El día que vendimos el coche: una familia al borde del abismo
—¿Pero cómo se te ocurre, Lucía? ¿Por qué harías esto? ¿Cómo vamos a apañarnos sin coche? —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fuerte que hasta los vecinos debieron oírla.
Me quedé quieta, con las llaves del coche en la mano, sintiendo el frío metal clavarse en la palma. Mi marido, Andrés, me miraba desde la puerta, inseguro, como si esperara que yo retrocediera, que me disculpara y dijera que todo era una broma. Pero no lo era. Había tomado una decisión y, aunque me temblaban las piernas, no pensaba dar marcha atrás.
—Mamá, no podemos seguir así. No llegamos a fin de mes. El seguro, la gasolina, las reparaciones… —intenté explicarle, pero ella me interrumpió con un gesto brusco.
—¡Eso son excusas! Siempre hemos tenido coche en esta familia. ¿Qué va a decir la gente? ¿Cómo vas a llevar a los niños al colegio? ¿Y si pasa algo? ¿Y si tu padre se pone malo otra vez?
Sentí un nudo en la garganta. Mi padre llevaba meses enfermo y mi madre, aunque no lo decía, tenía miedo. Miedo a quedarse sola, miedo a perder el control de su pequeño mundo. Pero yo también tenía miedo. Miedo a no poder dar de comer a mis hijos, miedo a que Andrés y yo acabáramos discutiendo cada noche por las facturas impagadas.
—Mamá —dije bajando la voz—, no es solo por nosotros. Es por todos. Si seguimos así, vamos a acabar peor. Podemos ir andando al colegio, coger el autobús… No es el fin del mundo.
Ella negó con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—No lo entiendes… Cuando vendimos el coche después de la crisis del 2008, tu padre estuvo meses sin trabajo. Yo tenía que cargar con las bolsas de la compra desde el mercado hasta casa… Me sentía inútil. Humillada. No quiero volver a pasar por eso.
Me acerqué y le cogí la mano. Sentí su piel áspera, marcada por años de trabajo y sacrificios.
—No eres inútil, mamá. Eres fuerte. Y yo también lo soy. Pero ahora las cosas son diferentes. No podemos vivir por encima de nuestras posibilidades solo por lo que digan los demás.
Andrés se acercó entonces y puso su mano sobre mi hombro.
—Carmen —dijo suavemente—, lo hemos pensado mucho. Lucía tiene razón. El coche nos está ahogando. Si queremos salir adelante, tenemos que hacer sacrificios.
Mi madre se apartó bruscamente y salió al balcón. La vi encender un cigarro con manos temblorosas. El humo se mezclaba con el aire frío de marzo y durante un instante sentí que todo se desmoronaba.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba los pasos de mi madre por el pasillo, el murmullo de Andrés hablando solo en la cocina mientras revisaba las cuentas una vez más. Pensé en mis hijos, en cómo les explicaría que ya no podríamos ir de excursión los domingos al campo o visitar a sus primos en Toledo sin depender del tren o del autobús.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos en silencio, mi hija pequeña, Marta, preguntó:
—¿Por qué está triste la abuela?
La miré y sentí una punzada de culpa.
—Porque vamos a hacer algunos cambios en casa —le respondí—. Pero todo irá bien.
Mi hijo mayor, Pablo, frunció el ceño.
—¿Vamos a ser pobres?
Andrés soltó una carcajada amarga.
—No somos pobres, hijo. Solo estamos aprendiendo a vivir con menos.
Mi madre entró entonces en la cocina y dejó caer las llaves del coche sobre la mesa.
—Haz lo que quieras —dijo sin mirarme—. Pero luego no vengas llorando cuando te arrepientas.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Por qué era tan difícil entenderse entre generaciones? ¿Por qué el miedo al cambio podía ser tan paralizante?
El día que vinieron a recoger el coche fue gris y lluvioso. El comprador era un hombre mayor, con acento andaluz y manos manchadas de grasa.
—¿Seguro que quieres venderlo? —me preguntó mientras revisaba los papeles.
Asentí sin decir palabra. Cuando arrancó el motor y vi alejarse nuestro viejo Seat Ibiza por la calle empapada, sentí que una parte de mí se iba con él. Recordé los viajes al pueblo de mi abuela en Extremadura, las vacaciones en la playa de Benidorm, las discusiones con Andrés por perdernos en Madrid…
Esa noche mi madre no cenó con nosotros. Se encerró en su cuarto y solo salía para ir al baño o fumar en el balcón. Los niños estaban inquietos; Pablo preguntaba cuándo volveríamos a tener coche y Marta lloraba porque no quería ir andando al colegio bajo la lluvia.
Pasaron los días y poco a poco nos fuimos adaptando. Descubrimos rutas nuevas para ir al colegio andando; aprendimos los horarios del autobús; incluso hicimos amigos entre los vecinos que también iban caminando cada mañana. Andrés empezó a ir al trabajo en bicicleta y yo encontré un pequeño empleo limpiando casas cerca del barrio.
Pero mi madre seguía distante. Una tarde la encontré sentada en el sofá mirando una foto antigua: ella y mi padre junto al primer coche que compraron juntos, un Renault 5 azul cielo.
—¿Te acuerdas? —me preguntó sin mirarme—. Éramos jóvenes y todo parecía posible…
Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro.
—Ahora también es posible, mamá. Solo tenemos que aprender a vivir diferente.
Ella suspiró y me acarició el pelo como cuando era niña.
—Ojalá tengas razón…
Hoy hace un mes que vendimos el coche. Mi padre sigue enfermo pero estable; mi madre ha empezado a salir más con sus amigas del centro de mayores; los niños ya no protestan tanto por ir andando al colegio; Andrés y yo discutimos menos por dinero y más por tonterías cotidianas.
A veces echo de menos la comodidad del coche, claro que sí. Pero también siento que hemos ganado algo más importante: tiempo juntos, conversaciones durante los paseos, risas bajo la lluvia…
Me pregunto si algún día mi madre entenderá del todo nuestra decisión o si siempre quedará esa herida abierta entre nosotras. ¿Es posible romper con el pasado sin perderse uno mismo? ¿Vosotros habéis tenido que tomar alguna vez una decisión así de difícil?