“Dijo que él podría sobrevivir sin mí, pero yo no sin él”: El día que decidí cambiar mi vida

—¿De verdad crees que podrías sobrevivir sin mí, Lucía? —me soltó Rubén una noche, mientras recogía los platos de la cena. Su voz sonaba tranquila, casi aburrida, como si estuviera hablando del tiempo. —Porque yo sí podría hacerlo sin ti. Pero tú… tú no durarías ni una semana.

Sentí cómo se me helaba la sangre. Ocho años de matrimonio y nunca había escuchado algo tan cruel salir de su boca. Me quedé quieta, con el plato en la mano, mirando el reflejo de la lámpara sobre la cerámica. Mi madre siempre decía: “Una buena esposa lo es todo para su familia”. Mi abuela repetía: “El hombre es la cabeza, pero la mujer es el cuello”. Y mi suegra, cada vez que venía a casa, inspeccionaba cada rincón buscando polvo o una arruga en las cortinas. Yo era la esposa perfecta: trabajaba media jornada en la tienda de ropa del barrio, llevaba a los niños al colegio, cocinaba, limpiaba y sonreía aunque estuviera agotada.

Pero esa noche algo se rompió dentro de mí. No dormí. Me levanté antes del amanecer y salí al balcón, sintiendo el aire frío de Madrid en la cara. ¿De verdad no podría sobrevivir sin él? ¿Era yo tan débil como para depender de un hombre que ni siquiera valoraba todo lo que hacía?

Al día siguiente, mientras Rubén desayunaba leyendo el periódico y los niños discutían por el último trozo de pan con tomate, tomé una decisión. —Voy a buscar otro trabajo —anuncié en voz alta. Rubén ni levantó la vista. —¿Para qué? Si ya tienes bastante con lo que haces aquí —dijo, señalando la cocina con un gesto vago.

—Quiero trabajar más horas —insistí—. Quiero tener mi propio dinero y tiempo para mí. No soy solo madre y esposa.

Mi madre me llamó esa tarde. —¿Estás loca? ¿Cómo vas a dejar a los niños tantas horas? ¿Y la casa? ¿Y Rubén? —Su voz temblaba entre el reproche y el miedo. Mi abuela, desde su sillón en Toledo, sentenció: —Eso no es lo que hacen las mujeres decentes.

Pero yo ya había tomado mi decisión. Empecé a trabajar en una cafetería cerca del Retiro por las tardes. Al principio fue duro: llegaba a casa cansada, la cena era más sencilla y los niños tenían que ayudar más. Rubén protestó al principio, pero luego empezó a llegar más tarde del trabajo y a encerrarse en su despacho. La casa ya no estaba impecable y las comidas no eran tan elaboradas. Pero yo me sentía viva por primera vez en años.

Un día, mientras fregaba tazas detrás de la barra, una clienta habitual, Carmen, se acercó y me dijo: —Te veo distinta, Lucía. Más feliz. ¿Qué ha cambiado?

Sonreí y le conté mi historia. Carmen me miró con admiración y me confesó que ella también había sentido esa presión toda su vida. —En mi casa siempre fue igual —dijo—. Mi marido nunca ha puesto una lavadora.

Las semanas pasaron y empecé a notar pequeños cambios en casa. Los niños aprendieron a preparar su merienda y Rubén tuvo que poner una lavadora por primera vez en su vida. Un día llegó enfadado porque no encontraba sus camisas limpias. —Esto antes no pasaba —me reprochó.

—Antes yo hacía todo —le respondí—. Ahora todos tenemos que colaborar.

La tensión crecía cada día. Mi suegra vino un domingo y al ver el salón desordenado murmuró: —Esto no es lo que esperaba para mi hijo.

—Pues es lo que hay —le contesté sin levantar la voz.

Una noche, después de acostar a los niños, Rubén me miró desde el sofá. —No eres la misma de antes —dijo con amargura.

—No —le respondí—. Ahora soy yo misma.

Empecé a salir con amigas los viernes por la tarde. Descubrí que podía reírme sin sentirme culpable, que podía hablar de libros y sueños sin mirar el reloj cada cinco minutos. Una tarde, mientras paseaba por el parque con Carmen, me preguntó si alguna vez había pensado en separarme.

Me quedé callada un momento. —No lo sé —admití—. Pero sí sé que no quiero volver a ser invisible.

Rubén empezó a cambiar también. Al principio se enfadó mucho; luego intentó hacerme sentir culpable; después se volvió distante. Pero un día llegó temprano del trabajo y preparó la cena para todos. No era gran cosa: tortilla francesa y ensalada, pero fue suficiente para que los niños se rieran y yo sintiera una chispa de esperanza.

—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté después.

—Porque he visto que sí puedes sobrevivir sin mí —admitió en voz baja—. Y yo… yo no quiero perderte.

No sé qué pasará mañana. No sé si nuestro matrimonio sobrevivirá o si cada uno seguirá su camino. Pero sí sé que ya no tengo miedo.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen viviendo en silencio bajo el peso de los estereotipos? ¿Cuántas creen que no pueden sobrevivir solas? Yo lo creía… hasta que decidí intentarlo.