Diez años después: Cuando Tomás volvió del olvido, mi mundo volvió a romperse

—¿Mamá, quién es ese hombre en la puerta? —La voz temblorosa de Lucía me sacudió como un trueno en mitad de la siesta. Me asomé al pasillo y allí estaba él, con la barba descuidada, los ojos hundidos y una maleta vieja en la mano. Tomás. Diez años después. El hombre que me juró amor eterno y desapareció una mañana cualquiera, dejando una nota tan fría como el mármol: “No puedo más. Perdóname”.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Mi corazón latía tan fuerte que apenas podía oír el murmullo de mis hijos detrás de mí. Tomás no dijo nada al principio. Solo me miró, como si esperara que yo le diera permiso para respirar. La rabia me subió a la garganta.

—¿Qué haces aquí? —escupí las palabras, incapaz de contenerme.

Él bajó la mirada. —Necesito hablar contigo, Carmen. Con los niños…

—¿Los niños? ¿Te acuerdas ahora de que tienes hijos? —Mi voz era un látigo. Lucía se aferró a mi pierna; Pablo, ya adolescente, se quedó en el fondo del pasillo, con los puños apretados.

Durante años había imaginado este momento. A veces soñaba que volvía y yo le abrazaba llorando; otras veces le gritaba hasta quedarme sin voz. Pero la realidad era mucho más cruel: solo sentía un vacío inmenso y un miedo atroz a volver a perder todo lo que había reconstruido.

Tomás entró despacio, como si pisara terreno sagrado. Se sentó en el sofá donde tantas noches lloré su ausencia. Yo me mantuve de pie, erguida como una estatua rota.

—He estado enfermo, Carmen. Muy enfermo. Me fui porque no quería arrastraros conmigo —dijo, con la voz quebrada.

—¿Y no pensaste que tu ausencia nos destrozaría más? —le interrumpí—. ¿Que cada Navidad, cada cumpleaños, cada vez que Lucía preguntaba por ti…? ¿Sabes lo que es mirar a tus hijos y no saber qué decirles?

Pablo se acercó entonces. Su voz era dura, más de lo que debería ser a sus dieciséis años.

—No eres mi padre. Mi padre murió hace diez años.

Tomás se llevó las manos a la cara y sollozó. Lucía empezó a llorar también. Yo sentí que el aire se volvía irrespirable.

Durante semanas, Tomás intentó acercarse a los niños. Les llevaba regalos absurdos: camisetas del Atleti para Pablo, muñecas para Lucía, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero ellos le miraban con recelo, como si fuera un fantasma.

Mi madre, Rosario, vino a casa una tarde y me encontró llorando en la cocina.

—Hija, tienes que decidir qué hacer —me dijo mientras me abrazaba—. No puedes vivir con ese hombre y con ese dolor a la vez.

Pero ¿cómo se decide algo así? Había aprendido a vivir sin él: trabajaba en una librería del barrio de Chamberí, llevaba a los niños al Retiro los domingos, había hecho amigas nuevas… incluso había empezado a salir con alguien, Andrés, un profesor de historia que me hacía reír y me escuchaba sin juzgarme.

Una noche, Tomás me esperó en el salón cuando volví del trabajo.

—Carmen, sé que no merezco tu perdón. Pero necesito contarte la verdad —dijo en voz baja—. Me diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Tenía miedo de haceros daño… Me ingresaron en un hospital en Valencia y luego perdí el contacto con todo el mundo. No podía ni escribirte.

Me quedé helada. Recordé las noches en las que Tomás hablaba solo o se encerraba en el baño durante horas. Yo pensaba que era estrés del trabajo… Nunca imaginé algo así.

—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Por qué vuelves?

—Porque estoy mejor. Porque quiero recuperaros… aunque sé que no puedo pedirlo.

Esa noche no dormí. Miré a mis hijos mientras dormían y sentí una mezcla de compasión y rabia. ¿Tenía derecho Tomás a volver? ¿Tenía yo derecho a negarle una segunda oportunidad?

Los días siguientes fueron un infierno. Pablo empezó a faltar al instituto; Lucía se volvió más callada. Andrés notó mi distancia y me preguntó si seguía queriéndole.

Una tarde, mientras preparaba la cena, Pablo entró en la cocina.

—Mamá, ¿vas a volver con papá?

Me temblaron las manos.

—No lo sé, hijo… No lo sé.

Él bajó la cabeza.

—Yo no quiero verle aquí. Me hace daño verle…

Le abracé fuerte. Sentí su dolor como propio.

Esa noche llamé a Tomás al salón.

—No puedes quedarte aquí —le dije—. Los niños no están preparados… Yo tampoco.

Él asintió en silencio. Al día siguiente hizo la maleta y se fue sin hacer ruido.

Durante semanas sentí culpa y alivio al mismo tiempo. Los niños poco a poco volvieron a ser los de antes; Andrés volvió a casa y me abrazó como si nada hubiera pasado.

Pero cada vez que paso por el portal y veo una sombra parecida a Tomás, el corazón me da un vuelco.

A veces me pregunto: ¿Hice bien? ¿Se puede perdonar una ausencia tan larga? ¿O hay heridas que nunca cierran del todo?

¿Vosotros qué haríais si alguien vuelve del pasado pidiendo una segunda oportunidad? ¿Se puede reconstruir una familia después de tanto dolor?