felicidad y la de los demás? ¿Por qué el amor familiar pesa tanto?
Los días pasan y la tensión crece. Carmen empieza a llamar cada noche para preguntar si hemos cambiado de opinión. Lucía pregunta por qué la abuela está triste. Yo empiezo a dudar: ¿y si estamos siendo egoístas? ¿Y si Madrid no es lo que esperamos?
Una tarde lluviosa, Marta y yo discutimos por primera vez en meses. —No puedo más —me dice—. Siento que haga lo que haga, siempre decepciono a alguien.
—No es tu culpa —le digo—. Pero tampoco podemos vivir solo para contentar a los demás.
Marta asiente, pero sus ojos están llenos de culpa.
El día antes de la mudanza, Carmen viene a despedirse. No dice mucho; solo abraza a Lucía y le da una pulsera azul “para que te acuerdes de la abuela”. Cuando se va, siento un vacío enorme en el pecho.
Ya en Madrid, los primeros meses son duros. Marta llora algunas noches; Lucía pregunta por su abuela; yo trabajo más horas de las que debería para no pensar demasiado. Carmen llama menos cada semana; su voz suena lejana.
Un domingo cualquiera, recibimos una carta suya: “Os echo de menos cada día, pero entiendo que tenéis derecho a buscar vuestra felicidad. Solo os pido que no me olvidéis”.
Leo la carta en voz alta y todos lloramos juntos. Por primera vez en mucho tiempo siento paz: tal vez no hay respuestas fáciles, tal vez siempre habrá dolor cuando elegimos nuestro propio camino… pero también hay esperanza.
A veces me pregunto: ¿dónde termina el deber hacia los nuestros y empieza el derecho a ser felices? ¿Es posible encontrar un equilibrio o siempre habrá alguien herido por nuestras decisiones? ¿Vosotros qué pensáis?