El día que la mesa se rompió: una noche en la que todo cambió

—¿Por qué nadie habla? —pregunté, rompiendo el silencio mientras el cuchillo chocaba contra el plato de loza. Marta, mi hija mayor, ni siquiera levantó la vista del móvil. Lucas, el pequeño, removía las lentejas con desgana. Mi marido, Antonio, se limitó a encogerse de hombros y a mirar la televisión encendida en la esquina del comedor. Era una noche cualquiera en nuestro piso de Vallecas, pero algo en el aire pesaba más que nunca.

Llevaba semanas sintiendo que la casa se me caía encima. Me levantaba antes del amanecer para preparar desayunos, planchar uniformes y dejar todo listo antes de salir corriendo al hospital donde trabajo como auxiliar de enfermería. Volvía agotada, con las manos resecas por el gel hidroalcohólico y la cabeza llena de preocupaciones. Pero lo peor era llegar a casa y sentirme invisible.

—¿No vais a decir nada? —insistí, con la voz temblorosa.

Marta soltó un bufido. —Mamá, estoy hablando con Clara. ¿Puedes dejarme en paz?

Antonio ni se inmutó. Lucas murmuró algo ininteligible. Sentí una punzada en el pecho. ¿En qué momento habíamos dejado de ser una familia?

Recuerdo cuando los niños eran pequeños y cenábamos todos juntos, riendo por cualquier tontería. Ahora cada uno vivía en su mundo. Yo era la única que intentaba mantenernos unidos, pero cada esfuerzo parecía empujarles más lejos.

Aquella noche, sin embargo, algo cambió. Marta recibió un mensaje y salió corriendo de la mesa sin terminar de cenar. Antonio se levantó para fumar en la terraza. Lucas aprovechó para escabullirse a su cuarto. Me quedé sola frente a cuatro platos medio llenos y un silencio atronador.

Me levanté y empecé a recoger los platos con rabia contenida. El ruido de la loza chocando entre sí era lo único que llenaba la estancia. De repente, escuché un portazo. Salí al pasillo y vi a Marta poniéndose el abrigo.

—¿Dónde vas? —le pregunté.

—A casa de Clara —respondió sin mirarme—. No aguanto más aquí.

—¿No puedes quedarte un rato? Solo quiero que cenemos juntos como antes…

—¡Pues no quiero! —gritó—. ¡Siempre estás igual! ¡Déjame vivir!

La puerta se cerró de golpe tras ella. Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Antonio entró en ese momento, con olor a tabaco impregnando su ropa.

—Déjala, Carmen —dijo cansado—. Ya volverá cuando se le pase.

—¿Y si no vuelve? ¿Y si un día ninguno vuelve? —le respondí con lágrimas en los ojos.

Él me miró como si no entendiera mi dolor. Como si yo fuera una exagerada por preocuparme tanto.

Esa noche apenas dormí. Escuché los pasos de Lucas yendo al baño a las tres de la mañana, el zumbido del móvil de Antonio recibiendo mensajes del trabajo… Pero no escuché la llave de Marta en la cerradura.

A las seis salí a trabajar sin verla regresar. Todo el día estuve inquieta, revisando el móvil cada cinco minutos. Cuando volví a casa, Antonio estaba sentado en el sofá con cara de preocupación.

—No ha vuelto —me dijo sin rodeos.

Sentí un vértigo insoportable. Llamé a todas sus amigas, recorrí el barrio preguntando por ella, fui incluso al hospital por si había pasado algo… Nadie sabía nada.

Esa noche fue eterna. Antonio y yo discutimos como nunca antes:

—¡Si hubieras estado más pendiente…! —le grité.

—¡Tú tampoco eres perfecta! ¡Siempre estás trabajando o quejándote!

Lucas lloraba en su cuarto mientras nosotros nos echábamos en cara años de frustraciones y silencios acumulados.

Al amanecer llamaron al timbre. Era Marta, con los ojos hinchados y la voz rota:

—Lo siento… No quería preocuparos… Solo necesitaba respirar…

La abracé tan fuerte que pensé que se rompería entre mis brazos. Lloramos las dos en silencio mientras Antonio nos miraba desde lejos, incapaz de acercarse.

Después de aquel día nada volvió a ser igual. Empezamos a ir a terapia familiar porque entendimos que solos no podíamos salir del pozo en el que habíamos caído. Aprendimos a hablar sin gritar, a escuchar sin juzgar, a pedir perdón aunque doliera el orgullo.

Pero todavía hoy me pregunto: ¿En qué momento dejamos de entendernos? ¿Cuántas madres hay como yo, luchando por mantener unida una familia que parece desmoronarse cada día un poco más?

A veces me miro al espejo y me pregunto si hice todo lo posible o si mi amor fue demasiado asfixiante para ellos. ¿De verdad podemos salvar a los nuestros solo con amor? ¿O hay heridas que ni siquiera una madre puede curar?