Después de la boda, descubrí que mi marido solo escuchaba a su madre: Me arrepiento de haberme dejado controlar tanto tiempo
—¿Por qué has puesto el vaso ahí, Lucía? Ya te he dicho mil veces que en esta casa todo tiene su sitio —la voz de doña Marta retumbó en la cocina, cortando el aire como un cuchillo. Pedro, mi marido, ni siquiera levantó la vista del periódico. Yo, con el vaso aún en la mano, sentí cómo la vergüenza y la rabia me subían por la garganta.
No era la primera vez. Desde que nos casamos y, sobre todo, desde que acepté mudarme a casa de su madre en Chamberí, mi vida se había convertido en una coreografía de pasos medidos y palabras contenidas. Tenía mi propio piso en Lavapiés, pequeño pero luminoso, con mis plantas y mis libros. Pero Pedro insistió: “Mi madre está sola desde que papá murió, no podemos dejarla así”. Yo cedí. Siempre cedía.
Al principio pensé que era temporal. Que podríamos ahorrar para comprarnos algo juntos. Pero los meses pasaban y cada día me sentía más extraña en aquella casa llena de fotos antiguas y muebles oscuros. Doña Marta tenía una forma de mirarme, como si yo fuera una intrusa en su reino.
—Pedro, ¿puedes decirle a tu madre que no me hable así? —le susurré una noche, cuando ya estábamos en la cama.
Él suspiró, dándose la vuelta—. Lucía, no empieces otra vez. Sabes que mamá es así. Hay que tener paciencia.
Paciencia. Esa palabra se convirtió en mi mantra y en mi condena. Paciencia cuando doña Marta criticaba cómo cocinaba la tortilla. Paciencia cuando revisaba mi ropa antes de salir: “¿Vas a ir así al trabajo? Pareces una cría”. Paciencia cuando Pedro siempre estaba de su lado.
Una tarde de domingo, mientras preparaba café para todos, escuché cómo doña Marta le decía a Pedro en el salón:
—Esta chica no sabe cuidar de una casa. Si no fuera por mí…
—Mamá, déjala —respondió él, pero su voz era débil, casi un susurro.
Me temblaron las manos y el café se derramó sobre la encimera. Me sentí invisible. Como si mi opinión no importara, como si yo fuera solo una invitada incómoda.
Las discusiones empezaron a ser más frecuentes. Yo quería volver a mi piso. Pedro decía que exageraba. Que su madre solo quería ayudarnos. Pero yo ya no podía más.
Una noche, después de una pelea especialmente dura —doña Marta había criticado mi decisión de buscar un trabajo mejor porque «una mujer casada debe estar en casa»— me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Miré mi reflejo en el espejo: los ojos hinchados, el pelo desordenado… ¿Quién era esa mujer?
Al día siguiente llamé a mi hermana Ana.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que me estoy perdiendo.
Ana vino a buscarme esa misma tarde. Cuando Pedro llegó del trabajo y me vio haciendo la maleta, se quedó paralizado.
—¿Qué haces? —preguntó con incredulidad.
—Me voy a mi piso —le respondí con voz firme, aunque por dentro temblaba—. Necesito espacio. Necesito volver a ser yo.
Doña Marta apareció en el pasillo, con los brazos cruzados y una sonrisa amarga.
—Ya sabía yo que esto acabaría así. Las chicas de hoy no aguantan nada.
Pedro me miró suplicante.
—Lucía, por favor…
—No puedo seguir viviendo aquí —le interrumpí—. No puedo seguir siendo una sombra.
Esa noche dormí en mi antiguo piso por primera vez en dos años. El silencio era abrumador pero liberador. Lloré mucho, pero también sentí una paz que había olvidado.
Pedro vino a verme varias veces durante las semanas siguientes. Al principio estaba enfadado; luego triste; después parecía entenderlo todo un poco mejor.
—Mamá siempre ha sido así —me dijo un día—. No sé cómo cambiarlo.
—No tienes que cambiarla a ella —le respondí—. Tienes que decidir si quieres vivir tu vida o la suya.
No fue fácil. La familia de Pedro me llamó egoísta, ingrata… Pero poco a poco fui reconstruyendo mi vida: volví a mis rutinas, recuperé amistades perdidas y empecé terapia para entender por qué había permitido que me anularan tanto tiempo.
Pedro y yo seguimos viéndonos de vez en cuando. Él empezó a poner límites a su madre y a preguntarse qué quería realmente para sí mismo. No sé si nuestro matrimonio sobrevivirá, pero al menos ahora sé quién soy y lo que valgo.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en España han renunciado a sí mismas por miedo al conflicto o por amor mal entendido? ¿Cuántas han callado para no molestar? ¿Y tú? ¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar por tu propia dignidad?