Después de los Cincuenta: El Silencio de las Maletas
—¿Otra vez te vas, Tomás? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras él metía la camisa azul en la maleta.
—Es solo un par de días, Carmen. Ya sabes cómo es el trabajo ahora, los clientes no esperan —respondió sin mirarme, con esa prisa que se había vuelto habitual desde hace meses.
Me dio un beso rápido en la frente, como quien cumple un trámite, y salió por la puerta. El eco de sus pasos en el portal me dejó sola con mi taza de té y el silencio de nuestro piso en Chamberí. Al principio, cuando empezó con estos viajes, agradecía la calma. Después de criar a dos hijos y sobrevivir a una vida llena de ruido y carreras, la paz tenía su encanto. Pero poco a poco, la soledad se fue colando en cada rincón de la casa.
Las primeras veces me entretenía viendo series o leyendo novelas de misterio. Pero pronto ni los crímenes ficticios lograban distraerme del vacío en el sofá y del hueco frío en la cama. Mis amigas decían que era normal, que los hombres a nuestra edad necesitaban sentirse útiles, importantes. Yo quería creerlo. Pero algo dentro de mí empezó a inquietarse.
Una tarde, mientras doblaba su ropa recién lavada, encontré un recibo de hotel en Valencia. Decía que la habitación era doble. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Tomás me había dicho que ese viaje era a Zaragoza y que solo iba una noche. Guardé el papel en el cajón de mi mesilla y no dije nada. ¿Para qué? Quizá era un error, quizá no quería enfrentarme a la verdad.
Pero las señales se multiplicaban: mensajes que contestaba a escondidas, llamadas que cortaba al entrar yo en la habitación, perfumes nuevos en su ropa. Mi hija Lucía vino a cenar una noche y me encontró llorando en la cocina.
—Mamá, ¿qué te pasa? —me abrazó fuerte—. ¿Es papá?
No supe qué decirle. No quería cargarla con mis sospechas, pero tampoco podía seguir fingiendo que todo estaba bien. Ella insistió en que hablara con él, pero yo no encontraba el valor. ¿Y si me equivocaba? ¿Y si era solo mi miedo a quedarme sola?
Pasaron semanas así, hasta que una tarde de domingo, mientras paseaba por el Retiro para despejarme, vi a Tomás sentado en una terraza con una mujer rubia, mucho más joven que yo. Reían y se tocaban las manos como dos adolescentes. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
No sé cómo llegué a casa. Cerré las persianas y me tumbé en la cama sin quitarme el abrigo. Lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, Tomás volvió como si nada hubiera pasado. Me trajo una caja de bombones y me preguntó cómo había estado mi fin de semana.
—¿Quién es ella? —le solté sin pensarlo.
Se quedó helado. Por primera vez en años, vi miedo en sus ojos.
—Carmen… no es lo que piensas…
—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Por qué mientes sobre tus viajes? ¿Por qué ya no me miras igual?
Se sentó a mi lado y bajó la cabeza.
—No sé cuándo empezó todo esto —dijo—. Me sentía vacío, viejo… Ella me hizo sentir importante otra vez.
Me levanté y le grité todo lo que había guardado durante meses: mi soledad, mi miedo a perderlo, mi rabia por su traición. Él lloró también, pero ya era tarde para lágrimas compartidas.
Durante semanas apenas nos hablamos. Lucía y mi hijo Álvaro intentaron mediar, pero yo necesitaba tiempo para entender qué quería hacer con mi vida. ¿Perdonar? ¿Empezar de nuevo sola? Las noches eran eternas y los días pesaban como piedras.
Un día decidí salir del encierro y fui al centro cultural del barrio. Allí conocí a Pilar y Rosario, dos mujeres de mi edad que también habían pasado por historias parecidas. Entre cafés y paseos por Madrid Río, empecé a recuperar algo de alegría. Descubrí que no estaba sola, que muchas mujeres callan sus dolores por miedo al qué dirán o por no romper la familia.
Tomás intentó volver varias veces. Me prometió cambiar, dejarla, empezar terapia juntos. Pero yo ya no era la misma Carmen sumisa de antes. Le pedí tiempo y espacio para pensar.
Una tarde de otoño, sentados frente al Palacio de Cristal, le dije:
—No sé si podré perdonarte algún día. Pero tampoco quiero seguir viviendo con miedo ni rencor.
Él asintió en silencio. Nos abrazamos por última vez como pareja y decidimos separarnos de forma amistosa. Fue doloroso, pero también liberador.
Ahora vivo sola en nuestro piso de Chamberí. A veces echo de menos su compañía, pero he aprendido a disfrutar del silencio y de mi propia voz. He vuelto a pintar, salgo con amigas y viajo cuando puedo. La herida sigue ahí, pero ya no sangra tanto.
Me pregunto: ¿Cuántas mujeres callan su dolor por miedo a estar solas? ¿No merecemos todas una segunda oportunidad para ser felices?