El día que mi marido eligió a otra: una noche que nunca olvidaré
—¿Por qué llegas tan tarde, Luis? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras miraba el reloj por enésima vez. Eran las nueve y media de la noche y la mesa seguía vacía, salvo por el pequeño paquete envuelto en papel plateado que tenía delante. La camarera, Carmen, me miraba con compasión desde la barra de nuestra restaurante favorito en la Plaza Mayor de Salamanca.
Luis entró finalmente, pero no traía flores ni una sonrisa. Ni siquiera me miró a los ojos. Se sentó frente a mí, suspiró y bajó la mirada. Yo ya sabía que algo iba mal desde hacía meses, pero nunca imaginé esto. No hoy, no en nuestro vigésimo aniversario.
—Tenemos que hablar —dijo él, con esa voz fría que nunca le había escuchado antes.
Sentí un nudo en el estómago. Todo lo que había preparado —la reserva hecha con un mes de antelación, el menú especial, el pequeño llavero de plata con la fecha de nuestra boda grabada— se volvió insignificante. Mi mente voló a aquel día en el mismo restaurante, cuando celebramos diez años juntos y reímos como adolescentes. ¿Dónde se había ido ese hombre?
—¿De qué quieres hablar? —pregunté, aunque ya intuía la respuesta.
Luis evitó mi mirada. —He conocido a alguien. Es más joven… y creo que necesito empezar de nuevo.
Sentí que el mundo se detenía. El murmullo de las mesas cercanas, la música suave de fondo, todo se volvió lejano. Solo podía escuchar mi propio corazón latiendo con fuerza y la voz de Luis repitiendo esas palabras como un eco cruel.
—¿Hoy? —susurré—. ¿Tenías que decírmelo hoy?
Luis se encogió de hombros, incapaz de sostener mi dolor. —No podía seguir fingiendo.
Me levanté sin pensar, dejando el regalo sobre la mesa. Carmen se acercó y me tocó el brazo con delicadeza. —¿Estás bien, Lucía?
No respondí. Salí del restaurante y sentí el frío de la noche salmantina calarme hasta los huesos. Caminé sin rumbo por las calles empedradas, recordando cada aniversario celebrado allí: la vez que bailamos bajo la lluvia, la noche en que brindamos por nuestro primer hijo, las risas compartidas con amigos que ahora estaban lejos o divorciados.
Al llegar a casa, la soledad era abrumadora. El silencio me gritaba todo lo que había perdido. Mi hija mayor, Marta, me llamó al móvil al ver que no volvía a casa a la hora habitual.
—Mamá, ¿dónde estás? ¿Ha pasado algo?
No pude evitar romper a llorar. —Tu padre… se va con otra.
Marta guardó silencio unos segundos antes de responder con rabia contenida:
—¡No puede ser! ¿Después de todo lo que habéis pasado juntos? ¿Después de veinte años?
—Así es la vida, hija —dije entre sollozos—. A veces te sorprende cuando menos lo esperas.
Esa noche no dormí. Repasé mentalmente cada discusión, cada distancia creciente entre nosotros desde hacía un año. Las excusas para llegar tarde, los viajes de trabajo improvisados, los silencios incómodos en la mesa del desayuno. ¿Cómo no lo vi venir?
Al día siguiente, Luis vino a recoger algunas cosas. No hubo gritos ni reproches; solo un vacío helado entre nosotros. Mi hijo pequeño, Pablo, se aferró a mi cintura y preguntó:
—¿Papá ya no va a vivir aquí?
No supe qué decirle. Solo le abracé fuerte y le prometí que todo iría bien, aunque ni yo misma lo creía.
Durante semanas viví en piloto automático: trabajo, casa, niños… pero por dentro estaba rota. Mis amigas intentaron animarme:
—Lucía, eres fuerte. Sal adelante por tus hijos —me decía Ana mientras tomábamos café en su cocina.
Pero yo solo quería entender: ¿qué tenía esa otra mujer que yo no tuviera? ¿Por qué Luis eligió romper nuestra familia justo el día más especial para nosotros?
Un día encontré el llavero de plata en el cajón del recibidor. Lo miré largo rato y sentí una mezcla de rabia y tristeza. Decidí guardarlo como recordatorio de lo que fui capaz de dar… y de lo que merezco recibir.
Poco a poco empecé a reconstruirme: retomé mis clases de pintura, salí a caminar por el río Tormes al atardecer y aprendí a disfrutar de mi propia compañía. Marta me acompañaba a veces y hablábamos durante horas sobre la vida y el amor.
Un domingo cualquiera, Pablo me preguntó:
—Mamá, ¿tú eres feliz?
Le sonreí con sinceridad por primera vez en meses:
—Estoy aprendiendo a serlo, cariño.
Ahora sé que la traición duele, pero también enseña. Me ha costado aceptarlo, pero he descubierto una fuerza en mí que desconocía. Y aunque todavía me duele recordar aquella noche en la Plaza Mayor, sé que merezco un amor sincero y una vida plena.
¿Vosotros habéis sentido alguna vez cómo se rompe el corazón en mil pedazos? ¿Creéis que es posible volver a confiar después de una traición así?