El día que mi hijo me borró: una madre, un hijo y el silencio que nos separó
—¿Te has enterado ya, Carmen? —La voz de Maruja, la portera, me sorprendió al abrir la puerta del portal. Tenía esa mirada de quien sabe algo grande, algo que debería saber yo antes que nadie.
—¿Enterarme de qué? —pregunté, aunque en mi pecho ya se agitaba una inquietud extraña.
—Que tu hijo, Diego, se casa en junio. Lo ha dicho su novia en la frutería. ¡Qué alegría, ¿no?!
Sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Me apoyé en la pared, intentando no desmoronarme delante de Maruja. ¿Cómo podía ser que todos lo supieran menos yo? ¿En qué momento me había convertido en una extraña para mi propio hijo?
Subí las escaleras como si cada peldaño pesara una tonelada. Al llegar a casa, cerré la puerta y me dejé caer en la silla de la cocina. Miré la foto de Diego en la estantería: su sonrisa de niño, sus ojos grandes, la promesa de que siempre estaríamos juntos. ¿Cuándo se rompió ese pacto silencioso?
Llamé a mi hermana Lucía entre sollozos. —No entiendo nada, Lucía. ¿Por qué no me lo ha contado? ¿Qué he hecho mal?
—Carmen, no te tortures. Habla con él. O con esa chica… ¿cómo se llama?
—Beatriz —respondí, sintiendo un nudo en la garganta.
Esa noche apenas dormí. Repasé cada discusión, cada vez que Diego me colgó el teléfono antes de tiempo, cada comentario de Beatriz que me sonó a reproche disfrazado de cortesía. ¿Sería ella quien le alejaba de mí? ¿O era yo, con mi torpeza y mis miedos?
A la mañana siguiente, decidí que no podía seguir así. Me vestí con mi mejor blusa y bajé al barrio Salamanca, donde vivían Diego y Beatriz desde hacía un año. El portal olía a limpieza y a distancia.
Toqué el timbre. Beatriz abrió la puerta con una sonrisa forzada.
—Hola, Carmen… Qué sorpresa.
—¿Puedo pasar? —pregunté, intentando sonar firme.
Me hizo pasar al salón. Todo estaba impecable, como si esperaran una inspección. Diego no estaba.
—He venido porque me he enterado… por la portera… de que os casáis —dije al fin, mirando a Beatriz a los ojos.
Ella bajó la mirada y jugueteó con su anillo.
—Íbamos a decírtelo este fin de semana. Diego quería hacerlo en persona… pero ha estado muy liado en el trabajo.
—¿Y tú? ¿Tú también estabas muy ocupada para llamarme?
Beatriz suspiró. —Carmen, no es fácil… Diego cree que te lo tomarías mal.
Sentí rabia y tristeza mezcladas. —¿Por qué iba a tomarme mal la felicidad de mi hijo? ¿Acaso no soy su madre?
Beatriz me miró con compasión. —A veces… tienes comentarios que le duelen. Sobre todo cuando hablas de su padre o de cómo debería vivir su vida.
Me quedé helada. Recordé las veces que le dije a Diego que su padre nunca habría aprobado ciertas cosas; las veces que critiqué su trabajo o sus amigos. ¿Había sido tan dura?
—Solo quiero lo mejor para él —susurré.
—Lo sé —respondió Beatriz suavemente—. Pero a veces eso pesa mucho.
Me marché sin despedirme bien, con el corazón hecho trizas. Caminé por la Castellana sin rumbo, sintiéndome más sola que nunca entre tanta gente elegante y apresurada.
Esa noche Diego me llamó.
—Mamá…
Su voz temblaba.
—¿Por qué no me lo contaste tú? —pregunté sin rodeos.
—No sabía cómo hacerlo —admitió—. Siempre tienes algo que decir sobre mis decisiones… y tenía miedo de tu reacción.
Lloré en silencio al otro lado del teléfono.
—¿Tan mala madre he sido?
—No eres mala madre —dijo él—. Solo… a veces siento que nunca estoy a la altura de lo que esperas de mí.
Colgamos sin resolver nada. Pasaron días en los que apenas comí ni dormí. Mi hermana insistía en que fuera al médico; mi amiga Pilar me traía croquetas para animarme. Pero nada llenaba el vacío.
Un domingo por la tarde, Diego vino a casa solo. Se sentó en el sofá como cuando era niño y me miró con esos ojos grandes.
—Mamá, te quiero mucho —me dijo—. Pero necesito vivir mi vida sin sentirme culpable por no cumplir tus expectativas.
Le abracé llorando. Por primera vez entendí que mi amor podía asfixiarle si no aprendía a soltarle un poco.
La boda fue sencilla y preciosa. Lloré al verles bailar, pero esta vez de alegría y no de dolor. Aprendí a querer a Beatriz como a una hija y a dejar espacio para que Diego fuera feliz a su manera.
Ahora, cuando paseo por el Retiro o tomo café con mis amigas, pienso en todo lo que callamos por miedo a perder a quienes amamos… ¿Cuántas madres y padres viven prisioneros del silencio y el orgullo? ¿Cuántos hijos temen decepcionar a quienes más les quieren?