El día que mi hijo me pidió que no fuera a su boda
—Mamá, quería decirte… no te ofendas, pero creo que será mejor si no vienes a la boda.
La voz de Sergio sonó tan fría, tan lejana, que por un instante pensé que había marcado el número equivocado. Me quedé en silencio, apretando el móvil con fuerza, como si pudiera devolverle el calor a través de mis manos temblorosas. Sentí que el corazón se me detenía. No era la primera vez que discutíamos, pero nunca imaginé escuchar algo así de mi propio hijo.
—¿Cómo dices? —logré balbucear, intentando no romperme en mil pedazos.
—No lo tomes a mal, mamá. Es solo que… queremos algo íntimo, solo los más cercanos —añadió, con ese tono burocrático que usan los funcionarios cuando te niegan una ayuda.
Me mordí los labios para no llorar. ¿No era yo una de las personas más cercanas? ¿En qué momento me convertí en una extraña para mi propio hijo?
La conversación terminó rápido. Sergio colgó con un «lo siento» seco y yo me quedé sentada en la cocina, mirando la taza de café frío y la foto de su primera comunión en la nevera. Recordé cómo le sujetaba la mano cuando tenía miedo a la oscuridad, cómo le curaba las rodillas raspadas después de jugar en el parque del barrio. ¿Dónde se había ido ese niño?
No dormí esa noche. Me levanté varias veces, recorrí el pasillo en silencio para no despertar a mi marido, Tomás. Él y Sergio nunca se llevaron bien desde que Tomás perdió el trabajo y empezó a beber más de la cuenta. Yo siempre intenté mediar, proteger a mi hijo del mal humor de su padrastro y proteger a Tomás de sus propios demonios. Pero ahora sentía que había fallado a ambos.
Por la mañana, llamé a mi hermana Carmen. Ella siempre ha sido mi confidente.
—¿Pero cómo que no vas a ir? —exclamó—. ¡Eso no puede ser! ¿Qué ha pasado entre vosotros?
No supe qué responderle. Quizá fue todo: las discusiones por tonterías, los silencios incómodos en las cenas familiares, el hecho de que nunca acepté del todo a Lucía, su novia. Siempre pensé que era demasiado fría con él, demasiado calculadora. Pero jamás imaginé que ella sería capaz de mirarme como lo hizo la última vez que nos vimos: con desprecio, como si yo fuera un estorbo.
Recuerdo esa tarde en casa de Lucía. Ella preparó una merienda «moderna», como le gusta decir: hummus, pan de semillas y té verde. Yo llevé una tortilla de patatas y una empanada gallega, como hacía mi madre. Cuando saqué los tuppers, Lucía me miró con una sonrisa forzada.
—Gracias, Rosario —dijo—, pero aquí intentamos evitar fritos y harinas blancas.
Sergio ni siquiera me defendió. Solo bajó la cabeza y siguió hablando con los amigos de Lucía sobre su viaje a Berlín. Me sentí invisible.
Ahora entiendo que ese fue el principio del fin. Desde entonces, cada vez que intentaba acercarme, sentía una barrera invisible entre nosotros. Y ahora esa barrera era un muro infranqueable.
Pasaron los días y la noticia corrió por la familia. Mi madre me llamó llorando desde León.
—¿Pero cómo es posible? ¡Una madre no puede faltar a la boda de su hijo!
Yo tampoco lo entendía. Me preguntaba si había sido demasiado protectora, demasiado exigente o simplemente demasiado yo misma para encajar en la vida nueva de Sergio.
Una tarde decidí ir al centro comercial donde trabaja Lucía. Quería hablar con ella cara a cara, entender qué había pasado realmente. La encontré en la cafetería del Corte Inglés, revisando unos papeles.
—Lucía —dije con voz temblorosa—, ¿puedo hablar contigo un momento?
Ella levantó la vista y me miró como si le molestara mi presencia.
—Estoy ocupada, Rosario. Si es por lo de la boda… Sergio ya te lo explicó.
—Solo quiero saber qué he hecho mal —susurré—. No quiero perder a mi hijo.
Lucía suspiró y apartó los papeles.
—No es nada personal —dijo—. Solo queremos evitar tensiones ese día. Sergio necesita tranquilidad y tú… bueno, siempre acabáis discutiendo.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Era yo la causa de todos los males? ¿Tan insoportable era mi presencia?
Salí de allí sin mirar atrás. Caminé por Gran Vía entre turistas y madrileños apresurados, sintiéndome más sola que nunca. Pensé en llamar a Sergio una vez más, pero me detuve al recordar su voz fría al teléfono.
El día de la boda llegó y yo me quedé en casa. Puse la radio para no escuchar el silencio y cociné cocido madrileño para dos, aunque solo comí yo. Tomás ni siquiera preguntó por Sergio; hacía semanas que apenas hablábamos.
Por la tarde llegó Carmen con una tarta y una botella de vino.
—Hoy es un día duro —me dijo abrazándome—, pero tú eres fuerte.
Lloramos juntas en el sofá mientras veíamos fotos antiguas en el móvil. En cada imagen veía a un niño sonriente al que ya no reconocía.
Esa noche escribí una carta para Sergio. No sé si algún día se la daré:
«Hijo mío,
No sé en qué momento dejamos de entendernos ni cuándo empecé a ser una molestia para ti. Solo quiero que sepas que te quiero más que a nada en este mundo y que siempre estaré aquí cuando me necesites. Ojalá algún día puedas perdonarme por mis errores y recordar todo lo bueno que compartimos.
Con amor,
Mamá»
Ahora paso los días esperando una llamada que no llega. Veo fotos de la boda en las redes sociales: Sergio sonriente junto a Lucía y sus amigos; ni rastro de nuestra familia.
A veces me pregunto si hice bien en respetar su decisión o si debí luchar más por estar allí. ¿Puede una madre dejar de serlo porque su hijo así lo decide? ¿O el amor de madre es tan fuerte que sobrevive incluso al rechazo más doloroso?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llega el amor propio frente al amor por un hijo?