El cumpleaños de mi hija y el silencio de mi soledad
—¿Por qué no me llama? —me pregunté, mirando el móvil sobre la mesa, mientras la luz de la mañana se colaba tímida por las cortinas del salón. Era 17 de mayo, el cumpleaños de Marisa. Mi hija. Mi única hija. Y yo sabía, con una certeza que dolía en los huesos, que no recibiría invitación alguna para su celebración.
El silencio era espeso en casa desde que murió Julián, mi marido. Hace ya seis años. Desde entonces, la casa se fue llenando de ecos y vacíos, de fotos enmarcadas y tazas sin usar. Marisa empezó a visitarme menos. Al principio eran excusas: el trabajo, los niños, la vida moderna que todo lo devora. Pero con el tiempo, las excusas se volvieron silencios y los silencios, muros.
Hoy, mientras el reloj marcaba las once, imaginé a Marisa preparando la fiesta en su piso de Chamberí. Seguramente estaría colgando globos con sus hijos, mis nietos, a quienes apenas conozco. Me pregunté si hablaría de mí o si simplemente evitaría el tema, como si yo fuera una sombra incómoda en su vida.
—¿Mamá? ¿Por qué no viene la abuela? —escuché en mi cabeza la voz de Lucía, la mayor de mis nietas.
—La abuela está ocupada —respondería Marisa, con ese tono seco que aprendió a usar conmigo desde hace años.
Me levanté y fui a la cocina. El café estaba frío. Me senté junto a la ventana y miré la calle: madres llevando a sus hijos al parque, parejas discutiendo por tonterías, ancianos paseando del brazo. Todos parecían tener un lugar al que pertenecer. Todos menos yo.
Recordé el último cumpleaños al que fui invitada. Fue hace tres años. Marisa me pidió que no llevara tarta porque «ya había suficiente comida». Pero yo llevé una rosca de anís, como hacía mi madre en Salamanca cuando era niña. Nadie la probó. La dejaron en la mesa hasta que los niños empezaron a pedir pizza y refrescos. Sentí que sobraba, como la rosca.
—Mamá, no hace falta que vengas tan temprano —me dijo Marisa ese día, sin mirarme a los ojos.
—Solo quería ayudar…
—Ya está todo hecho.
Aquel día volví a casa antes de que soplaran las velas. Lloré en el autobús, escondida tras unas gafas de sol baratas compradas en el chino de la esquina.
Desde entonces, nuestras conversaciones se limitaron a mensajes impersonales: «¿Todo bien?», «Sí, todo bien». Ni una llamada larga, ni una visita espontánea. Cuando le propuse ir juntas al teatro o a ver una exposición en el Prado, siempre tenía algo más importante que hacer.
Hoy, mientras veía pasar las horas, me pregunté si alguna vez fui una buena madre. Si mi manera de protegerla fue demasiado asfixiante o si mis reproches por su divorcio la alejaron para siempre. Recuerdo cuando Marisa llegó llorando a casa tras separarse de Fernando:
—Mamá, no puedo más…
—¿Y los niños? ¿No has pensado en ellos? —le dije yo, incapaz de comprender su dolor.
Quizá ahí empezó todo. Quizá fue antes. O después. No lo sé.
A mediodía llamé a mi hermana Pilar.
—¿Has hablado con Marisa? —preguntó ella.
—No… Hoy es su cumpleaños y no sé nada de ella.
—Dale tiempo, Carmen. Los hijos vuelven siempre al final.
Pero yo ya no estaba segura de eso. En España decimos que la familia es lo más importante, pero ¿qué pasa cuando la familia se rompe y nadie sabe cómo pegar los trozos?
A las cinco de la tarde sonó el timbre del móvil. Un mensaje: «Gracias por felicitarme, mamá. Hoy estamos liados con los niños. Otro día hablamos». Ni una invitación, ni una foto de la fiesta. Solo ese mensaje frío y cortante.
Me levanté y abrí el armario donde guardo las cartas antiguas de Julián. Saqué una al azar:
«Carmen: pase lo que pase, nunca te quedes sola en tus pensamientos. Habla con Marisa aunque te duela».
Las lágrimas me nublaron la vista. Pensé en llamar a Marisa pero el miedo al rechazo me paralizó. ¿Y si no contesta? ¿Y si solo empeoro las cosas?
Al anochecer salí a tirar la basura solo para sentirme parte del mundo durante unos minutos. En el portal me crucé con Teresa, la vecina del tercero.
—¿Qué tal está usted hoy, Carmen?
—Bien… Bueno… Es el cumpleaños de mi hija —dije intentando sonreír.
—¡Ay! Seguro que lo celebráis juntas.
No supe qué responderle. Fingí buscar algo en el bolso y subí deprisa las escaleras.
De vuelta en casa puse la radio para no escuchar mi propio silencio. Pensé en escribirle una carta a Marisa contándole cómo me siento: sola, perdida, arrepentida por tantas cosas no dichas y otras tantas mal dichas.
Pero no lo hice. Guardé el papel en el cajón junto a las cartas de Julián y me senté frente a la ventana otra vez.
La noche cayó sobre Madrid y las luces lejanas parecían estrellas caídas del cielo. Me pregunté si alguna vez volvería a sentirme parte de algo o si este silencio sería mi única compañía hasta el final.
¿En qué momento perdí a mi familia? ¿Hay algo que aún pueda hacer para recuperar a mi hija antes de que sea demasiado tarde?