Dos años de silencio: la historia de una madre y su hija perdida
—¿Por qué no me llama? ¿Por qué no me escribe? —me pregunté en voz alta, mientras removía el azúcar en mi café, sentada frente a la ventana del salón. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales con la misma insistencia con la que mi corazón golpeaba mi pecho cada vez que pensaba en Lucía.
Carmen, mi vecina del tercero, llegó puntual como siempre, con una caja de pastas de mantequilla y su sonrisa cálida. Ella es mi refugio desde que Lucía se fue. Nos sentamos juntas, como cada jueves, y hablamos de todo menos de lo que realmente me duele. Pero hoy, no pude más.
—Carmen, ¿tú crees que una madre puede perder a su hija para siempre? —le pregunté, con la voz temblorosa.
Ella me miró con esos ojos llenos de vida y experiencia. —No lo sé, Elena. Pero sé que el amor de una madre nunca desaparece. ¿Quieres contarme qué pasó?
Respiré hondo. No era fácil. Durante dos años había guardado el dolor bajo llave, fingiendo que la vida seguía igual. Pero la verdad es que cada rincón de mi casa me recordaba a Lucía: su risa en el pasillo, sus pasos apresurados cuando llegaba tarde del instituto, el olor a colonia juvenil en su habitación.
—Todo empezó cuando murió su padre —dije al fin—. Fue un golpe muy duro para las dos. Yo intenté ser fuerte, pero creo que me equivoqué. Me volví exigente, quería que Lucía estudiara, que no se desviara… Y ella solo quería llorar, salir con sus amigas, respirar. Discutimos mucho. Una noche, después de una pelea horrible por un suspenso en matemáticas, me gritó que no quería verme más. Al día siguiente se fue a casa de su tía Rosa y desde entonces… nada. Ni una llamada, ni un mensaje.
Carmen apretó mi mano. —¿Nunca intentaste buscarla?
—Claro que sí —respondí—. Le escribí cartas, le mandé mensajes al móvil, incluso fui a casa de Rosa varias veces. Pero Lucía siempre se negaba a verme. Rosa decía que necesitaba tiempo. ¿Pero cuánto tiempo necesita una hija para perdonar a su madre?
El silencio se instaló entre nosotras. La lluvia seguía cayendo y yo sentí cómo el peso de la culpa me aplastaba el pecho.
Recordé la última vez que vi a Lucía: estaba parada en el umbral de la puerta, con la mochila colgando del hombro y los ojos llenos de lágrimas y rabia.
—¡No me entiendes! —me gritó—. ¡Solo piensas en ti! ¡Déjame vivir!
Yo le respondí con palabras duras, palabras que ahora me persiguen cada noche: «Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga».
Carmen rompió el silencio.—¿Y si le escribes otra carta? Pero esta vez sin reproches, solo diciéndole lo mucho que la quieres.
—¿Y si no responde? —pregunté.
—Al menos sabrá que sigues aquí para ella.
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces a mirar el móvil, como si por arte de magia fuera a aparecer un mensaje suyo. Pensé en todas las cosas que no le dije: lo orgullosa que estaba de ella, lo mucho que la necesitaba…
Al día siguiente fui al buzón y encontré una postal de mi hermana Pilar desde Valencia. Me hizo sonreír por un instante, pero luego sentí una punzada de tristeza: ¿cuándo fue la última vez que recibí algo de Lucía?
Decidí escribirle una carta:
«Querida Lucía,
Sé que han pasado muchas cosas y que quizá pienses que no te entiendo o que no te quiero. Pero nada más lejos de la realidad. Te echo de menos cada día y daría lo que fuera por volver a verte sonreír. Si alguna vez quieres hablar o simplemente tomar un café conmigo, aquí estaré siempre para ti.
Con todo mi amor,
Mamá»
Fui personalmente a casa de Rosa para dejar la carta. Rosa me recibió con un abrazo incómodo.
—Lucía está bien —me dijo—. Está estudiando mucho y tiene un trabajo a media jornada. Pero aún no está preparada para verte.
—Solo quiero que sepa que la quiero —le respondí.
Volví a casa sintiéndome vacía pero también aliviada por haber dado un paso más.
Los días pasaron lentos. Carmen seguía viniendo los jueves y yo seguía mirando el móvil cada mañana. Un domingo por la tarde sonó el timbre del portal. Mi corazón dio un vuelco, pero era solo el cartero con propaganda.
A veces salgo al parque y veo madres con sus hijas paseando entre los castaños del Retiro. Me pregunto si alguna vez podré volver a caminar así con Lucía, si podré pedirle perdón mirándola a los ojos.
La soledad pesa más cuando sabes que alguien a quien amas está ahí fuera pero ha decidido vivir sin ti.
Hoy he decidido compartir mi historia porque sé que no soy la única madre en España que ha perdido el contacto con su hija o hijo adulto. Quizá alguien lea esto y se atreva a dar el primer paso antes de que sea demasiado tarde.
¿En qué momento dejamos de escucharnos las madres y las hijas? ¿Cuánto dolor puede soportar un corazón antes de rendirse? Yo sigo esperando… ¿Y vosotros? ¿Habéis vivido algo parecido?